Rafael Fiol Mateos - Pedro Casciaro

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Pedro Casciaro fue uno de los primeros que siguió a san Josemaría en el Opus Dei. Ordenado sacerdote, comenzará el Opus Dei en México, donde impulsará también importantes proyectos de promoción social. El relato de su vida constituye una bella historia de servicio, buen humor y sentido de fidelidad.

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Juan fue audaz. Al ver el sufrimiento y la pesadumbre de san Josemaría por los que quedaban en la zona de peligro, entre los que estaban estos tres jóvenes hijos suyos, él mismo se ofreció a hacer este arriesgado viaje para llevarlos a Barcelona; y, con su característica determinación y valentía, contando con la bendición del Padre, se lanzó a la aventura.

El viaje de Juan en tren, de aproximadamente 1.400 kilómetros entre ida y vuelta[31], suponía correr riesgos y penalidades. Finalmente llegaron los cuatro a Barcelona el 2 de noviembre de 1937, a las cuatro de la mañana. Después de acostarse un rato en la estación, se dirigieron a la Diagonal, esquina con Vía Layetana, donde se alojaba san Josemaría, que en aquellos momentos estaba celebrando allí la Santa Misa. Al dar la Comunión, fraccionó las Sagradas Formas para que pudieran comulgar también los recién llegados.

Aquí me permito aportar una reflexión personal. Cuando, años después, conocí el Opus Dei, me percaté de la naturalidad con que los primeros de la Obra veían los acontecimientos diarios a la luz de la fe. Las decisiones que tomaban, la comprensión de los sucesos pequeños y grandes, todo estaba condicionado y empapado por la fe. Por ejemplo, me comentaba el profesor Vicente Rodríguez Casado[32] que durante la guerra civil española estaban convencidos de que ninguno correría peligro de muerte, a pesar de que aquella lucha dejó alrededor de trescientos mil muertos[33]. ¿Cómo vamos a morir, si somos tan pocos y tenemos el encargo de Dios de extender la Obra por el mundo?, pensaban. Este razonamiento no los llevaba a cometer imprudencias, pero sí a actuar con una paz y una seguridad pasmosas.

Esa misma fe expresaba Pedro Casciaro en sus testimonios acerca de la vida de san Josemaría: la Providencia divina —nos comentaba más o menos con estas palabras—, siempre delicadamente presente, se manifestó de modo impactante y extraordinario en aquellos años de la guerra, día tras día, hora tras hora. Humanamente parecía imposible que aquel grupo del paso de los Pirineos superara tantas dificultades. Pero las vencimos, una tras otra, porque Dios lo quiso. Esa era la conclusión a la que llegaba san Josemaría cuando, posteriormente, reflexionábamos sobre todo lo ocurrido.

PASO DE LOS PIRINEOS

El 19 y el 21 de noviembre de 1937 partieron, en dos grupos, de Barcelona hacia Peramola, un municipio de la provincia de Lérida, relativamente próximo a la cordillera pirenaica. En las jornadas sucesivas fueron llegando a una masía, Can Vilaró, de la familia de Pere Sala. Pere los acompañó más arriba, a la cercana iglesia rectoral de Pallerols, donde permanecieron escondidos varios días. Es un templo románico del siglo XI, de modestas dimensiones, levantado sobre un collado, a más de 800 metros sobre el nivel del mar; en un entorno agradable de pinos y matorrales, que deleita la vista. Esta iglesita había sido presa del furor revolucionario: unos exaltados habían roto las puertas, destrozado los retablos y quemado los restos en el interior.

A partir del día 22 estuvieron emboscados en los pinares de la zona, en una rústica choza que denominaron «cabaña de san Rafael». El 27 de noviembre se incorporaron a una expedición con otras veinte personas, bajo la guía de un experto conocedor del lugar y de los movimientos de los milicianos. Tras seis jornadas de marchas nocturnas por cuestas empinadas, pedregales y desfiladeros, mal equipados, ocultándose y durmiendo mal durante el día, pasando hambre y frío, por fin llegaron a Andorra el 2 de diciembre.

Una de las innumerables vicisitudes de esa peripecia acaeció el 28 de noviembre, durante la ascensión al monte Aubens, de 1.583 metros de altura. Pedro, como los demás, iba jadeando por el esfuerzo. Las energías comenzaban a flaquear y dos de ellos, José María[34] y Tomás[35], estuvieron a punto de quedar extenuados.

La pendiente era grande —recuerda Juan [Jiménez Vargas]— y en algunos momentos sólo se podía andar trepando por las piedras. Apenas empezar este tramo Tomás Alvira se cayó desvanecido. Estaba en tal estado de agotamiento que pensaba que no podría llegar al final. Intentamos reanimarlo. Pero en un determinado momento el jefe dio la orden de seguir porque había que alcanzar la cumbre antes del anochecer. Ordenó que a Tomás lo dejáramos allí. Era una decisión brutal y no estábamos dispuestos a aceptarla, pero Tomás no se sentía con fuerzas para nada. Entonces el Padre tomó al guía del brazo, habló unos minutos con él y, después, le dijo a Tomás: —Tomás, no hagas caso. Tú seguirás con nosotros como los demás, hasta el final. Ahora, desde la perspectiva de los años, comprendo que si José María y Tomás lograron superar su agotamiento fue porque Dios quiso y porque el Padre actuó con una impresionante caridad y fortaleza. (...) Increíblemente, nuestro inflexible guía cedió y, en un caso y en otro, siguieron adelante[36].

¿Cómo es que, a partir de la conversación de aquel joven sacerdote con el guía, lograron culminar la ascensión? «Varios de nuestro grupo —cuenta Casciaro— fuimos turnándonos para ayudar a José María, que llegó a estar inmóvil, inexpresivamente sonriente y enajenado. (...) Si le dábamos la mano, seguía caminando, pero muy lentamente; en cuanto lo soltábamos, se detenía de nuevo, sin reaccionar ante nuestras palabras. Parecía no oír»[37].

Probablemente, aunque parezca inhumano, aquel guía tenía razón. Sabía que todo el grupo se estaba exponiendo a un peligro extremo, a causa de la debilidad de dos de sus miembros: estaban en una guerra, no de excursión. Las milicias republicanas hacían rondas por toda la zona fronteriza. En aquella disyuntiva tremenda la tensión era enorme. ¿Qué misteriosa fuerza transmitió la ayuda de Pedro y de los otros, para que José María Albareda volviera a ponerse en marcha, cuando momentos antes no podía dar ni un paso más? El apoyo y la confianza de un hermano actúan como el mejor energético, por encima de las leyes de la fisiología.

Pasados los años, en agosto de 1965, Pedro participó en un curso de formación y de descanso, en una casa a orillas del bellísimo lago de Como, en el norte de Italia. Allí había también un nutrido grupo de jóvenes del Opus Dei. Un día les contaba en animada tertulia estos sucesos del paso a través de las montañas. Uno de ellos, llevado de su asombro, tal vez imaginándose a sí mismo en situaciones semejantes, le preguntó con ingenuidad: «Pero vuestros padres, ¿qué decían de todo eso?». Y Pedro, sorprendido, respondió: «¿Nuestros padres...? ¡Pero si nos estábamos jugando la vida!»[38].

Aquellos fugitivos llevaban un año y cuatro meses yendo de un sitio a otro, escondiéndose y, con frecuencia, arriesgando la vida por defender su fe. Estos gestos de Pedro —las misas en Torrelamata, el rosario recogido del suelo del camión o la disyuntiva del monte Aubens— manifiestan bien una faceta de su personalidad. En esos momentos no dudó en ser fiel a Cristo, costara lo que costase. Pienso que esa actitud siguió acompañándolo siempre, aunque de manera ordinaria, en un dar la vida día a día, paso a paso, para servir al Señor y a todos los hombres.

Al llegar a Andorra comprobaron, una vez más, que Dios los había protegido en aquella aventura que acababan de concluir con éxito: a las pocas horas cayó una gran nevada que los mantuvo bloqueados por varios días. De haberse producido antes, no hubieran podido sobrevivir por la falta de equipo y de refugios. Por fin el 11 de diciembre las carreteras se despejaron y se dirigieron a Lourdes, para agradecer a la Virgen María el éxito de la travesía realizada. Al llegar al santuario, san Josemaría se dispuso a celebrar la Santa Misa. Pedro Casciaro recuerda que el fundador de la Obra le dijo:

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