El canto de la comunidad pentecostal es un canto de liberación, porque al proclamar públicamente el señorío universal de Jesucristo, cuestiona el poder de los señores temporales así como la pretensión que ellos tienen de poseer la última palabra en la historia de los pueblos. Cuando los pentecostales cantan al Dios de la vida, están proclamando que únicamente Él es el Rey de reyes y Señor de señores. Esto es así porque su canto expresa la libertad que tienen en el Señor que los ha liberado de todas las opresiones, y da cuenta de la fe inquebrantable e inconmovible que tienen en el Dios de la vida.
Nadie ha podido arrebatar —ni puede hacerlo— la alegría de su canto y el ambiente de fiesta en el cual se expresa este discurso teológico no formal que da cuenta de la cotidianidad de su compromiso con Jesús de Nazaret encarnado, crucificado y resucitado. Y en ese canto se refleja su situación presente, que la asumen con realismo antes que con una simple resignación desmovilizadora, sus expectativas sociales y sus anhelos políticos temporales, así como su esperanza en un cielo y en una tierra nueva en la que more la justicia (2P 3.13) y en la cual ya no habrá muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor (Ap 21.4).
3. El testimonio
Los pentecostales, de su examen de la Sagrada Escritura, derivan tres principios que delinean y modelan su testimonio.
En primer lugar, entienden que para dar testimonio de su fe, la voluntad y la capacidad humanas son insuficientes. Desde su perspectiva, para el testimonio cristiano, la presencia del Espíritu Santo en la vida del creyente es un requisito irremplazable. Únicamente una iglesia llena del Espíritu está capacitada para no dejar de decir lo que ha visto y oído. Así entienden el tema del poder para el testimonio.
En segundo lugar, la obediencia absoluta al Señor en toda circunstancia histórica, una convicción que implica que la lealtad al Señor está definida, pues de esa manera se puede hacer frente a las distintas formas de presión que ejercen los señores terrenales.
En tercer lugar, la urgencia del mensaje que se tiene que compartir con el prójimo, pues como la primera comunidad de discípulos, tampoco ellos pueden dejar de decir lo que han visto y oído (Hch 4.20). Para ellos, la tarea de dar testimonio no es una tarea exclusiva de los pastores o de los líderes, sino una tarea colectiva que debe estar fundamentada en lo que han visto y oído. O, como se confiesa en el viejo canto pentecostal:
Sólo el poder de Dios puede cambiar tu ser,
la prueba yo te doy. Él me ha cambiado a mí.
No ves que soy feliz, siguiendo al Señor,
nueva criatura soy, nueva soy.
Consecuentemente, cuando un pentecostal da testimonio de su fe, no está narrando una historia extraña para él o contando una experiencia ajena, sino que da cuenta de su relación continua con Dios y expresa lo que actualmente está pasando en su peregrinaje espiritual, porque tiene una historia fresca que narrar o un testimonio que contar. Esto es así porque para él, Dios no es un simple dato del pasado o una simple formulación doctrinal, sino un Dios cercano que lo acompaña en todas las circunstancias y que está a su lado en todo tiempo. Dios no es un extraño, un desconocido, un ausente, alguien distante y despreocupado de la situación en la que él vive. En tal sentido, el testimonio pentecostal narra una historia de vida en la cual el personaje central es el Dios de la vida, Dios que peregrina junto con su pueblo en cada recodo del camino.
4. La predicación
La predicación apasionada o «caliente» es una de las notas distintivas de esa forma especial de ser evangélico que es la fe pentecostal. Un pentecostal expone la palabra de Dios ilustrando su mensaje con las experiencias cotidianas de seres humanos de carne y hueso cuyas vidas han sido transformadas por el poder de Dios. La predicación en estas iglesias no es un discurso meticulosamente documentado cuya coherencia lógica apunta sólo a la mente de los individuos.
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