¿Dónde se elabora o se articula la ética básica que tienen que informar, formar y transformar la conducta de los creyentes y el testimonio público de la comunidad pentecostal? Una primera explicación está en la relación cara a cara de los creyentes que mutuamente se pastorean o cuidan, se enseñan y comparten lo que Dios está haciendo en su vida. La otra explicación está en el culto, el cual es el espacio común en el que se transmiten los contenidos de la fe y se explica la relación que esos contenidos tienen con el camino de cada día.
El culto se constituye, entonces, en una suerte de espacio de aprendizaje y de laboratorio común en el cual se forja y se modela la conducta que se espera que el discípulo tenga en cada lugar en el que él camina como ser humano de carne y hueso. Y se trata de un espacio en el cual, más que enseñarle un manual de prohibiciones, se le enseña a sentir, pensar y actuar bíblicamente en todo tiempo, para que ya no sean unos despistados sociales, unos ingenuos en los asuntos políticos o una masa de maniobra que el sistema aplaude porque valida con su silencio, su pasividad, su tolerancia y su indiferencia, el engranaje del poder de los señores temporales.
Lo señalado previamente puede explicar por qué la comprensión de la ética social, una ética que se desprende de una comprensión más bíblica de la dimensión pública de la santidad, parece ser bastante diferente actualmente. Esto es así porque existen sectores del movimiento pentecostal que en situaciones sociales y políticas altamente críticas, fueron descubriendo que la defensa de la dignidad humana formaba parte de la misión de la iglesia y que constituía una forma legítima de vivir en el Espíritu. O que en realidades históricas de desmantelamiento paulatino de la legalidad democrática, comprendieron que la defensa del Estado de derecho representaba una forma de dar testimonio de su amor por la vida 13.
Lo mismo se puede afirmar con respecto a la presencia cada vez más visible de mujeres pentecostales que insertadas en los movimientos sociales luchan día a día, junto con otras mujeres, contra la pobreza y la falta de oportunidades en una sociedad estamental que ha condenado a los pobres al basural de la historia. Estas experiencias indican que ya no se puede sostener que todos los pentecostales son partidarios de una «huelga social» o que estas iglesias son simplemente espacios de desmovilización social, ya que actualmente existe un número mayor de creyentes y de iglesias cuya comprensión de la ética incluye la dimensión pública de esta, no como un mero apéndice a un recetario de doctrinas asépticas, sino como un estilo de vida que se expresa en acciones concretas de servicio al prójimo, de lucha por la justicia y de defensa de la dignidad humana.
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13Para mayor información sobre la presencia de creyentes pentecostales en los movimientos sociales, en la lucha contra la pobreza y en la defensa de la dignidad humana, ver los libros Pentecostalismo y Transformación Social (López 2000) El Nuevo Rostro del Pentecostalismo Latinoamericano (López 2002) y La Seducción del Poder (López 2004).
Capítulo 5
El culto pentecostal
Los cultos pentecostales son fiestas, celebraciones colectivas en las cuales todos los participantes son sujetos activos, actores centrales, y en las que todos los creyentes reciben la gracia de Dios y comparten esa gracia con naturalidad y alegría 14. Cuatro son los rasgos distintivos del culto de estas iglesias, los cuales delinean su espiritualidad enraizada en una relación fresca y continua con el Dios de la vida, cuyo poder liberador los ha convertido, no en unos «cualquieritas» o en los «ninguneados» de la sociedad, sino en embajadores de la vida puestos en el mundo para dar testimonio en el poder del Espíritu de la misión liberadora de Jesús a todos los seres humanos.
Los cuatro rasgos distintivos que dan cuenta de su espiritualidad y que articulan su propuesta teológica, propuesta forjada colectivamente en el seno del culto, son los siguientes:
1. La oración
La oración pentecostal no es un extenso monólogo desabrido ni una forma de meditación trascendental orientada a desinfectar la conciencia religiosa del individuo o de una comunidad. Tampoco una forma de secuestro ideológico que los aliena de su realidad histórica de violencia, miseria, opresión y exclusión. No es así. La oración pentecostal es un diálogo con Dios, un encuentro íntimo con el Padre Celestial, una expresión de amistad con el dueño de la vida. Es una disciplina espiritual clave para el crecimiento en la fe y para el peregrinaje en el mundo, cuya práctica tiene que ser fresca, espontánea y cotidiana. En tal sentido, no se trata de un ejercicio espiritual privatizado, una práctica religiosa desconectada del contexto histórico, una expresión de resignación, un mecanismo de evasión de la realidad, un instrumento de desmovilización social y política, o un sedante colectivo que los desconecta del marco temporal concreto en el que están situados como seres humanos de carne y hueso.
La oración Pentecostal no ignora ni evade los distintos problemas cotidianos. Más bien, confiando en el poder liberador del Dios de la vida, la oración traduce una absoluta confianza en su constante guía, protección y sustento. Así, antes que un mero ejercicio espiritual o una actividad religiosa ingenua y despistada, la oración es un acto espiritual inteligente en el cual se refleja su fe insobornable en Dios como Dios de la vida, Señor de la historia y Sustentador del Universo. Así, cuando un creyente pentecostal ora en su casa o en el templo, cuenta su historia, narra su experiencia, expresa sus anhelos y su esperanza, y articula teológicamente su comprensión de Dios como el Dios de la vida que le acompaña continuamente en su peregrinaje y que le empodera para hacer frente a las violencias de cada día.
2. El canto
El canto alegre y festivo, espontáneo y expresivo, constituye uno de los ingredientes infaltables en el culto pentecostal. La fiesta del Espíritu no estaría completa si en ella el canto estuviera ausente o almacenado en la memoria como un simple dato del pasado. Una nota característica del pueblo pentecostal, conformado mayoritariamente por familias pobres y por los llamados sobrantes de la sociedad, es precisamente el ambiente de fiesta de sus reuniones colectivas. Allí todos son actores y protagonistas activos. Varones y mujeres de todas las edades, cantan con gozo desbordante y profunda gratitud, dándole al culto comunitario el sabor inconfundible de una fiesta animada y controlada en todo momento por el Espíritu.
¿Por qué los pobres y los sectores sociales considerados como desechables cantan con gozo y gratitud a pesar de las condiciones infrahumanas en la que viven? ¿Por qué el dolor y el sufrimiento no han logrado abatirlos ni derrotarlos? ¿Cuál es la fuente de donde brota la fuerza de su canto alegre y festivo? Para los miembros de las iglesias pentecostales, el canto es un vehículo de liberación cuya fuente inagotable es la presencia vivificadora del Espíritu Santo. A los pobres y a los excluidos les pueden robar todas las posesiones materiales y condenarlos al ostracismo social y al estercolero de la historia; pero su canto alegre y festivo, no puede ser ni arrebatado ni secuestrado por los poderosos de este mundo, porque el poder liberador del evangelio y su efecto transformador, no está limitado por las condiciones materiales adversas en la que se encuentran los creyentes.
El canto de los pobres y de los excluidos no tiene fronteras ni depende de las circunstancias, puesto que se trata de un canto de liberación que no está atado a ningún factor humano que limita o que castra su poder transformador. Es un canto que nunca está encadenado ni preso. Esto es así porque la fuente inagotable de la que brota ese canto, no se encuentra en ninguna realidad ni poder humano. La fuente inagotable de la que discurre un canto fresco y festivo es la presencia del Espíritu Santo, que transforma incluso la adversidad y las sombras de muerte, en un canal de liberación. El canto se constituye así en una forma de protesta individual y colectiva frente a los señores terrenales y en una forma concreta de poner en tela de juicio el poder de los señores terrenales.
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