Edgar Allan Poe - Cuentos completos

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El autor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849) ocupa un lugar relevante en el panteón de los escritores más admirados, imitados y estudiados de la literatura universal. Considerado por muchos como un precursor del cuento corto y de terror como género literario, Edgar Allan Poe escribió también poesía, ensayos y crítica literaria. Fascinado con lo macabro y con un especial talento para ello, Poe también exploró diversos temas y tonos en su obra, con relatos detectivescos, humorísticos, históricos y hasta crónicas periodísticas. Su obra ha inspirado innumerables homenajes e influenciado el estilo de autores como H. P. Lovecraft y Arthur Conan Doyle.Con una vida marcada por la tragedia Poe logró dejar una huella indeleble en la historia literaria de su país y del mundo, como un maestro de la naturaleza humana y de todos sus matices. El presente volumen contiene más de sesenta cuentos, reuniendo todos los relatos publicados durante su vida.

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He señalado que el filósofo se situó, de mal humor, en su lugar habitual junto al fuego. Varios sucesos misteriosos, sucedidos a lo largo del día, habían alterado la serenidad de sus meditaciones. Al preparar unos œufs à la Princesse, le había resultado, lamentablemente, una omelette à la Reine; la revelación de un principio ético se estropeó por haberse volcado un guiso y, finalmente —aunque no fue lo último—, se le había estropeado uno de esos agraciados tratos que le encantaba llevar a feliz conclusión en todo momento. Sin embargo, a la agitación de su espíritu, nacida de tan enigmática contradicción, no dejaba de sumarse algo de esa agitación nerviosa que la ira de una noche tempestuosa suele producir.

Después de llamar a su gran perro de aguas negro para que se colocara más cerca de él, y de sentarse intranquilo en su sillón, Bon-Bon no pudo dejar de transitar con ojos inquietos y reservados aquellos rincones lejanos de su morada cuyas tupidas sombras solo disipaba a medias el rojo fuego de la chimenea. Después de terminar un reconocimiento cuya finalidad exacta ni siquiera él era capaz de entender, acercó a su sillón una mesita colmada de libros y papeles y no tardó en sumergirse en el trabajo de corregir un pesado manuscrito, cuya publicación era inaplazable.

Pasaron algunos minutos, así ocupado, cuando…

—Monsieur Bon-Bon, —susurró una voz quejosa en la estancia— no tengo ninguna prisa.

—¡Demonio! —gritó nuestro héroe, levantándose de un salto, derribando la mesa a un lado y viendo estupefacto alrededor.

—Exactísimo —contestó la voz tranquilamente.

—¡Exactísimo! ¿Qué es exactísimo? ¿Y usted, cómo entró aquí? —vociferó el metafísico, mientras posaba sus ojos en algo que reposaba tumbado cuan largo era sobre el lecho.

—Le estaba diciendo —continuó el entrometido, sin inquietarse por las preguntas— que no tengo ninguna prisa, que el asunto que con su permiso me trasladó hasta aquí no es apremiante… y en resumen, que puedo esperar perfectamente a que haya concluido con su presentación.

—¡Mi presentación! ¿Y cómo sabe usted… cómo pudo enterarse que estaba escribiendo una presentación? ¡Buen Dios…!

—¡Shhh…! —murmuró el personaje con un rumor sibilante, y alzándose rápidamente del lecho avanzó hacia nuestro héroe, mientras una lámpara de hierro que colgaba sobre él se mecía convulsivamente ante su proximidad.

La sorpresa del filósofo no le imposibilitó ver en detalle el vestido y la apariencia del desconocido. Su figura, asombrosamente delgada y muy por encima de la estatura común, podía distinguirse gracias al gastado traje negro que la envolvía y cuyo corte pertenecía al estilo del siglo pasado. No podía dudarse que aquel atuendo había estado designado a una persona mucho más pequeña que su actual usuario. Los tobillos y las muñecas quedaban descubiertos en una extensión de varios centímetros. Sin embargo, dos brillantísimas hebillas en los zapatos, parecían contradecir la extrema pobreza que mostraba el resto del atavío. Tenía la cabeza cubierta y era absolutamente calvo, aunque del occipucio le colgaba una cola de enorme extensión. Un par de anteojos verdes, con cristales a ambos lados, protegían sus ojos de la luz y también impedían que Bon-Bon pudiera identificar de qué color y forma eran. No se observaba evidencia alguna de una camisa, pero una corbata blanca muy sucia asomaba esmeradamente anudada en la garganta, y las puntas, que colgaban gravemente, transmitían la impresión (y me atrevo a señalar que no era con intención) de que se trataba de un sacerdote. Muchos otros detalles, tanto de su vestimenta como de su comportamiento contribuían, por cierto, a reforzar esa impresión. Sobre su oreja izquierda, a la manera de los modernos pasantes, llevaba un instrumento que recordaba el stylus de los antiguos. En el bolsillo superior de la chaqueta se veía con claridad un librito negro con broches de acero. El libro estaba puesto de tal forma que, casualmente o no, permitía leer en letras blancas sobre el lomo el título Rituel Catholique.

La apariencia del personaje era agradablemente melancólica y de una blancura cadavérica. La frente, muy alta, estaba profusamente surcada por las arrugas de la contemplación. Las comisuras de los labios caían hacia abajo, con una expresión de humildad totalmente servil. Tenía igualmente, mientras caminaba hacia nuestro héroe, una forma de juntar las manos, una manera de suspirar y un aspecto general de tan absoluta santidad, que impresionaba de la manera más amable. Todo rasgo de ira se desvaneció del rostro del metafísico una vez que hubo terminado favorablemente el análisis de su visitante y apretando amigablemente su mano, lo llevó a un sillón.

Sería un gran error atribuir este repentino cambio de humor del filósofo a cualquier razón que podía haber influido en su estado de ánimo. Hasta donde logré conocer su carácter, Pierre Bon-Bon era el hombre menos propenso a dejarse llevar por las apariencias exteriores, aunque estas fueran de lo más estimables. Además, era improbable que un observador tan perspicaz de los hombres y las cosas no hubiera notado, de inmediato, el verdadero carácter del interlocutor que así se abría paso en su refugio. Por no decir más, la forma de los pies del invitado era bastante notable, en su cabeza apenas sostenía un sombrero excesivamente alto, en la parte de atrás de sus calzones se notaba una nerviosa vibración y el temblor del faldón de su chaqueta era algo fuertemente visible. Se debe considerar, pues, la satisfacción con la cual se encontró nuestro héroe ante la imprevista compañía de alguien hacia quien había experimentado el más absoluto de los respetos todo el tiempo. No obstante, era demasiado diplomático para que se le escapara la más mínima señal de que sabía la verdad. No era su propósito manifestar que reconocía el alto honor que disfrutaba tan inesperadamente, sino que se planteaba estimular a su huésped para que en el transcurso de una conversación, le permitiera esclarecer algunas ideas éticas importantes, las cuales, una vez incorporadas en su próxima publicación, iluminarían a la humanidad, perpetuando de paso a su autor. Y bien podría añadir, que la larga edad del visitante, así como su amplio dominio de la ciencia moral, permitían imaginar que no dejaría de estar enterado de tales ideas.

Motivado por tan altos ideales, nuestro héroe invitó a sentarse al hidalgo visitante, mientras arrojaba nuevos maderos al fuego e instalaba sobre la mesa, ya colocada en su posición original, algunas botellas de Mousseux. Terminadas presurosamente estas acciones, colocó su sillón vis-à-vis con el de su visitante y aguardó a que este último comenzara la conversación. Pero los planes, aun los más diestramente procesados, pueden verse fracasados al ser aplicados y el restaurateur quedó atónito frente a las primeras palabras de su interlocutor.

—Bon-Bon, —dijo— puedo ver que me reconoce. ¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Ji, ji, ji! ¡Jo, jo, jo! ¡Ju, ju, ju!

Y el demonio, abandonando bruscamente la santidad de su aspecto, abrió su boca de oreja a oreja en toda su capacidad para mostrar una dentadura estropeada, pero terriblemente puntiaguda y, mientras colocaba su cabeza hacia atrás, comenzó a reír larga y ruidosamente, con perversidad, con un resonar poderoso, mientras el perro negro, arrinconado, se sumaba al clamor, y el gato, escapando a la carrera, se erizaba y chillaba desde el rincón más lejano de la morada.

Pero nada de esto fue copiado por el filósofo. Él era un hombre de mundo y no aulló como el perro, ni delató su estremecimiento con maullidos como el gato. Vale atestiguar que estaba bastante asombrado al ver que las letras blancas que componían las palabras Rituel Catholique, sobre el libro que se veía en el bolsillo de su huésped, cambiaban súbitamente de color y de significado, y que en lugar del título original las palabras Registre des Condamnés fulguraban con rojo resplandor. Esta extraordinaria circunstancia le dio a la respuesta de Bon-Bon una inflexión un tanto imprecisa que, de lo contrario, suponemos no hubiera tenido.

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