Ben Aaronovitch - Familias fatales

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¿Podrá el agente Peter Grant detener al mago más peligroso de Londres?El cuerpo mutilado de una mujer y ni rastro de magia: eso es lo único que el agente Peter Grant encuentra en la escena del crimen. Pero tiene razones para creer que el asesino practica la magia… Todas las pistas apuntan al mismo lugar: el Skygarden, una torre diseñada por un loco y habitada por personas desesperadas. Dispuestos a resolver el misterio,Peter Grant y su mentor, el inspector Nightingale, se adentrarán en las tinieblas más allá del Támesis, donde se esconden los secretos más oscuros de Londres. «Las novelas de Aaronovitch son divertidas, encantadoras, ingeniosas y emocionantes, y dibujan un mundo mágico muy cerca del nuestro.» The Independent

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El primer policía que apareció fue la agente Maureen Slatt, que estaba destinada en la cercana comisaría de Northgate, en Crawley. Había estado patrullando sola a menos de un kilómetro al norte y, a pesar de que las condiciones climatológicas habían empeorado, llegó a la escena en menos de dos minutos.

No hay nada que ponga más en peligro la vida de un policía que acudir a un accidente de tráfico en una vía rápida, de manera que lo primero que hizo fue aparcar su vehículo policial en la intersección en «posición diagonal», con las luces del techo, los faros y los intermitentes encendidos. Después, una vez dispuesta toda aquella escasa protección contra los desquiciados conductores nocturnos, se aventuró a acercarse primero al Volvo, donde encontró a Robert Weil atontado pero respirando, y después al Vauxhall, en el que halló a Allen Frust tendido y bien muerto. Tras realizar un rápido barrido con la linterna para asegurarse de que ningún pasajero había salido despedido hacia los matorrales que había a lo largo del arcén, volvió junto a Robert Weil para ver si podía ayudarle. Fue entonces cuando la agente Slatt, y apuesto a que la habían acosado por tener ese nombre, demostró que era una policía de verdad y no solo un uniforme con destreza para la conducción.

El Volvo V70 era un coche familiar grande y, en el momento del impacto, la puerta trasera se había abierto de golpe. La sabiduría popular de los policías está llena de historias espantosas sobre mascotas, abuelitas e incluso niños sin abrochar que salen volando por la parte de atrás de los coches, así que la agente Slatt pensó que debía echar un vistazo.

Reconoció de inmediato las manchas de sangre que había en el lateral del coche; eran tan recientes que aún brillaban a la luz de su linterna. No había mucha, pero sí la suficiente como para que se preocupara. Se puso a buscar minuciosamente, pero no había nadie en la parte trasera del coche ni a diez metros a la redonda.

Para cuando hubo terminado la búsqueda, los policías de tráfico habían llegado con sus grandes BMW 520 llenos de barreras, luces de emergencia y suficientes señales reflectantes como para montar una segunda pista en Gatwick. Acordonaron rápidamente el carril y volvieron a hacer que el tráfico circulara de forma segura. Una ambulancia llegó poco después y, mientras el personal sanitario se ocupaba de Robert Weil, la agente Slatt se puso a buscar la documentación del coche en la guantera. Antes de que la ambulancia se fuera, Slatt subió a la parte de atrás y le preguntó a Robert Weil si alguien iba con él en el coche.

—Estaba completamente aterrado —le contó después a los detectives—. No solo le alarmaba la pregunta, sino que estaba incluso más asustado por el hecho de que yo fuera policía.

Entre los policías se dice que todos los ciudadanos son culpables de algo, pero algunos en particular lo son más que otros. Cuando la ambulancia subió con esfuerzo hacia la M23 en dirección a las urgencias de Redhill, la agente Slatt la seguía de cerca. Mientras conducía, le recomendó por radio al inspector de la Unidad de Mando y Control que estaba de guardia que el Departamento de Investigación de Delitos fuera a echar un vistazo. Nunca se consigue hacer nada deprisa a las dos de la mañana, de manera que ya amanecía cuando el detective de la cercana comisaría de Crawley consideró que valía la pena llamar a su inspector. Patalearon, maldijeron a los trabajadores madrugadores que tocaban el claxon y se quejaban por el retraso, y decidieron que bien podrían convertir ese asunto en el problema de otra persona. Así pasó a la Brigada Conjunta de Grandes Crímenes de la policía de Sussex y Surrey.

Se necesita algo más que un poco de misterio para arrancar de su cama cómoda y calentita a un inspector jefe veterano, así que cuando Douglas Manderly, el oficial superior designado para la investigación, llegó a la oficina, ya había enviado a un par de desafortunados detectives a la escena, otro se dirigía al hospital West Surrey para relevar a la agente Slatt y su ayudante ya había encendido el programa HOLMES y le había asignado un nombre a la operación: «Sallic».

Douglas Manderly no se imaginaba que, nada más introducir el nombre de Robert Weil en HOLMES, se desencadenaba una señal que yo había conseguido de un informático civil experto en soporte técnico al que había engatusado, y que recibía un correo electrónico en mi ordenador. Después, el ordenador me lo enviaba al teléfono, y este sonó cuando Toby y yo paseábamos por Russell Square.

Digo que salimos de paseo, pero, en realidad, los dos nos habíamos escabullido a través de la fina llovizna invernal a la cafetería del parque, donde yo me tomé un café y Toby, un pedazo de pastel. Comprobé los detalles lo mejor que pude en el teléfono, pero no es lo bastante seguro para asuntos tan delicados, de manera que volvimos a La Locura saltando los charcos. Para ahorrar tiempo entramos por la puerta de atrás, atravesamos el patio trasero y subimos por la escalera de caracol exterior hacia el apartamento renovado que había sobre el garaje. Ahí tenía los ordenadores, la televisión de plasma, el equipo de sonido y el resto de accesorios de la vida del siglo xxi que, por una u otra razón, no me atrevía a mantener dentro de La Locura.

Después de Navidad le había pedido a mi primo Obe que viniera a poner un interruptor principal junto a la puerta. Corta la corriente de todos los dispositivos eléctricos del apartamento salvo las luces; muy ecológico, pero esa no es la razón por la que lo instalé. La verdad es que cuando haces magia, cualquier microprocesador que esté a una corta distancia se convierte en chatarra y, puesto que hoy en día casi todo lo que tiene un interruptor tiene un microprocesador, termina saliendo caro muy pronto. Ahora bien, llevé a cabo unos pequeños experimentos que revelaron que dichos microchips deben tener corriente para romperse, de ahí lo del interruptor. Me aseguré de que Obe escogía un conmutador de palanca antiguo que fuera lo suficientemente duro como para imposibilitar cualquier uso fortuito. Cuando alargué el brazo para encenderlo esa mañana, descubrí que ya lo estaba. Pero claro, sabía que no había sido yo porque, después de que mis mierdas volaran por los aires por culpa de la magia hacía más de un año, me había vuelto muy exigente con estas cosas. Y no había sido Lesley porque le estaban operando otra vez la cara en el hospital. Sabía que Nightingale se colaba de vez en cuando para ver el rugby a hurtadillas, así que podría haber sido él.

Tan pronto como entré, con Toby sacudiéndose el húmedo pelaje y metiéndose entre mis pies, encendí el Dell que utilizamos como terminal para AWARE, respondí a un correo electrónico que me recordaba que en dos semanas tenía que presentarme al curso de repaso de Seguridad para Agentes y volví a comprobar la alerta que me remitía a la Operación Sallic en HOLMES, que no me permitía el acceso. Pensé en entrar con el número de placa de Nightingale, que parece tener acceso a todo, pero los mandamases se mostraban muy inquietos por entonces con los accesos no autorizados a las bases de datos, de manera que me pregunté qué habría dicho Lesley en estas circunstancias: «¡Llama al Centro de Coordinación, idiota!».

Así que eso es lo que hice y, después de diez minutos al teléfono hablando con el ayudante de la Brigada de Grandes Crímenes, salí corriendo para contárselo todo a Nightingale, aunque me aseguré de apagar el interruptor principal mientras salía.

* * *

Una hora más tarde nos dirigíamos al sur en el Jaguar.

Nightingale me dejó conducir, lo que estuvo bien, aunque todavía no me dejaba ir solo en él hasta que hiciese el curso avanzado de conducción de Scotland Yard. Ya me había apuntado, pero el problema era que prácticamente todos los agentes del cuerpo querían hacer el curso y los chicos y chicas que conducen los vehículos de apoyo de los comandantes del distrito tienen prioridad. Puede que hubiera una vacante en junio. Hasta entonces tendría que contentarme con que me supervisaran mientras aceleraba el motor de seis cilindros en línea y bajaba a unos comedidos ciento veinte kilómetros por hora por la M23. Consiguió alcanzarlos sin ningún esfuerzo aparente, lo que no está mal para un coche que es casi tan viejo como mi madre.

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