José María Baena Acebal - Persona, pastor y mártir

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Como su autor declara desde el principio, "
es un libro puramente vivencial",
cuyo objetivo es vindicar el ministerio pastoral y la vida de quienes se dedican a él junto a sus familias. Como el propio título sugiere, está estructurado en tres partes:
La primera aborda el ministerio pastoral desde la perspectiva más personal, considerando esos aspectos muchas veces poco tenidos en cuenta como son la propia naturaleza humana de quien desempeña el pastorado, su condición de padre de familia, esposo, etc. así como sus relaciones interpersonales, tanto con la iglesia como con el resto del mundo.
En segundo lugar, se trata el propio ministerio de pastor en sus aspectos fundamentales como son el llamamiento, la autoridad ministerial, el liderazgo, etc. sin rehuir los desafíos actuales como pueden ser la atmósfera espiritual circundante, el ritmo de vida acelerado, la secularización o la falta de compromiso personal de los propios creyentes. No se obvian los peligros inherentes al ministerio o, incluso, su propia financiación.
La tercera parte introduce al lector en esa faceta del título que puede haberle sorprendido desde el principio, pero que queda aclarada en la introducción del libro: la de mártir, como testigo de Jesús en su doble vertiente de proclamador de su mensaje y como pagador del precio que tal testimonio conlleva. La trayectoria vital del apóstol Pablo sirve de guía y modelo a lo largo de todo el libro, según el relato del Libro de los Hechos y sus propios escritos, las distintas epístolas paulinas contenidas en el Nuevo Testamento. Este trabajo está
dedicado especialmente a la multitud de pastores prácticamente anónimos y a sus familias, que hacen que la obra de Dios avance y prospere a lo largo y ancho de nuestro mundo.

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¿Y qué hay de la amistad entre pastores? ¿Es esta posible, deseable, real?

En su larga conversación durante su última cena con sus discípulos más íntimos, Jesús los llama «amigos», en griego φίλοι ( filoi ). La forma verbal de esta palabra griega es φιλέω ( fileo ), que es amar, pero referido al amor por afinidad, amistad o parentesco, diferente a ἔραμαι ( eramai ) o ἀγαπάω ( agapao ), que designan respectivamente el amor erótico o el amor desinteresado que proviene del Espíritu de Dios, como fruto natural suyo. Está hablando de una relación íntima especial, en contraste con la de siervos. ¿Cuál es la diferencia? El siervo obedece incondicionalmente, sin necesidad de tener que estar al tanto de las razones o motivos de lo que se le pide o se le manda. Si no lo hace, ha de atenerse a las consecuencias. El amigo lo es porque forma parte del círculo restringido de personas que conocen esas razones y motivos, es decir, de los secretos del amigo, y no los traiciona. En consecuencia, actúa por amistad —que es, por tanto, una de las clases de amor— no movido por el peso de una relación impuesta e ineludible, salvo rebelión y castigo.

Los pastores somos colegas los unos de los otros, como lo son quienes comparten una actividad o profesión; podemos ser, además, compañeros, porque trabajamos juntos; pero, ¿somos o podemos ser amigos? Como se suele decir, los familiares nos son impuestos por lazos de sangre; los compañeros lo son por lazos laborales, de estudio o ministeriales; pero los amigos, cada cual elige a los suyos por razones puramente subjetivas. Hay cosas que unen y otras que separan; circunstancias, afinidades, simpatías y antipatías, etc.

Confieso que tengo amigos entre mis colegas pastores o ministros; unos muy buenos amigos y otros menos, y también conocidos. Amigos que se nota que lo son cuando estás en aprietos y también cuando estás arriba. Amigos que te tienden la mano cuando la necesitas, cuando te equivocas, cuando triunfas, sin adulaciones ni reproches, amigos por todo y a pesar de todo, que saben decirte las verdades en el amor de Dios y en la caridad fraterna, aunque no te gusten, pero que te ayudan, te edifican y no te hunden o te abandonan cuando te hacen falta. Confieso también que no son tantos como me gustaría. Pero los amigos son un tesoro que no tiene precio, y los pastores necesitamos tener amigos. “En todo tiempo ama el amigo y es como un hermano en tiempo de angustia” (Pr 17:17).

En el mundo eclesiástico en el que nos movemos quienes servimos a Dios, seamos pastores o no, nos hace falta estar bien relacionados con el resto de nuestros colegas y compañeros. Como mínimo, somos «hermanos», compartimos la misma fe, al mismo Cristo, somos llamados a mantener la comunión en el cuerpo de Cristo, aunque haya quienes pensando ser los únicos «santos«, «ortodoxos» o «fieles», se niegan a relacionarse con otros creyentes a los que menosprecian y puede que hasta critiquen combatan o hasta difamen, negando la unidad de la fe y los mandamientos más básicos del evangelio, bajo la coartada de la pureza doctrinal, moral o ética —aspectos todos sobre lo que hay mucho que hablar y que decir. No cabe duda de que hay casos con los que no podemos comulgar y de los que habremos de alejarnos, pero eso no puede ser excusa para que nuestro orgullo espiritual —que es pecado— nos separe de otros creyentes por diferencias de criterio sobre aspectos diversos, que desgraciadamente no faltan en nuestros medios y mucho menos que los difamemos para desacreditarlos públicamente, como algunos hacen.

La relación crea las afinidades —y también faltas de afinidad— y fomenta el compañerismo y la amistad. Como pastor, líder de un equipo ministerial, estoy en relación con un buen número de compañeros con los que mantengo un determinado nivel de amistad, buena y necesaria. Como ministro de una denominación, mantengo igualmente una relación con muchos pastores, misioneros y ministros de mi denominación. En algunos casos, el nivel de amistad es mayor que en otros. Pero esta amistad me enriquece, así como espero servir yo mismo de enriquecimiento para otros. Como presidente que fui de una entidad de carácter general y nacional de carácter interdenominacional, he desarrollado una relación de amistad con los componentes de su junta de dirección, igualmente diversa en profundidad y alcance, pero igualmente enriquecedora. Y en los diferentes órganos en los que participo tengo amigos. Con algunos de ellos sostengo intensos debates sobre asuntos diversos, pero la amistad nos une y nos hace compartir cosas en un nivel de intimidad profundo y sincero, con aprecio y respeto mutuos. Unos a otros nos enriquecemos mutuamente, aprendiendo unos de otros a ser mejores personas y mejores cristianos, a la vez que disfrutamos de momentos preciosos de buen humor en buena compañía, compartiendo las cosas sencillas de la vida.

Resumiendo, creo que los pastores hemos de rodearnos de amigos dentro de nuestro medio en el que ministramos, en sus distintos ámbitos: local, denominacional, nacional —abarcando las diferentes denominaciones, no solo la nuestra— y en la medida de lo posible, si llegamos ahí, también fuera de nuestras fronteras. Pero hemos de saber cuál es la relación real que nos une y respetar sus límites. La amistad es un tesoro que crece o decrece según lo hagamos prosperar o menguar. “El hombre que tiene amigos debe ser amistoso , y amigos hay más unidos que un hermano” (Pr 18:24). Este proverbio bíblico dice mucho sobre la amistad. La versión RV1909 traduce lo de «ser amistoso» por «ha de mostrarse amigo». Otras versiones en español y en otras lenguas hablan de amistades que no duran. El sentido es que la amistad ha de ser verdadera, real, puesta de manifiesto en acciones consecuentes, no solo palabras, pues “toda labor da su fruto; mas las vanas palabras empobrecen” (Pr 14:23). La verdadera amistad aporta hechos (labor), no solo pronunciamientos (vanas palabras).

CAPÍTULO 5

Creyente antes que ministro

Son muchas las obviedades que se dicen en este libro, pero no por ser obvias son innecesarias. Muchas son las cosas en la vida que, por obvias, quedan desatendidas. Ni nos damos cuenta de que están ahí. Las vemos todos los días, pero no las apreciamos ni las aprovechamos. Demandar que un ministro del Señor sea creyente puede parecer un atrevimiento que, incluso, puede llegar a ofender a más de uno. Pero es que no podemos pretender ser ministros si no somos creyentes de verdad. Creyente no quiere solo decir convertido , nacido de nuevo, sino también que tenemos la fe suficiente para llevar a efecto y feliz término nuestra labor ministerial que, cómo no, también implica fidelidad . Un pastor tiene que ser una persona de fe, no alguien pusilánime incapaz de afrontar retos espirituales importantes, aquellos a los que nos lleva el Señor.

El apóstol Pablo escribe a los corintios: “Por tanto, que los hombres nos consideren como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se requiere de los administradores es que cada uno sea hallado fiel” (1 Co 4:1-2). Si Pablo veía conveniente recordarles a los fieles en Corinto la necesidad de exigir «fidelidad» (πιστός, pistós , de πίστις, fe) a sus administradores (οἰκονόμοις, oikonomois ) o dirigentes (ὑπηρέτας, hyperetas ), no es gratuito que hablemos aquí sobre este tema.

El escritor de la Epístola a los Hebreos dice: “Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta e imitad su fe” (He 13:7). Resalto aquí dos palabras: su conducta y su fe. Ambas van ligadas, pues la conducta no es sino el resultado de la fe; porque esta se muestra o se hace patente por medio de obras prácticas, no solo por medio de palabras altisonantes, como bien explica Santiago en su carta.

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