Los padres de la Iglesia católica maquillaron moralmente la caridad supererogataria añadiendo dos virtudes más: la castidad y la obediencia. De ahí que, en Corintios, 1, 7, san Pablo ponga como ejemplo el hecho de que un hombre es libre de casarse, pero que es más laudable permanecer célibe, para ser mejor servidor de Dios. De esto se puede extraer un valor añadido, porque las obras supererogatorias de los santos se guardan en una suerte de banco de liberación por penitencia para uso de Dios, para eximir a (algunos) pecadores arrepentidos de los actos de expiación que en otros casos podrían exigirse. La supererogación era un punto particularmente sensible para Martín Lutero y sus objeciones se blandieron profusamente en la reforma protestante, con teólogos que atacaron la noción de acciones «supermeritorias» y la corrupción resultante que floreció en la comercialización de indulgencias institucionalizadas, a las que la supererogación servía de pretexto. La Iglesia anglicana llegó a decir, en sus Treinta y nueve artículos (1571), que las obras de supererogación «no pueden enseñarse sin arrogancia e impiedad». Además, los teólogos disidentes comprendieron lo fácilmente que podía ordeñarse a la «moral», en forma de grandes donaciones procedentes de ingenuos y, así, atisbaban clarividentemente lo que vendría con las fundaciones caritativas de finales del siglo xx y el filantropocapitalismo.
Peter Singer70 cita Santos y héroes, un artículo de 1958 de J. O. Urmson que sostiene que los imperativos del deber funcionan para prohibir el comportamiento que es intolerable si la gente tiene que vivir en sociedad, y que eso es distinto de hacer algo bueno pero cuya omisión no es nada malo. Singer afirma que «esto puede explicar el origen y existencia continuada de la actual división entre actos de precepto y actos de caridad», una distinción a la que él se opone, ya que dice estar intentando fundamentar el comportamiento moral en el terreno social (como opuesto al religioso, por ejemplo). Las actitudes morales, por lo tanto, «están formadas por las necesidades de la sociedad», que «necesita a gente que observe las normas que hacen tolerable la existencia social». Pero su perspectiva «social» soslaya las preguntas de las necesidades de quién, qué normas, quién las hace y con qué objetivo, como si la sociedad fuera una suerte de masa homogénea sin esa cosa denominada economía política.
En este marco, la moral parece flotar sobre casi toda la realidad social: en términos morales, prevenir el hambre en otros países es tan importante como mantener la legislación sobre la propiedad dentro de una sociedad. Pero ¿qué pasa si las normas de «propiedad» prevén expropiaciones de tierra, amparadas por leyes nacionales e internacionales que desposeen a millones de personas? Sin embargo, solo estamos obligados a observar las normas que hacen tolerable nuestra existencia social, y nuestras necesidades morales pueden saciarse, si queremos, haciendo algún que otro donativo (que, en cualquier caso, con sospechosa frecuencia canaliza el dinero de vuelta a casa). Singers dice que, «moralmente, deberíamos trabajar en todo momento para aliviar el gran sufrimiento que ocurre como resultado del hambre o de otros desastres». Pero ¿cómo? Concluye que «el mejor medio para prevenir el hambre, a largo plazo, es el control de población», desplazando así, genialmente, la responsabilidad moral hacia las víctimas del desastre. Así que, como parte de nuestra bondad supererogatoria, nosotros, en los países ricos, deberíamos asegurarnos de que los pueblos a los que hemos desposeído en el saqueo imperial y en las formas del capitalismo que le siguieron bajen su ritmo reproductivo. Y podemos ayudarles a hacerlo apoyando a organizaciones que trabajan por el control de población.
Pero ¿ayudan esas organizaciones pro control de población a alguien más que a extranjeros excesivamente fértiles? Steven Mosher, que se declara conservador, dice que sí. Poniendo como ejemplo a Population Services International (psi), una ong (o «brazo gubernamental», como reconoció una vez Colin Powell) generosamente financiada por la Agencia Estadounidense para el Desarrollo (usaid), Mosher apunta que es un brazo con mucho músculo estatal. psi, dice, es,
en efecto, una máscara puesta por los gobiernos occidentales para evitar la desagradable situación que resultaría de que fueran los propios funcionarios estadounidenses quienes dijeran a africanos y latinos que están teniendo demasiados hijos.
¡Oh!, y de paso: el fundador de psi, el mismo Phil Harvey (calificado por la revista Mother Jones como «un filántropo apasionado»), fundó Adam & Eve, una de las principales empresas porno de los ee uu. Así que existe un «encaje natural entre el negocio porno de Phil Harvey y el programa bomba antinatalista de usaid: mucho sexo y cero niños».71
El viejo artículo de Singer puso las bases del creciente movimiento denominado altruismo efectivo, cuyos adeptos meditaron sobre dónde está mejor empleada la beneficencia supererogatoria, para animar a los ricos a donar conforme a ello (donde rinde más el dólar). El argumento dice que deberíamos dejar de gastar dinero en cosas que no necesitamos realmente y donarlo a grupos de ayuda que trabajan en zonas golpeadas por desastres o pobreza. Singer pone el ejemplo de un niño que se ahoga en un estanque. Estamos obligados a salvar al niño. O nuestras neuronas especulares —que algunos neurólogos consideran la base de la empatía, y otros, que están sobrevaloradas— hacen efecto y nos impulsan a salvar al niño. O no. El salvar a los que se ahogan no se aplica a todo el mundo. En enero de 2017, Pateh Sabally, un refugiado gambiano de 22 años, no cumplía los requisitos de receptor de empatía obligatoria y no hubo neuronas especulares que hicieran efecto, solo teléfonos móviles filmando cómo se ahogaba en el Gran Canal de Venecia. Una persona gritó: «¡Vamos, vuelve a tu casa!»72 Impasible ante diferencias como las que pueden surgir entre el ahogamiento hipotético de un niño y el ahogamiento real de un refugiado negro, Singer no afloja: «si está en nuestra mano impedir que pueda ocurrir algo malo sin sacrificar por ello nada de importancia moral comparable, moralmente debemos hacerlo.» El principio, dice, no tiene en cuenta la distancia, así que debemos extender nuestro altruismo a gente que está muy lejos, en este caso, la que muere en Bengala Oriental como consecuencia de la pobreza, de un ciclón y de una guerra civil.
Peter Singer, por supuesto, no se inventó el ejemplo de salvar a una persona que se ahoga, un marco que también utiliza el filósofo confuciano Mencio (372-289 a.n.e.), con algo más de complejidad, cuando habla de la compasión. En realidad, la situación de salvar a un individuo a punto de ahogarse era un lugar común en gran parte del debate y el discurso morales de sus días. Mencio dice que cualquier hombre que vea a un niño caer en un pozo alberga en su corazón sentimientos de ansiedad o compasión. No es algo premeditado o aprendido previamente, y el salvar al niño no es el resultado de intentar dar buena impresión ante sus progenitores o de ganar buena reputación entre vecinos y amigos o de la aversión al ruido del llanto del niño. De ello concluye que, si el hombre no alberga sentimiento de compasión en su corazón, no es humano. Sin embargo, esta no es una acción moral, porque la cuestión es que el acto de salvar al niño es espontáneo, no tiene en cuenta el elemento temporal ni influye en él la reflexión sobre las consecuencias que puedan tener los sentimientos, ni la acción de rescate depende del reproche o elogio que puedan expresar los demás.
Otro filósofo, Chunyu Kun, presenta un falso dilema en que intenta forzar al rigorista Mencio a elegir entre el respeto escrupuloso por las normas ceremoniales que definen el orden moral de la escuela confuciana y salvar una vida:
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