Los investigadores de este ámbito, centrados en el comportamiento individual (o, como mucho, intragrupal), consideran el altruismo un gran misterio, porque los individuos altruistas, aparentemente, sacrifican sus intereses personales, dinero y tiempo. De manera que parece que reducen sus posibilidades de sobrevivir o reproducirse y, según la teoría de la selección natural, este tipo de comportamiento, con el tiempo, debería desaparecer. Pero el altruismo ha aguantado, hasta el punto de estar creciendo en la academia como especialidad autorreferencial y ser practicado por celebridades que entienden muy bien sus beneficios. Por poner un ejemplo: en una entrevista reciente, David Beckham, con una fortuna familiar (la marca Beckham) de cerca de 500 millones de libras esterlinas (lo que le convierte en más rico que la reina Isabel II),55 decía tener la esperanza de ser recordado tanto por «sus obras de caridad como por su fútbol».56 Y demuestra que realizaba sus obras caritativas porque, realmente, tenía la esperanza de obtener el título de caballero (pero la «panda de idiotas» del comité honorífico lo pretirió, preocupada por sus asuntos fiscales).57 Obviamente, la «panda de idiotas» no entendía lo que Beckham sabía: que casi cada acto de altruismo contiene algún tipo de compensación.
En algunas investigaciones sobre altruismo aparece la transacción de género, lo que sugiere que las mujeres que buscan pareja estable consideran más atractivos a los hombres buenos, en tanto que personas dispuestas a compartir sus recursos con ellas y sus hijos. Los hombres suelen ser más altruistas en las fases iniciales de una relación romántica, o cuando presumen ante una mujer atractiva, mientras que las mujeres son menos dadas a mostrar altruismo a un hombre atractivo (al fin y al cabo, la mujer no puede ir derrochando recursos). Ambos sexos, pero especialmente las mujeres, suelen afirmar que la bondad es el rasgo más deseable en una pareja. Así:
Si eres un hombre que busca un compromiso con una mujer, no deberías dudar en alardear de ser el mentor no retribuido de los niños de la escuela básica o de ayudar a tu vecina anciana a hacer la compra cada semana.58
A pesar de que se ha teorizado que la evolución ha dado forma a mecanismos psicológicos como las emociones que promueven el comportamiento altruista, el enfoque evolutivo se centra, fundamentalmente, en la utilidad social del altruismo. La teoría de la inversión selectiva plantea la hipótesis de que los vínculos sociales estrechos y los mecanismos emocionales y cognitivos evolucionaron para asegurar la supervivencia y el éxito reproductivo mediante el altruismo a largo plazo y de alto coste entre personas mutuamente dependientes. A menudo, el objetivo es descubrir cómo promoverlo mediante «la investigación, para crear situaciones en que el comportamiento caritativo dé buenos resultados a largo plazo».59
A primera vista, el altruismo —este comportamiento en que, según todas las explicaciones, un agente incurre en un coste personal mientras mejora el bienestar de otro— parece contraintuitivo, en contradicción con los principios de la evolución darwiniana. El propio Darwin reconocía que el altruismo representaba un desafío a su teoría de la evolución: «quien, como muchos salvajes, está dispuesto a sacrificar su vida en lugar de traicionar a sus compañeros a menudo no dejará retoños que hereden su noble naturaleza».60 En este punto intervienen los neurobiólogos, que buscan las bases neuronales del comportamiento altruista utilizando el escáner de resonancia magnética funcional. Han descubierto, por ejemplo,61 que la actividad caritativa activa la vía de recompensa mesolímbica, que se suele encender en respuesta al sexo o el alimento, y la corteza subgenual/región sextal son activadas por la actividad caritativa, y que esas estructuras están estrechamente relacionadas con el apego social y la vinculación con otras especies. La conclusión es que el altruismo, más que una facultad moral superior de algunos individuos, está programada en el cerebro y se asocia a sensaciones placenteras.
Un influyente estudio, El cerebro altruista: cómo somos buenos por naturaleza, de Donald Pfaff,62 discrepa de la noción cristiana de pecado original y del concepto capitalista del egoísmo humano como fuerza motivacional de los actos bondadosos y plantea la hipótesis de que los seres humanos están «programados» para ser buenos, exactamente igual que lo están para adquirir una o más lenguas naturales. Pfaff presenta e interpreta datos a favor de la idea de Wilhem von Humboldt, expuesta en su tratado sobre la libertad y la responsabilidad humanas,63 según la cual la humanidad está intrínsecamente más inclinada a la filantropía que a las acciones egoístas (como si la filantropía estuviera libre de la sospecha de egoísmo). Como los seres humanos nacen en una fase de desarrollo en que necesitan muchísimos cuidados, Pfaff argumenta que la supervivencia evolutiva depende del cuidado de madres, padres y familiares. El cerebro humano, dice (p. 58), superpone y difumina imágenes de otras personas con la nuestra, mediante «un incremento de la excitabilidad de las neuronas corticales, de modo que, cuando las células nerviosas que representan al otro emiten señales, las que representan al yo también lo hacen». Existe un «interruptor ético» en el cerebro, que se activa antes de que realicemos un acto, de manera que, «en lugar de ver literalmente las consecuencias del acto para otra persona, ¡las visualizamos automáticamente como si afectaran a nuestro propio yo!» (p. 60).
Puede que los argumentos de Pfaff no apoyen necesariamente la programación para el altruismo o la bondad innata, pero sugieren la naturaleza social de los seres humanos. Pero ¿qué tipo de naturaleza social? La regla de oro o ley de reciprocidad, «haz a los demás...», puede llevar a resultados contradictorios y violentos. ¿Quién sabe lo que le gusta a una persona? Un sádico no es un masoquista. A la mayoría de nosotros nos gusta que nos traten bien, pero ¿significa eso que debemos tratar bien a los supremacistas blancos? ¿O pensamos en sus víctimas, las apoyamos y hacemos la vida imposible a sus abusadores? Las explicaciones respetuosas con todas las religiones que instan a una u otra versión de la regla de oro suelen soslayar las cuestiones sociales.
Existe un peligro en la teoría de Pfaff, especialmente cuando afirma que su investigación sobre el altruismo puede «emplearse para contribuir a atraer a los individuos antisociales a la corriente mayoritaria» (p. 221). ¿A qué redil «mayoritario» quiere llevar a esos individuos? Este es un asunto cultural y político y a menudo puede utilizarse, como sabemos por todo tipo de terribles experimentos de ingeniería social, para discriminar, atacar la libertad y la diferencia, destruir identidades y hacer daño, en general. Basta con pensar en los «tratamientos» dados a homosexuales y mujeres difíciles que eran bondadosamente encerradas, como a Lucia Joyce, la hija de James Joyce (encerrada con la ayuda de los benevolentes fans ricos de Joyce), por citar un solo caso espantoso. A Pfaff le interesan principalmente las iniciativas sociales para incentivar las funciones del cerebro altruista, aun si las condiciones sociales, incluyendo a la pobreza y la gran desigualdad, resultan irresolubles. Pero, en esas condiciones, es más probable que los desposeídos sean «antisociales». Seguramente, es natural expresar ira contra una sociedad que te perjudica. Así que ¿habría que convertir a la «corriente mayoritaria», con un poco de altruismo, a los rebeldes iracundos? No hace tanto tiempo que la lobotomía se consideraba bienintencionada. El altruismo de Pfaff no está lejos de los viejos preceptos religiosos que aceptan la injusticia e intentan, a lo sumo, poner parches al statu quo (con la intención de apoyarlo).
Читать дальше