Daniel Reventós - Contra la caridad

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"Contra la caridad es un manifiesto a favor de la bondad recíproca, igual y fraterna y, por eso mismo, una argumentación en contra de la caridad entendida como una relación desigual y no recíproca entre el que da y el que recibe, porque el que recibe no está en condiciones de corresponder. Es también una denuncia de la caridad de instituciones y empresas como «estafa» a la bondad; y un manifiesto a favor de una renta básica universal e incondicional. Pero, ¿qué pueden tener en común la bondad igualitaria y fraterna con una renta básica universal e incondicional?
Julie Wark y Daniel Raventós defienden y aportan argumentos para demostrar que es económicamente factible abandonar la caridad y reivindicar el derecho a una existencia materialmente posible para toda la población mediante la renta básica incondicional.
"Un elocuente manifiesto por una política radical de la bondad como desenmascaramiento de nuestros actuales 'salvadores condescendientes', los multimillonarios de la tecnología y las celebridades hollywoodenses
que disfrazan la codicia de caridad, y el privilegio, de empatía".
Mike Davis, autor de Planeta de ciudades miseria"

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Richard Dawkins, en su revolucionario superventas El gen egoísta, examina la «biología del egoísmo y el altruismo» y concluye que el egoísmo genético suele tener como resultado el comportamiento egoísta del individuo, aunque hay circunstancias en que, entre animales individuales, los intereses de un gen se defienden mejor con un cierto nivel de altruismo. Aporta una explicación de la evolución centrada en los genes y dice, por ejemplo, que, cuando un pájaro o un insecto se reproducen, asumen un riesgo, no para beneficiarse ellos mismos o a la especie, sino para asegurarse de que sus genes perduren, sobreviviendo a expensas de otros genes. El título del libro llevó a la especulación de si Dawkins abogaba por el egoísmo individual (al dotar a los genes de rasgos mentales y habilidades como el egoísmo y la intencionalidad). Dawkins a menudo ha dicho que habría querido titular el libro El gen inmortal.

Otro enfoque biológico al altruismo procede de David Sloan Wilson, profesor distinguido de biología y antropología de la Universidad Estatal de Nueva York.64 En su libro ¿Existe el altruismo? Cultura, genes y bienestar del prójimo, argumenta que la selección multinivel —una versión de la selección grupal en que la selección natural puede darse simultáneamente en muchos niveles de la jerarquía biológica, desde los genes hasta los individuos, las poblaciones y las especies— explica el altruismo, lo que sugiere un modo de guiar la evolución de las instituciones sociales humanas, por ejemplo, la economía. A juicio de Wilson, la teoría evolutiva puede localizar los intereses grupales altruistas y los diseños sociales que los favorecen:

Si queremos resolver los problemas más acuciantes de nuestra época, como la paz mundial y la sostenibilidad ecológica global, se requiere más evolución cultural, que debe guiarse por un complejo conocimiento de la evolución. (p. 88)

Dado que los problemas de nuestra época son extremadamente acuciantes y millones de personas mueren o viven con gran angustia a causa de ellos y la evolución se encuentra algo dañada, ya que especies enteras desaparecen cada minuto, puede ser divertido jugar con la «evolución cultural», pero esta es más bien lenta en traer mejoras.

Pasando de la neurobiología a la psicología, uno va de un complejo debate sobre el neocórtex a una descripción de la Enciclopedia Internacional de Ciencias Sociales (2007) que parece haberse limitado a añadir la palabra motivacional a descripciones normales y corrientes, para hacerlas así «psicológicas», de modo que aquí el altruismo es «un estado motivacional con el objetivo de aumentar el bienestar del prójimo». Motivacional no ayuda mucho, si no sabemos nada de las motivaciones, por no hablar de las necesidades del beneficiario. El altruismo parece desarrollarse en el vacío social. También en sociología, evidenciando otra vez el abandono de los principios emancipatorios de la Ilustración —que antaño habían predominado en las humanidades—, la definición común de altruismo es vaga y cargada de valores: «un principio de solidaridad respecto a las necesidades y los intereses del prójimo». Pero esta estima solidaria no parece extenderse a, por ejemplo, el estado de Rakáin, en Myanmar, donde el pueblo rohingya ha estado largo tiempo sometido a una persecución genocida.65 Esta tragedia, bien documentada, es tan poco conocida que el corrector de Google objeta a las palabras Rakáin y rohingya. A pesar de que muchos estudios ponderan la relación entre altruismo y bien común, casi nunca se mencionan las condiciones materiales que provocan la necesidad, socialmente originada, del altruismo.

En las actuales sociedades seculares, el debate normativo sobre la caridad o la filantropía suele centrarse en el altruismo y la empatía que aparecen, al menos en algún grado, en todas las opiniones antiguas sobre la caridad, pero ahora adaptadas a los tiempos modernos. Si en el pasado lejano los distintos conceptos estaban marcados por la relación entre divinidades y buenas acciones en la tierra, el debate actual giraría más en torno a la responsabilidad individual (y, a veces, social o estatal) respecto a la gente sufriente. La palabra altruismo fue acuñada por Auguste Comte (1798-1857), como antónimo de egoísmo. Acercándose, más o menos, a lo que actualmente se denomina ética evolutiva, Comte consideraba la ayuda mutua entre los hombres como la continuación de los fenómenos de comportamiento cooperativo que abundan en biología. Reconocido como fundador de la disciplina de la sociología, la «filosofía positiva» y el «evolucionismo social», y también calificado de ideólogo de una posteísta «religión de la humanidad», Comte fue influyente en el siglo xix, una época en que «la caridad era la base de la ayuda a los pobres».66 Con la creciente popularidad de las relativamente nuevas ideas de laissez faire, laissez passer (dejen hacer, dejen pasar) —expresión atribuida a Vicente de Gourney (1712-1759)—, a veces con la floritura de le monde va de lui-même (el mundo funciona por sí mismo), pronto se comprendió que esta versión del individualismo necesitaba ser atemperada con algo de altruismo, finalmente formulado por Auguste Comte.

Pero seis décadas después del inicio de la reacción termidoriana, ya no se hablaba de derechos. En efecto, en su Catecismo positivista,67 Comte elimina conscientemente los derechos de su marco:

[El] punto de vista social no puede tolerar esta noción de derechos, porque esta se basa en el individualismo. Nacemos bajo una carga de obligaciones de todo tipo, para con nuestros predecesores, para con nuestros sucesores, para con nuestros coetáneos. [...] [Vivir para los demás], la fórmula definitiva de moral humana da una sanción directa exclusivamente a nuestros instintos de benevolencia, la fuente común de felicidad y deber. [El hombre debe servir a la] humanidad, a la que pertenecemos totalmente.

Llegados a este punto, es instructivo volver al tipo de derechos contra los que estaban reaccionando los pensadores franceses decimonónicos con sus nociones de altruismo. El derecho esencial, primero, formulado por Robespierre en su discurso de 2 de diciembre de 1792, sobre la subsistencia, contradecía todas las anteriores doctrinas, religiosas y seculares, sobre la caridad:

¿Cuál es el primer objetivo de la sociedad? El mantenimiento de los derechos inviolables del hombre. ¿Cuál es el primero de estos derechos? El derecho a la existencia. Así, la primera ley social es la que garantiza los medios de existencia a todos los miembros de la sociedad; todas las demás están subordinadas a ella.

Este es un derecho que, con sus radicales implicaciones para sociedades devastadas por una desigualdad que se ensancha cada vez más, sigue siendo altivamente ignorado por la teoría actual del altruismo.

En un viejo artículo, de influencia duradera,68 Peter Singer analiza la distinción, comúnmente aceptada, entre deber y caridad. De un rico, dice, se espera que cumpla la ley como una cuestión de obligación (pero el hecho de que a menudo se haya enriquecido quebrantándola no se menciona). Sin embargo, el dar dinero para ayudas contra un desastre es más un acto laudable que un deber. El hombre que no da nada no es condenado, porque se considera que no tiene obligación de hacerlo (aunque la ley actúe a su favor y haga a los pobres más pobres). La caridad del rico, nos dice Singer, es el tipo de acción que los filósofos y los teólogos denominan supererogatoria (la que es bueno hacer pero cuya omisión no es nada malo). Pero ¿acaso esta visión de la caridad privilegiada no recuerda al miedo de Comte al individualismo que surgiría de los derechos?

La palabra supererogación viene del latín, super-erogare (pagar más de lo debido). El término aparece por primera vez en la versión latina del Nuevo Testamento, con la parábola del buen samaritano. Como se dice que su acción es a la vez laudable y no obligatoria, los filósofos se han enzarzado en sesudas discusiones sobre si puede haber acciones moralmente buenas que no sean moralmente obligatorias, si tales acciones existen y, si existen, cómo se convierten en optativas o supererogatorias. Puede ser más fructífero reflexionar sobre la visión de Margaret Thatcher, cuando fue derecha al meollo de la cuestión: «Nadie se acordaría del buen samaritano si solo hubiera tenido buenas intenciones; también tenía dinero.»69 No solo descubría que el darse el gusto de la caridad pertenece al reino de los privilegiados, sino que también hacía un poco de economía política realista.

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