Fernando Ángel Lara - Temporada con los muertos

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Temporada con los muertos: краткое содержание, описание и аннотация

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Un escritor bloqueado —y con un extraño magnetismo para los problemas— se lanza en una absurda odisea hacia un pueblo de muertos vivientes en el que espera encontrar la fuente de su inspiración. En este primer volumen de Temporada con los muertos, Fernando Ángel Lara construye un relato frenético salpicado de sexo geriátrico, drogas baratas, rocanrol y zombis a la mexicana.
Se quitó la dentadura para ponerla dentro del vaso con pulque, dejándola nadar en un mar de borrachera.
—Dime, jovenchito —habló con voz tenue y desdentada mientras ponía su mano en mi espalada— ¿Chabes de las ventajas de las chimuelas?

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El pueblo tenía el aspecto de una pequeña urbe abandonada, fría y estéril. Como una ciudad panteón. Olía a un otoño traído por la brisa desde las profundidades del parque Aromero.

Ese día, yo llevaba la mochila colgada al hombro, vestía una chamarra de mezclilla rota, y estaba bien rasurado. Lucía inocente, como un universitario de primer año. Sin titubear, me acerqué a la vieja, me presenté y le informé el motivo por el cual estaba en el pueblo. Mintiendo como mienten los escritores, le dije que estaba haciendo un reportaje acerca del pueblo. Por varias razones le oculté mi verdadera misión. Una de ellas: por temor a que se ofendiera porque un testimonio suyo fuera utilizado con fines tan vulgares como la literatura. Otra razón: por temor a que se burlara de mi sueño como mucha gente ya lo había hecho. Hasta mis padres. Recuerdo que ellos me dijeron que me buscara algo que me diera para comer. Para ellos, ser escritor y querer comer, era como bucear eternamente por comida en los botes de basura.

Así que al decirle que era un reportero ella mostró interés. Era raro que gente de las ciudades paseara por el pueblo, y más todavía que lo hiciera gente joven. Y tan pinche guapa como yo, ni se diga. Bueno, eso dijo la viejita. Supongo que todos somos guapos a pupilas envejecidas.

De un momento a otro estábamos en la sala de su departamento, el número dos, en la planta baja del edificio, sentados en las sillas del comedor. La mesa estaba revestida con esos horribles manteles floreados de plástico. Pequeñas quemaduras de cigarro formaban agujeros negros en el pistilo de las flores. La señora Ofelia estaba ansiosa de comenzar la entrevista, deseaba contar su historia, pues era evidente que la compañía era algo que le hacía falta, y ser escuchada sólo por la perra Greta le había provocado una gran necesidad de conversar con alguien cuyo oído le diera salida a la soledad.

Me sentía en un ambiente familiar, aunque oliera a orines de perro. Era precisamente eso lo que me recordaba a mi difunta abuela incontinente.

La vieja me ofreció una bebida que acepté con tal de no ofenderla. No me apetecía beber nada, estaba inquieto por comenzar.

—¿Qué me dijiste que querías tomar, mijito? — Me consultaba con ternura desde la cocina.

Pensé rápido. Era obvio que no estaba en el bar en el que me hospedaba. Debía pedir algo modesto y acorde.

—Agua con azúcar, o un té si tiene… o ¿usted que va a beber?

—¡¿Agua con azúcar, té?! ¿Acaso eres marica? ¡No, un marica bebe mejor que tú! Tengo cerveza artesanal y pulque. ¿Qué quieres?

—¿Usted que va a beber?

—¡¿Qué quieres?!

—¡Cerveza! Una cerveza… por favor.

—¡No me grites, cabrón! —tomó la botella del refrigerador y azotó la puerta —. Una cervecita será, muy bien. ¿Cómo me dijiste que te llamabas, mijito? —Cambió el semblante tan drástico a uno de amorosa abuelita que me causó cierta turbación. Pero así son los ancianos, pensé, amigos y enemigos a la vez según te comportes. Ellos no tienen tiempo para rodeos, u ocultar su humor. Si algo, o alguien no es de su agrado, lo mandan a la chingada sin remordimiento. Tenemos mucho que aprender de los viejos.

—No le dije mi nombre —le contesté.

—Oh, muy bien, mucho gusto.

Salió de la cocina acompañada del sonido estridente de las pantuflas arrastrándose por el piso de mármol, sonido muy similar al querer encender un cerillo repetidamente sin conseguirlo. Se sentó frente a mí y dejó la botella marrón de cerveza sobre la mesa. A Greta, la vieja perrita, le sirvió en su tazón un pulque bebido con celeridad en cada lengüetazo. Al reírme por eso, la perra me lanzó un gruñido, como si entendiera la mofa. Eran un par de viejas perras corajudas por igual.

—Espero que esta noche no haya tormenta eléctrica, mijito.

—¿Tormenta eléctrica?

—Sí, aquí el clima está descuadrado, llueve, cae granizo, hace harto calor, tormentas eléctricas, todo sin avisar y muy seguido. Como si el Señor se empeñara en destruir este lugar que parece un asentamiento del infierno.

Miré enseguida hacia la ventana, pero no había mucho que apreciar; ésta había sido tapiada.

—De modo que quieres saber lo que sucedió aquí —suspiró—. Mi esposo y el esposo de Greta fueron víctimas de los zombis. Te lo narraré sólo una vez, así que presta mucha atención— dijo mientras bebía pulque de un vaso serigrafiado de flores amarillas, el típico vaso que tiene cada abuela en el mundo, como si a falta de esos vasos la vejez no tuviera sentido.

—Si te ríes o me juzgas de loca, te mato — dijo—. Soy experta en el uso de la escopeta calibre .12, de uno y doble cañón. ¿Entendido?

“¡Ay, cabrón!” Me había salido brava la vieja.

—No se preocupe no me burlaré, sé por qué estoy aquí.

Greta dejó el tazón limpio y enseguida se echó a los pies de su comadre, como si supiera lo que iba a escuchar a continuación, y el semblante del quebranto y la melancolía ya la abordaba, con sus ojitos caídos hacia el suelo.

Y sin más, comenzó a narrar su trágica historia.

***

Todo sucedió hace más de un año. La pareja de viejos había pospuesto la cena de aniversario durante un mes, hasta que por fin pudieron realizarla. La señora Garza le había cocinado a Felipe, el marido, unos chiles rellenos con harta salsa, como le gustaban tanto, aunque le provocaran pedos toda la noche. Pero no importaba, era una ocasión que celebrar. Felipe había conseguido con mucho esmero algo mejor que el Viagra para esa noche mágica, tuvo que caminar mucho y cobrar ciertos favores para obtener la materia prima de la pasión de esa noche.

Felipe era un hombre retirado, y se dedicaba únicamente a chingar, esa fue mi conclusión según las cosas que me narró la señora Garza, puesto que cuando el señor sacaba a su perro, Boris Karloff, de la misma raza que Greta, el perro muy educado defecaba en el zacate, pero Felipe rejuntaba la mierda para ponerla en la mera pasadera de la gente, disfrutando como un niño cuando algún paseante aplanaba la aguada mierda. Además, iba a las seis de la mañana, ya que había salido el sol, a tocar a los departamentos de los vecinos por el dinero del aseo. A veces se quedaba sentado en una banca, mentando madres y escupiendo a los pies de la poca gente que pasaba cerca de él. Nadie le hacía o decía nada. Le fiaban sus chingadazos por viejo. Aunque viejos como él, todos nos hemos quedado con las ganas darle uno que otro chingadazo para que le bajen a su desmadre.

Esa noche Felipe y Boris llegaron del largo peregrinar para conseguir la “medicina” para el placer, y el perro, en cuanto atravesó el marco de la puerta se lo montó a su amada perra con enjundia. El viejito le dio un beso a su esposa que estaba en la cocina, dándole los últimos arreglos a la cena de aniversario. Él sacó una bolsita trasparente del pantalón, la agitó llamando la atención de la vieja, que denotó enorme felicidad al ver el contenido. Se sentó en la mecedora, sacó el contenido de la bolsa y comenzó a despelucar unos gramos verdes para fumarlos después de cenar. Fumar la yerba aquella le endurecía el entusiasmo. Afortunado cabrón, ya que la yerba en exceso provoca efectos contrarios. Con cautelosa entrega, colocaba los coquitos de su amada planta en una cajita de cerillos de madera para tener por fin su propia producción y no andar pidiendo favores.

La noche era perfecta, más de lo que la señora Garza la había planeado. Y después de la cena, era hora del impetuoso postre. Pero lamentablemente alguien más fue invitado, y con mucha hambre. De manera inmediata llegaron los habitantes errantes atraídos por el olor a marihuana quemada. Y no los culpo. El olor a marihuana quemada es casi como inhalar un estupefaciente. Fumes o no, disfrutas el olor. Los pachecos hacen un servicio a la comunidad, y de agradecimiento reciben luces rojas y azules que enamoradas van tras ellos.

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