– Si no logro que la justicia sea justa, me voy con la guerrilla, ¡y entonces verán esos hijos de puta lo que es un juramento! ¡Yo juro ahora que los haré volar directo a los infiernos!
Ninguno esperaba esa respuesta y ambos sintieron miedo. No en sus cuerpos, sino en el fondo de sus almas; el temor de que las injusticias compriman tanto al pueblo que, como una gran caldera, estalle y tome la justicia por su cuenta.
– Carmelo… respondió Altamirano, creo que yo haría lo mismo si no supiese con certeza que eso es peor que esto. Unos cuantos roban a manos llenas; pero debemos rendir cuentas tarde o temprano, aquí o ante Dios. Me temo que a muchos magnates no les va a cerrar el balance…
– Tenemos una justicia humana basada en el código de Hanmurabi, el mismo que usaban en Babilonia 1.700 años antes de Cristo, en la rejuvenecida y vengativa ley del Talión, muy alejada de la Misericordia Divina, que nos pide la antítesis: “ Amad a vuestros enemigos… Haced el bien a los que os odian… Bendecid a los que os maldicen… Orad por los que os calumnian . Y escucha esto, que es realmente increíble… Al que te hiere en una mejilla ofrécele la otra… A quien te quita el manto, no le niegues la túnica… Da a quien te pida y no reclames a quien te roba lo tuyo ”. ¡Esto lo exige Dios! ¡Esa es la verdadera justicia divina! Y si se cumpliera, jamás tendríamos ni un solo juicio en la tierra…
– ¡El Evangelio debería estar prohibido! Reclamó enrojecido el Rafa Fischer. Es un libro que correspondería proscribir en todos los países civilizados, porque de lo contrario coexiste una contradicción tremenda entre esas enseñanzas y la vida real. ¡Y sus palabras juzgan los siglos! Ser o no ser... ¡Tha’s the question!
– ¡Pero esa manada de ladrones necesita un escarmiento! Un odio visceral desbordaba al irreconocible Carmelo Pastrana, con una convicción tan firme que puso su piel grisácea y sus ojos tártaros delinearon una finísima estría. Ocultaba bajo esa humilde apariencia un explosivo de alta energía, que debían desactivar antes que lo destrozara.
– ¡No seas su esclavo! Respondió imperativamente Carlos Altamirano. Si tú reaccionas así cuando actúan de ese modo, simplemente dependes de ellos, te dominan, eres su esclavo… ¡Sé libre! Decide tu vida con un ideal, no con una presión externa y más, con la presión de unos delincuentes…
– Es cierto, acotó el Rafa Fischer. Debemos luchar “con” justicia y no salirnos de los carriles, sino, también dejaremos de cumplir nuestro juramento.
– Hablas bien, amigo, eres un buen abogado… Respondió Altamirano. Busco un cambio, pero por los cauces de la paz. Creo que la no-violencia de Ghandi tuvo más fuerza que todas las armas destructivas. Perdura, porque la paz es parte esencial del ser.
– Puede ser… remarcó Carmelo Pastrana. Puede ser que la no-violencia sea una solución. Pero que sea pronta. Tan solo veo que esta colonización cuantitativa que nos impone la globalización mantiene una extraña invencibilidad política. Jamás asimila nuestra cultura ancestral; simplemente la arrasa y la cambia por esta civilización uniformante que está en las antípodas de la nuestra, que se funda únicamente en la animalidad humana. Esto explotará muy pronto.
– ¿Saben una cosa? declaró inspirado, creo que editaré un pasquín donde divulgaré lo que los diarios callan porque no tienen pelotas… ¡o porque son propiedad de ellos!
– Haré una crónica de todas las aberraciones de la justicia y denunciaré a los corruptos. ¡Eso haré!
Y eso hizo…
Seis meses después, el irreconocible cuerpo de Carmelo Pastrana fue retirado trabajosamente de una jaula de hierros retorcidos y calcinados. Fue todo lo que quedó de su vetusto automóvil después del “accidente”.
En el sepelio, cuando el Rafa Fischer preguntó si sabía algo, Carlos Altamirano le respondió:
– Me había dicho unos días antes que estaba detrás de una noticia explosiva, pero le faltaba ratificar algunos datos; algo así como que el Presidente de la Nación y su cofradía están metidos hasta las orejas en el narcotráfico. Creo que los interesados se enteraron antes de que salga el informe… y él se lo lleva a la tumba.
– Debemos tener cuidado -respondió el Rafa- y como esto quede así como así… ¡yo me voy con la guerrilla! Ambos sabían que también ellos estaban en la mira de los verdugos.
Todo quedó así como así. Y el Rafa cumplió su promesa. Unos años después lideraba la guerrilla en las selvas de Andinia.
Capítulo 5
Andinia
Carlos Altamirano llegó una mañana muy temprano a los tribunales, como era su rutina, con su Código Civil bajo el brazo y un gastado portafolio de loneta. Una de las secretarias del juzgado llamada Analía, mujer entrada en años que de alguna manera había simpatizado con su forma de trabajar, quizá haciendo una broma, dijo a su compañera:
– Allí viene “El Quijote”…
Y aunque su cuerpo compacto distaba mucho del longilíneo personaje cervantino, ese apodo corrió como reguero de pólvora y pasó a ser su nombre propio. Luchaba contra molinos de viento de una manera empecinada y constante, hasta que las aspas caían a jirones por los embates de su lanza. Cabalgaba el polvoriento Código que guardaba entre sus folios la suerte de los hombres, cuál indómito Rocinante enjaezado con cincha, montura y bridas de telarañas.
Pasaron siete años. Las guerrillas en una lucha ciega continuaban en las selvas, diezmando campesinos y soldados. De vez en cuando un edificio gubernamental o una estación policial se desmenuzaba por los aires. Morían algunos inocentes vestidos de uniforme y unos días después mataban algunos “guerrilleros” recién destetados de sus madres. El Comandante Rafa era un personaje lúgubre que tenía precio por su cabeza. Su fotografía circulaba junto con la del extinto Ché Guevara.
Y el trabajo se volvió rutina…
Nada cambiaba en la vida de Carlos Altamirano, un caso detrás de otro. Las causas profundas seguían iguales. Y buscó esas causas…
Rafael Fischer, escapándose subrepticiamente de la protección selvática, era su confidente en sitios apartados, cada vez más enervado y cada vez más convencido de la nulidad de la lucha. El tiempo lo habían cubierto de una pátina de desilusión y odio a todo lo que tuviese tufo a legalidad, que para él era la herramienta de la corrupción cancerígena.
El Rafa gruñía entre dientes a los oídos del Quijote:
– Los pocos que se están forrando de dinero ni siquiera olfatean que se están cebando para el matadero…
Dios nos guarde de las aguas mansas, que de las turbulentas me guardo solo. Dice el refrán. En el alma de aquellos hombres, que alguna vez fue serena, la marejada había producido un oleaje más bravío que en el Cabo de Hornos. Inconscientemente germinaba la semilla de la revolución sangrienta.
Uno de esos días, en un pueblito llamado Huayra, ocultos en “Los Cóndores”, un bar de mala muerte alineado junto a otros ranchos en la única calle, con piso de tierra apisonada por las ojotas y los duros pies descalzos, con unas cuantas mesas y sillas de madera toscamente clavadas que amenazaban caerse al menor movimiento, pintadas generosamente por la más arcana mugre, único local al alcance de sus escuálidos bolsillos, el “Rafa” Fisher, comenzó una impredecible perorata.
– ¡La política en nuestro país es una inmundicia monumental y la justicia su olor nauseabundo! ¡El uno apaña al otro y el otro apaña al uno! Parece mentira que todo lo que está corrupto huela a podrido; como debe ser; pero los grandes corruptos siempre huelen a perfume francés… ¡Tienen más vericuetos que un caracol de cien mil años!
– Si seguimos luchando desde abajo solo recibiremos pisotones y patadas. ¡Tengo callos hasta en la nuca! Debemos tomar el poder y, para eso, hace falta ser político o tener a los yankees de tu lado.
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