Derzu Kazak - El hijo del viento blanco

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La urdimbre y la trama de esta nueva novela de Derzu Kazak se afirma en una conjetura difícil de consentir: ¿Qué sucedería si un país sudamericano tuviese un Presidente absolutamente honesto?
Tal como se presenta actualmente el mundo de la política, donde la corrupción impera en casi todos los estamentos del Estado, la honestidad es un traspié genético que debe eliminarse. Nada es lo que parece en el ámbito estatal, y menos en el macroeconómico, engendrando confabulaciones y planes perfectos que el destino se encarga de mandar a baraja, urgiendo otros planes tan efímeros y cambiantes como la condición humana.
Un devenir de acción y de intriga a nivel planetario, con la presencia de mafias, corporaciones supranacionales ávidas de oro negro y «negocios redondos», sicarios y comandos de élite, mantiene al lector sin resquicios para intuir el desenlace.

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Ningún colega se dignaba mirarlo y mucho menos a saludarlo. Quedó solo. Tan solo, que su esposa debió alentarlo para continuar buscando su destino. Pronto se vio colmado de causas perdidas y rodeado de insolventes, tan ignorantes que no sabían en muchos casos ni siquiera firmar, pero intuían que ese hombre hosco tenía un corazón sincero que latía al unísono con el de ellos.

Un par de años después, había logrado que un par de abogados honestos reconocieran su metódico trabajo en pos de la justicia de los desposeídos, que distaba tanto en Andinia de la justicia de los poderosos que parecía tener códigos diferentes según la clase social y, sobre todo, según el poderío económico y político. Muchos jueces eran conocidos personeros designados “a dedo” por los gobernantes de turno para que “hicieran justicia” en las variadas causas de corrupción que sus negocios necesitaban.

El Dr. Altamirano difícilmente perdía un caso. Conocía el derecho con profundidad y certeza, y sobre todo, tenía la constancia de las olas marinas y un concepto del tiempo tan vago, que para él no existía. Podía pasarse días enteros sentado como una foca en la puerta de un juez, impávido y en ayunas; esperando la respuesta para su cliente. Estas situaciones creaban un malestar de impotencia y desesperación entre los subalternos, que terminaban apoyándolo moralmente y pasándole algunos datos que no estaban en el sumario. La mayoría de las veces obtenía lo que buscaba para no verlo más.

Carlos Altamirano estaba sobrecargado de trabajo y absolutamente liviano de dinero. Sus clientes le pagaban con una gallinita que ya no “güeveaba”, un lechón travieso, alguna cesta de higos maduritos, una docenita de huevos caseros o algunos bollos con chicharrones. Todo lo recibía con una sonrisa, sabiendo que le daban parte de su sustento.

Capítulo 4

Andinia

Maribel Santillán mantenía su hogar, bendecido con un esperado retoño, que parecía imposible de traer al mundo luego de dos embarazos perdidos en los primeros meses. Los médicos le aseguraron que no podría tener más familia. El bebé, llamado Carlos Ezequiel, llenó de alegría la casa. Y también allí, como los reyes magos, se acercaron dos colegas con sus regalos y sus manos tendidas.

Rafael Fisher, que fue el padrino del niño, y Carmelo Pastrana, dos bohemios de la justicia.

– ¿Ustedes creen de verdad que la justicia humana será alguna ver absolutamente justa? Les preguntaba a sus nuevos amigos con la fuerza de una verdad asumida y madurada. El humeante café se enfriaba en sus manos… Pues lamento desilusionarlos, pero jamás se logrará eso en la Tierra.

– Cuando nosotros dos éramos estudiantes, respondía Rafael, nos parecía que al menos los gobernantes y sus ministros, los curas y la jerarquía eclesiástica, los militares de alto rango, los médicos y, de manera imperiosa los abogados y jueces, “necesariamente” debían ser incorruptibles y plenamente confiables.

El pelirrojo, con pecas sembradas en abundancia por su sonrosada piel, se rascaba la cabeza revolviendo sus rizos ensortijados y jamás peinables, mientras sus ojos azul ultramar trataban inútilmente de convencer la fiereza de su espíritu, más dado a la bondad que a la violencia.

– Pero ahora creo que hemos vivido en una cápsula de cristal… ¡Hemos hecho el papel de pendejos pelotudos!

– Amigos… -respondió Altamirano con una madurez que recordaba a Ghandi por su aplomo y absoluta calma en medio de las tempestades- el mundo está habitado por hombres, y los hombres nunca hemos sido perfectos; menos lo serán las instituciones que concebimos para intentar convivir.

– En la jerarquía de la Iglesia hay muy pocos santos y muchos pecadores, porque la santidad no es nada fácil; dentro de las fuerzas armadas hay héroes y traidores, porque el heroísmo es generosidad extrema; dentro de nuestra profesión hay de todo. Tenemos lo mejor y lo peor, porque ser juez es tarea divina, que dispone en justicia de vidas y bienes.

– Estamos sumergidos en la pastosa civilización moderna que nos impone un materialismo espiritual y no puramente físico; como diríamos en nuestra jerga, un materialismo de jure y no solo de facto; a más del amasijo de hipocresía y falsedad que de él se desprende.

– ¡Pero nosotros «juramos» ser justos!

– El juramento del hombre vale exactamente lo que vale el hombre.

– ¿Qué validez podrá tener el juramento de un tránsfuga? La mentira está permitida en la autodefensa de un juicio sin ninguna consecuencia; el asesino declara que es inocente ante un juez, con esa hipocresía total que la ley lo permite, porque nadie está obligado a auto incriminarse, tanto que las declaraciones deben ser verificadas con pruebas, y si empezamos con una sarta de mentiras, no gana la justicia, sino el abogado más astuto.

– Justicia es perfecto equilibrio, que tu piel vale lo mismo que la mía, y mi hambre vale tanto como la tuya. El hombre que no cumple esto está mal por fuera o por dentro, es un cáncer activo que desgraciadamente contamina el mundo.

– Es verdad, señaló por primera vez el introvertido Pastrana, ¡la mierda vestida con toga no deja de ser mierda! El médico que aborta, el abogado que vive de rapiña aprovechando las calamidades del prójimo, el cura que escandaliza con su ejemplo…

Carlos Altamirano, asintiendo con algunas reservas, trató de ver la otra cara de la moneda.

– Nuestra profesión es delicadísima, debemos ser Jueces. Juzgar… Cuando Jesús dijo “no juzguen si no queréis ser juzgados”. Debemos aplicar leyes que no contemplan una realidad individual y mucho menos la Ley Divina; y recuerdo esa lapidaria frase: “Con la misma vara que midáis seréis medidos”… Y duele ver como los delincuentes eluden la ley porque sus abogados hicieron “los pasos legales previstos en las excepciones”, o ver a nuestros colegas que apañan los juicios, o peor aún, los crean buscando cobrar honorarios al que cae en desgracia.

– A fin de cuentas todo el que pide justicia, quiere que le den la razón… La justicia humana siempre es interesada.

– Juramos ser lo que de ningún modo podremos lograr a la perfección: Ser justos. Enviamos a la cárcel a un ladrón de gallinas y no podemos encerrar al funcionario que roba millones a todo el pueblo, porque está protegido por el aparato oficial que participa masivamente del delito de latrocinio y otros quizás peores, y se encubren unos a otros con cientos de triquiñuelas… ¿quién no está al tanto de esto?, sin embargo, ¿quién los acusa?

– Pero nosotros… comentó Rafael mirando al estoico Carmelo Pastrana buscando su implícito acuerdo, ¡queremos que la justicia sea justa!

– Deberán luchar para eso centímetro a centímetro en un camino que no tiene fin, respondió Carlos. Creo que estamos infectados de legalidad interesada y desprovistos de nobleza.

– ¿Qué mejor posición puede aspirar un delincuente que ser abogado? Tiene conocimiento de las leyes, de los vericuetos y de las artimañas legales. ¡Incluso pueden planificar verdaderos desfalcos perfectamente legales! Así es la ley humana, se presta para todo…

– ¿Recuerdas el libro “El Padrino”? Allí decía que un abogado puede robar más con su portafolio que un rufián con su revólver… ¡uno sin delinquir y el otro con riesgo de cárcel!

– Pues a mí, recalcó el Rafa Fischer poniéndose rojo de rabia, podrán meterme una bala entre las cejas, ¡pero no pienso dejar de cumplir mi juramento! Lo hice ante Dios… ¡y con Dios no se juega!

– ¿Y tú que piensas? Preguntó Altamirano a Carmelo Pastrana, cuyo mutismo era proverbial.

Con un tono engañosamente terso, pero con ese halo temible que se percibe cuando lo que se dice se siente en las entrañas, contestó casi musitando:

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