La visión del mundo como representación configura una posición, al interior de los nacientes campos científicos, privilegiada que ordena el mundo desde lejos (en el espacio y en el tiempo) en una unidad lineal que reduce lo diverso y que configura el mundo como mero conocimiento. Este tipo de visión lineal es lo que Bourdieu llama visión perspectiva, en el sentido de tomar un lugar distanciado de las cosas y verlas desde allí con un orden que solo es posible a condición del distanciamiento que lo produce. "La perspectiva, en su definición histórica, constituye sin duda, la realización más cabal de la visión escolástica: supone, en efecto, un punto de vista único y fijo —por lo tanto— la adopción de una postura de espectador inmóvil instalado desde un punto (de vista)—, y también la utilización de un marco que destaca, circunscribe y abstrae el espectáculo mediante un límite riguroso e inmóvil" (Bourdieu, 1999, p. 38). La visión perspectiva supone entonces adoptar la inmovilidad como condición de la unidad. La unidad solo es posible a costa del movimiento. Con la adopción de un lugar para ver se conjura la visión dispersa y se gana la visión única —singular y universal al tiempo—, en la que todo puede verse desde un orden que unifica lo que en el movimiento aparece como diverso pero que ahora, con la nueva posición, puede verse como lineal. Solo así es posible el mundo como representación. {2}
El punto inmóvil, por lo mismo, "toma distancia" del mundo de la práctica y puede a su vez erigirse como la posición que lo fundamenta todo. Para que tal distanciamiento sea posible, el orden económico va produciendo, también, tal mirada como una posición —en el vasto campo de la producción cultural— que clasa y distingue a quienes tienen el lugar social —y por ello el poder— de pensar los fundamentos del mundo de quienes deben quedarse "condenados" en sus preocupaciones cotidianas. La adquisición de tal "mirada soberana", al ver de lejos —en sentido espacial y temporal— aporta la posibilidad de actuar también de esta manera: configurando una suerte de disposiciones que alejan los apetitos más próximos, que aplazan las satisfacciones por medio de un ascetismo idóneo y que separan como nunca antes el cuerpo de la mirada.{3} Es esta tal vez una de las consecuencias más significativas de la adopción de la mirada escolástica: el conocimiento situado en un punto de vista separado del cuerpo, o mejor, el cuerpo dispuesto para un punto de vista estable y alejado lo suficiente de las necesidades más inmediatas como para garantizar, a su vez, tal alejamiento. Escribe Bourdieu: "un divorcio entre el intelecto, considerado superior, y el cuerpo, tenido por inferior; entre los sentidos más abstractos, la vista y el oído [...] y los sentidos más sensibles" (Bourdieu, 1999, p. 39). En el origen de la razón científica se encuentra el privilegio social que constituye la condición de emergencia de los universos escolásticos —y sus disposiciones correspondientes— y que configura la visión perspectiva, reduciendo lo diverso sensible a la unidad ordenada en donde la perspectiva lineal define las condiciones del conocimiento del mundo.
Varias consecuencias tendrá la emergencia de la razón escolástica como conocimiento del mundo. Una de ellas es que la razón, que ocupa y llena ahora el punto de vista singular y por ello universal (pues todos pueden compartirlo) de la perspectiva lineal, al alejarse de las vicisitudes de la vida práctica hará como si ya no tuviera nada que ver con ella. La "doxa epistémica", esa fórmula con la que la mirada escolástica habla del tipo de razón que produce, se distanciará, o mejor, hará como si se distanciara, de las condiciones sociales y económicas de emergencia de la razón. La cronología histórica cederá su paso al orden lógico y la historia del mundo pasará a ser la historia de las ideas desencarnadas de lo sensible y, por ello, con mayor autonomía respecto al mundo de las prácticas sociales y políticas. Solo en este sentido, recuerda Bourdieu, puede hablarse de la filosofía como la historia del espíritu en donde las formas de pensar del pasado son tratadas como meras etapas del desarrollo del espíritu, es decir, de la filosofía, sin ninguna determinación a la historia que las hizo posibles (cfr. Bourdieu, 1999, pp. 65 y ss.). Una mirada que se pretende por encima de las condiciones que la hacen posible, puede a su vez constituirse en la que hace posible las otras miradas del mundo. La separación entre epistemología y ciencia, entre filosofía y demás campos del conocimiento, habrá hecho su aparición en la escena del pensamiento. La ignorancia de las condiciones de emergencia se naturalizará en la creciente autonomía de los distintos campos científicos, al punto que las propias condiciones de objetivación del sujeto objetivador nunca serán puestas en cuestión por la ciencia moderna.{4}
Lo que se olvida por completo, a juicio del sociólogo francés (cfr. Bourdieu, 1999, p. 38), es que la mirada perspectiva que garantiza el mundo como representación, en cuanto forma simbólica de objetivación de lo subjetivo, y que hace posible la objetivación del mundo está enraizada en la economía que la hace posible. Este olvido es uno de los rasgos más específicos de la emergencia de la razón científica, pero no el único. Otro rasgo, sin duda, no menos importante, es el considerar al sujeto como la condición de posibilidad de todo conocimiento objetivo del mundo. De hecho, el sujeto, convertido en perspectiva, adquiere la disposición necesaria para hablar del mundo desde la condición privilegiada del punto de vista que, no teniendo que ver con el mundo lo unifica y objetiva, a su vez, como el resultado de la confirmación de marcos estables y bien delimitados, productos, así mismo, del único y privilegiado punto de vista lineal del mundo. La perspectiva lineal unifica cada ámbito de la vida práctica. El mundo como representación hace posible la emergencia del tiempo como cosa (cfr. Bourdieu, 1999, p. 275), o del futuro como proyecto intencional; la preocupación del sentido práctico por ejemplo, en la perspectiva lineal, se objetivará como intencionalidad (cfr. Bourdieu, 1999, p. 279). La representación, en últimas, será posible por y conducirá a la "progresiva sustitución de la visión práctica por una visión reflexiva" (Bourdieu, 1999, p. 276) del mundo y de la vida cotidiana.
Podría decirse que la necesidad de la razón científica —el objeto de lucha que distingue al campo de la ciencia de otros campos de producción cultural— está aparejada, históricamente, con la emergencia del conocimiento como representación y con la configuración de una nueva clase social liberada del mundo y de sus propias condiciones de posibilidad. La razón científica, en suma, es un modo de pensamiento liberado, por las disposiciones correspondientes, de las preocupaciones y ocupaciones cotidianas; solo a condición de esta liberación puede el pensamiento asumir un único e inmóvil punto de vista: modo de pensamiento circunscrito a una perspectiva lineal que, utilizando marcos de referencia y lenguajes especializados, produce el orden y unifica el mundo en discursos desgajados de lo contingente y diverso del mundo; habitus, en síntesis, que permite asumir la postura necesaria para experimentar con el pensamiento, para elaborar hipótesis, para especular teóricamente, en donde la progresiva autonomía de los campos ocurre gracias a los lenguajes y marcos empleados para las respectivas objetivaciones del mundo.
En el campo de la razón científica, el distanciamiento del conocimiento con respecto al mundo cotidiano y al saber práctico fungirá como condición sine qua non es posible el orden y la linealidad; distanciamiento que, a juicio de Bourdieu, ocasionará un divorcio entre el intelecto y el cuerpo nunca antes visto en la historia del pensamiento. Detrás de todo ello yace el olvido de las condiciones sociales de posibilidad de esta mirada y la ignorancia, o mejor, la naturalización de ese olvido.{5} Todo esto configuró el surgimiento de la razón científica, un modo de pensamiento fragmentado en campos, "divisiones objetivas que convirtiéndose en divisiones mentales, funcionan de tal manera que hacen imposibles determinados pensamientos" (Bourdieu, 2000, p. 54).
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