“[…] La pobreza, la desigualdad de ingreso, propiedad y oportunidades, la marginación de amplios sectores de la población de los beneficios de la vida moderna y, entre otros, la ausencia de un verdadero régimen democrático político y social, constituyen factores objetivos determinantes para la consolidación y profundización del ambiente propicio a la reproducción de los diferentes frentes de guerra en Colombia[…] Una eventual resolución de apenas alguno de los frentes de guerra, y no de todos, resulta insuficiente para alcanzar la verdadera paz, que no es sino la construcción de una sociedad regida por una democracia política y social ”. (Luis Jorge Garay en el libro editado por Hernando Gómez Buendía, ¿Para dónde va Colombia?, Bogotá, febrero de 1999).
“Me parece y habría que decirlo, que la solución del conflicto armado no es ya el camino de paz para Colombia. Si nosotros pensamos en nuestra cultura de violencia y de muerte y todos estos otros factores, tendríamos que decir, el trabajo no sería solamente un diálogo, sino toda una educación para la paz ”. (Palabras de Monseñor Alberto Giraldo, en la Conferencia sobre Paz, en el marco del LVII Congreso Nacional de Cafeteros, diciembre 2 de 1999).
“La iglesia ha sido abanderada de esa idea de que la paz es no solamente arreglar el conflicto político […] Paralelo al acuerdo político tiene que haber un acuerdo sobre las reformas estructurales. Colombia no puede seguir siendo manejada de forma tan injusta […] El país tiene que entender que el proceso de paz no es simplemente hacer un acuerdo político con la insurgencia”. (Palabras de Fabio Valencia Cossio, entonces negociador del gobierno en el proceso de paz, publicadas en El Espectador, enero 31 de 2001).
“[…] La concepción nuestra de la paz no es tan simplista como pensar que la paz es solamente una firma de la paz con la guerrilla. Hay que hacer la paz con los desempleados, con el subdesarrollo, con la ignorancia”. (Palabras de Noemí Sanín, candidata a la presidencia de la república, publicadas en El Espectador, febrero 15 de 2001).
“Quisiera que pensáramos […] que el problema de la paz o de la guerra pudiéramos concebirlo como la oportunidad de cambio para todos y todas, y no como la oportunidad para la guerrilla y el gobierno […] Yo creo en la paz[…] Pero no es solamente la reconciliación con la insurgencia, no es solamente la reconciliación de la insurgencia con el Estado, es la reconciliación de todos los Colombianos y Colombianas”. (Intervención de Ana Teresa Bernal, Directora de Redepaz en el seminario Haciendo Paz, reunido en Cartagena, 9-11 de marzo de 2001).
“[…] Qué es la paz […] La paz no es firmar unos papeles […] La firma del papel no quiere decir nada si no hay un espíritu de paz y un espíritu de convivencia y una educación cívica y una preparación para el respeto al derecho ajeno y para cambiar el sistema sobre el cual está montada la sociedad Colombiana […]”. (Palabras de clausura de Carlos Lleras de la Fuente, entonces Director-Presidente de El Espectador en el seminario Haciendo Paz, Cartagena, 9-11 marzo de 2001).
“El sector privado comienza a apostarle a la paz[…] La negociación debe ser un proceso de refundación nacional, sin que se circunscriba meramente a la solución del conflicto armado”. (Eugenio Marulanda Gómez, Presidente de Confecámaras, “Los empresarios y la paz: hora de actuar”, El Espectador, marzo 21 de 2001).
“Ahora el nombre de la paz es el empleo[…] La paz no solo se logra derrotando a la violencia. El otro brazo desarmado pero igualmente nocivo contra la paz es la corrupción”. (Discurso de Juan Camilo Restrepo al aceptar su proclamación como candidato del Partido Conservador a la presidencia, enero de 2002).”
Antonio Navarro Wolf, por ejemplo, señaló recientemente que “la paz no es más que cambiar de métodos para la acción política, o sea cambiar balas por votos en busca del único objetivo de la política: el poder”.
Marco Palacios sugería una definición similar de paz “a la anglosajona”: “la ausencia de conflicto armado en la lucha por el poder”.
El expresidente César Gaviria ofreció también otra definición identificada con criterios mínimos: “la paz es la reincorporación de la guerrilla a un sistema político democrático y la dejación de las armas”. {26} [todas las cursivas son del original].
Si se observa con atención, encontramos que a pesar del origen diverso de las opiniones: políticos, académicos, curas y guerrilleros coinciden en reconocer que el cese al fuego o el fin de la confrontación armada no son suficientes para alcanzar la paz en Colombia. Mientras los prelados hablan de una paz con adjetivo, sea “integral”, con “justicia social” o hasta “espiritual”; llama la atención que los otros, quienes representan al llamado establecimiento, plantean la necesidad de “un modelo de país que queremos”, “construir una nueva Colombia”, “construcción de una sociedad”, “cambiar el sistema” y “un proceso de refundación nacional”, como clara demostración de la inconformidad que ellos mismos tienen ante el actual estado de cosas. Sobresale su aceptación de la falta de garantías sociales y políticas, expresión de un modelo débil de democracia, de la cual son sus principales beneficiarios. Lo que en líneas generales confirma el grado de conciencia al que se ha llegado, con el reconocimiento explícito de que mientras no se aborden las causas generadoras del conflicto, su persistencia o reactivación es cuestión de poco tiempo.
Sin embargo, estas opiniones no se plasman en un acuerdo duradero de paz. La razón es que hay un doble lenguaje. Todos quieren la paz, en todos “sobra” voluntad de paz y buenas intenciones. Pero en el seguimiento histórico de quienes opinan, no es difícil reconocer, como lo repetía en una conferencia en la UNAM, en 2002, el exguerrillero, excandidato presidencial y exministro Antonio Navarro Wolf, que lo que les falta es voluntad de cambio. Un cambio que se paga, que no es gratis, porque están en juego los intereses económicos y políticos que representan. Es decir, que cuando estos voceros hablan de paz lo hacen desde una perspectiva ideal, no pragmática, para conmover al auditorio. Pero es un discurso vacío, muerto. De ahí, las dificultades en las mesas de diálogo o negociación. Un grave problema cuando la retórica supera a la realidad objetiva de la violencia.
Otro hecho para resaltar, las definiciones enumeradas reflejan una particularidad y es que Raúl Reyes, Joaquín Gómez y en su pasado Navarro Wolf, a quienes se les puede tipificar como “autores materiales” del conflicto, son de origen rural o marginados de las estructuras del poder central. Los demás son expresidentes del país, jerarcas de la Iglesia católica o políticos profesionales, todos de origen urbano y de una clase alta que los distancia de los lugares más conflictivos en Colombia. Para estos últimos, el conflicto armado es distante, marginal y no afecta de forma sensible su vida diaria.{27} Su influencia en el conflicto semanifiesta en diverso grado en la organización estratégica, como una especie de “autores intelectuales” de este.
Dos perspectivas de la percepción del conflicto: por un lado, los involucrados de manera directa saben que está en juego su propia vida y el margen de espera es mínimo, sus condiciones de vida actuales son precarias y la paz que exigen es inmediata. Por el otro, para los otros, la paz pueda esperar. Además de que su vida no está en peligro latente, sus condiciones de vida no solo son aceptables sino confortables y, por sobre todo, las vidas que están en juego son ajenas.{28}
En general existe una dicotomía entre la opinión que considera que hay que terminar con la confrontación armada y luego hacer las transformaciones que necesita el país y la que considera que antes de superar el conflicto armado se deben implementar cambios de fondo en las estructuras arcaicas de dominación económica y política. Sin llegar a antagonismo extremos, el único camino posible es la combinación de una reducción gradual y paralela de la confrontación armada, con la implementación de medidas que lleguen al fondo de las causas generadoras del conflicto. Es decir, una sumatoria entre el fin de la lucha armada, reduciendo al mínimo su secuela de violencia, y el comienzo de las profundas transformaciones, casi todas de carácter estructural, que demanda Colombia.
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