Aunque cada vez estaba más ocupado, siempre procuraba sacar unas horas para la lectura y los proyectos literarios. Así, conseguí finalizar El jardín de los frailes , evocación de experiencias juveniles que me removió hasta los poros . Las palabras de aliento de Besteiro, Salinas y Guillén me animaron a investigar la obra de Juan Valera, con quien tanto me identificaba, que resultaría galardonada en 1926 con el premio nacional de Literatura.
Por aquel tiempo comencé a interesarme por Lola, hermana de mi amigo Cipriano. Siempre me había parecido una chiquilla, dada la considerable diferencia de edad que había entre nosotros, pero de pronto, casi sin advertirlo, se convirtió en una mujer atractiva. Cuando iba a recoger a su hermano sentía la necesidad de encontrarme con ella, de llamar su atención, de cruzar unas palabras... Me gustaban sus ojos, su sonrisa, su dulzura... Lola entró un día en mi corazón y se convirtió en la protagonista de mis sueños, pero ¿podía mantener una relación seria con ella? ¿O era tan sólo una tentación quimérica? ¿La diferencia de edad constituía un problema insalvable? ¿Cómo se lo explicaba a Cipriano? La razón y el corazón libraron un duro combate, pero al final el amor superó los obstáculos que se interponían entre nosotros. En la fiesta de carnaval de 1928 Ricardo Baroja organizó un baile de disfraces. Yo acudí, haciendo un alarde de ironía, vestido de cardenal y Lola de damisela del Segundo Imperio. Durante un rato estuvimos conversando discretamente separados de los demás, aunque todos se dieron cuenta de mi interés por ella. Lola estaba guapísima, radiante, atractiva. Mi corazón ansioso y quimérico se convirtió en un volcán de ternura. Una tarde, cuando estaba con Cipriano en el Ateneo, decidí plantearle el asunto que me quitaba el sueño.
—¿Crees que debería casarme?
La pregunta le extrañó mucho, quedándose paralizado, sin saber qué contestarme.
—No se trata de un matrimonio por interés —añadí—, sino de algo serio...
—¿Ah sí? —exclamó sorprendido— ¿Y quién es la afortunada?
—Lola, tu hermana —afirmé, mirándole fijamente a los ojos para ver cómo reaccionaba.
—¿Lola? —contestó sin esperarlo.
—Sí, ella...
Afortunadamente Cipriano comprendió mis razones y apoyó la relación. Mi cuñado Ramón Laguardia, teniente coronel de Caballería, pidió formalmente a Matías Rivas Cuadrillero la mano de su hija. La boda se celebró el 27 de febrero de 1929 en la madrileña iglesia de los Jerónimos.
—Ya que hay que casarse —comenté a Giral bromeando—, ¡por lo grande!
Nunca imaginé que me pondría tan nervioso. Amós Salvador, Pío Ballesteros y Cipriano actuaron como testigos. Concluida la ceremonia, nos desplazamos a un céntrico hotel para celebrar el enlace con los familiares y amigos.
A comienzos de los años 30 me sentí arrastrado por un fuerte vendaval político que condicionó toda mi vida. Tras la caída del general Primo de Rivera se desencadenó un imparable proceso de cambio. En el Ateneo de Madrid, en el restaurante Patria de Barcelona y en la plaza de toros de Madrid expliqué mi proyecto de coalición entre la inteligencia y el trabajo, entre republicanos y socialistas, para alumbrar la República de todos los españoles. La República — afirmé — no será el régimen de un partido..., será un régimen nacional... Todos cabemos en la República, a nadie se proscribe por sus ideas, pero la República será republicana, es decir, pensada y gobernada por republicanos, nuevos o viejos, que admiten la doctrina que funda el Estado en la libertad de conciencia, en la igualdad ante la ley, en la discusión libre, en el predominio de la voluntad de la mayoría, libremente expresada. La República será democrática, o no será... Prometemos paz y libertad, justicia y buen gobierno.
El 17 de agosto de 1930 las organizaciones que impulsábamos el cambio suscribimos el Pacto de San Sebastián con el objetivo de promover un amplio movimiento popular integrado por los conservadores católicos, los liberales y los socialistas para instaurar el nuevo régimen republicano. La incorporación de la Derecha Liberal Republicana de Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura amplió la base social de nuestro proyecto.
A iniciativa de Valle Inclán, Pérez Ayala y Marañón resulté elegido Presidente del Ateneo de Madrid. La institución, tras los obstáculos impuestos por la dictadura, parecía una grillera , pero pronto recuperó su mejor nivel de actividad. Dadas las circunstancias, se convirtió en el centro de las movilizaciones republicanas, acogiendo las reuniones que manteníamos con los intelectuales, los militares y los políticos. Alcalá Zamora y yo nos ocupamos de negociar la incorporación del PSOE y la UGT al comité revolucionario. Las discusiones fueron muy complejas, pero, finalmente, conseguimos integrarlos en el pacto fundacional de la República. El comité revolucionario acordó la formación del Gobierno provisional para hacerse cargo del poder en cuanto fuera posible. Alcalá Zamora fue designado presidente, Lerroux ministro de Estado y yo ministro de la Guerra.
El 12 de diciembre los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández proclamaron en Jaca el Gobierno Provisional de la República. La UGT secundó la insurrección, convocando una huelga general. Dos columnas militares partieron hacia Huesca, pero fueron dominadas por las fuerzas gubernamentales. Cuando escuché desde mi despacho el ruido de los tranvías madrileños comprendí que el movimiento había fracasado. Alcalá Zamora, Maura, Albornoz y Casares fueron encarcelados, pero yo me libré escondiéndome en la casa de mi suegro. Los capitanes Galán y García Hernández fueron condenados en un juicio sumarísimo a la pena de muerte. Alfonso XIII cometió el disparate de no concederles el indulto, convirtiéndolos en los primeros mártires de la causa republicana. La hostilidad contra la monarquía se extendió por toda España.
En aquel agitado ambiente, las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 se transformaron en un plebiscito entre la Monarquía y la República, que ganamos en casi todas las capitales de provincia. Alfonso XIII, reconociendo el significado de las urnas, abandonó España. Realmente la monarquía había sido derrotada por los propios monárquicos, incapaces de impulsar los cambios demandados por los españoles. Por eso la tarde del 14 de abril, cuando Niceto Alcalá Zamora proclamó la República, la ciudadanía se echó a la calle entusiasmada, vislumbrando que se había despejado el camino hacia una España más moderna y solidaria.
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