La caravana, que yo antes llamaba Lata de Sardinas, tenía espacio más que suficiente para mí y para nuestra madre, pero me parecía demasiado grande y vacía con las sombras de la noche y sin que Flama durmiera junto a mí. Las primeras veces que nuestra madre salió, me colé en la jaula y me acurruqué junto a Flama en el nido que el cuerpo de Oso creaba a nuestro alrededor. Pero Oso y Flama habían estrechado mucho su relación mientras yo no estaba, y me sentí como una intrusa allí con ellos. Me dije que había provocado que Flama se sintiera tan sola que tuviera que reemplazarme. Después de eso, volví a la caravana, pero nunca la consideré de nuevo el mismo hogar que había dejado atrás, estuviera allí nuestra madre o no.
Ella siempre decía que nuestro hogar está donde vaya el circo, pero yo no estoy tan segura.
Puede que nuestra madre se parezca más a Flama que a mí. De las tres, yo soy la única que quiere tener los pies en el suelo.
Flama

La primera vez
que salí al escenario,
vi la luz;
noté el aire y los aplausos.
Salté con una filigrana
bajo el foco resplandeciente.
El público admiró a la chica
que lo daba todo.
Perseguí ese brillo
más y más rápido hasta
una cumbre albina que,
al alzar los brazos,
me quemó,
perdí el equilibrio
y me quedé
cegada…
Nívea vio el traspiés
y supo lo que pasaba.
Salió al escenario,
directa hacia esa luz
que siempre evitaba,
por mí. Me ayudó
a volver dentro,
a la oscuridad segura,
con suavidad. Se quedó
allí conmigo,
con nuestro aliento
acompasado,
ayudándome a respirar
como una boya en el océano.
Nívea

La coronación del rey Finnian ocurrió cuando Flama y yo éramos pequeñas. Fue él quien declaró que Esting ya no tendría religión oficial. El nuevo rey era muy idealista y, en su primer acto como soberano, también otorgó la independencia a la mágica tierra de Feeria, que hasta entonces había sido una colonia de Esting.
No obstante, ni la independencia de Feeria ni la expulsión de la Hermandad religiosa de la corte tuvieron el efecto deseado. Por ley, Esting ya no discriminaba a las hadas, pero muchos de sus habitantes sí que lo hacían, y algunos miembros de la Hermandad se habían radicalizado al perder su poder oficial. Había sacerdotes por todas partes, desde los rincones de las calles hasta carruajes abiertos, que instaban al pueblo a volver la espalda a la magia feérica y a cualquier tipo de ilusionismo en favor de la verdad de la luz del Señor. Abrieron Templos de Iluminación por toda la capital de Esting donde ofrecían ayuda a los pobres y desamparados… a cambio de que se convirtieran. Y todo lo que la Hermandad considerara un engaño, desde la magia feérica hasta las ilusiones del teatro o el circo, lo etiquetaban rápidamente como pecado y se manifestaban en contra de ello.
El Circo de la Rosa soportó muchas protestas a través de los años, pero nuestra madre pocas veces comentaba los problemas que ocurrían en el exterior de la carpa. Prefería ignorar los sermones, las oraciones y a los hombres que demandaban nuestro arrepentimiento, como si así fuera capaz de hacerlos desaparecer.
Lo cierto es que, la mayor parte de las veces, su táctica parecía tener éxito. Su espectáculo no podía competir contra el nuestro.
Y entonces, la noche en que Flama pasó de bailar a realizar su primer número en la cuerda floja, uno de los hombres se hartó de gritar desde fuera e irrumpió en la carpa. Justo cuando Flama acababa de aterrizar y el estruendo de los aplausos que la acunaban empezaba a apagarse, el hombre entró como una tromba con su libro en mano, se plantó ante ella y le exigió que reflexionara sobre sus pecados.
Hasta entonces, Flama nunca me había parecido tan pequeña como en aquel momento; la sombra del sacerdote se alzaba sobre ella, con el rostro enrojecido, tapándole la visión del público mientras gesticulaba. Ella no mostraba ninguna expresión y dio un traspiés al intentar alejarse del hombre. Él se volvió a acercar.
Los otros tramoyistas salieron al escenario para apartarlo de allí y nuestra madre desplegó una distracción para el público, un número cómico que ridiculizara la cólera del hombre, pero Flama seguía allí paralizada.
Yo salí corriendo a por ella, aunque odiaba estar al otro lado de los focos. Ella se apoyó en mí mientras la llevaba casi a rastras entre bastidores, donde reinaban la oscuridad y la paz. Oso estaba sentado tranquilamente entre el atrezo, esperando el número final, pero se levantó en cuanto nos vio. La llevé hasta él, la acomodé entre sus patas y yo misma me acurruqué allí también. La abrazamos entre los dos, esperando.
Flama

Y ahora, con ustedes,
el espectáculo regresa…

Nívea

—No hay nada que una más a la familia que el póker con cartas de tarot.
Nuestra madre nos sonrió desde el otro lado del círculo, acariciándose la barba. A mi izquierda, Vera soltó una risotada:
—Calla ya y reparte.
Nuestra madre sacudió la cabeza y barajó con desgana.
—Es que no nos juntamos todos casi nunca. Me hace ilusión.
—¿Que no? ¡Si llevamos viajando un mes! Pienso darles las gracias a mis dioses y a los tuyos cuando desembarquemos solo porque os perderé de vista un poco. ¿Sabes de lo que tengo más ganas? De un vaso de cerveza negra de Puerto del Cabo.
—Y un chuletón bien grande y jugoso —añadió Toro—. No quiero volver a ver ni pescado ni biscotes durante el resto de mi vida.
Su pipa expulsó una nube de humo que se enroscó a su alrededor como las plumas del tocado de una bailarina. Tam, el hada ilusionista que acabábamos de contratar, había encantado el humo para que no se saliera de un estrecho radio alrededor de la cabeza de Toro y nos hiciera toser a todos; la sala común del dirigible ya estaba lo suficientemente abarrotada y esa noche todos los conductos de ventilación estaban cerrados a causa del mal tiempo. Habíamos sobrevolado una tormenta con muy mala pinta antes del atardecer, pero el aire que corría por encima de las nubes, aunque despejado, también estaba helado.
Al inicio del viaje había sido raro ver a tantos artistas no solo sin disfraces, sino completamente apelotonados para combatir el frío. A la mayoría les encantaba lucirse, formaran parte de un espectáculo o no.
Ahora todos llevábamos puestos nuestros abrigos más gruesos. Nuestra madre no había alquilado un dirigible de primera clase precisamente, y uno de los muchos lujos que le faltaban era la calefacción.
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