Betsy Cornwell - El Circo de la Rosa

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Nívea y Flama han nacido de la misma madre y todo lo que conocen es el
circo. Nívea tiene el pelo blanco como la nieve, y Flama, rojo como el fuego. De la autora superventas del New York Times llega un
retelling del cuento
Blancanieves y Rojaflor, de los hermanos Grimm, en el que
dos hermanas adolescentes deben enfrentarse a extremistas religiosos en un mundo de inspiración
steampunk para salvar a la familia que las ha criado. El Circo de la Rosa mezcla
prosa y poesía para recrear el mundo de Esting con una ambientación envolvente e inolvidable. Contiene representación lésbica, trans, bisexual y NB. «Esta exploración creativa de los temas de la familia que elegimos, el autoconocimiento, el amor y la tensión entre los opuestos es tan actual como imperecedera. Impresionante.» Kirkus

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El circo se había instalado en la capital de Esting, pero nuestra madre tuvo que cancelar algunas actuaciones a causa de unos manifestantes religiosos que bloquearon la taquilla después de la noche inaugural. Cuando nos contó la historia después, no estaba muy claro qué aspecto concreto del circo les ofendía tanto, pero cuando nuestra madre y Vera salieron a hablarlo con ellos, llegaron a las manos rápidamente.

Nadie nos contó nunca a Flama y a mí lo que pasó exactamente, pero, al parecer, un sacerdote de la Hermandad agarró a nuestra madre de la barba y le…

Sigo sin saber qué le hizo. Nadie ha querido contármelo.

Un hombre enorme que estaba en la cola de la taquilla se interpuso entre nuestra madre y el sacerdote y, como este seguía sin soltarla, sacó un cuchillo y la liberó.

El hombre se llamaba Poma.

—La barba tardó meses en volverme a crecer —decía siempre nuestra madre—. Solo le perdoné porque quién sabe qué más habría perdido si no llega a estar allí… y por todo lo que ha hecho por nosotros desde entonces, claro.

Poma siempre bajaba la mirada cuando ella, o quien fuera, lo elogiaba, para ocultar su sonrisa y sus mejillas sonrojadas. Fue la primera persona que conocí, aparte de mí, que era discreta. ¿Acaso no era eso peculiar en un circo?

Poma era carpintero. Se ofreció a ayudar a nuestra madre y a Vera a reparar la taquilla, que había quedado dañada a raíz de las protestas.

Cuando el circo se fue de la ciudad, se vino con nosotros; decía que no había nada que le retuviera en casa. Pasó a ser el regidor y encargado de un equipo técnico que iba creciendo lentamente junto al plantel de artistas de nuestra madre.

Yo admiraba su fuerza silenciosa y su timidez. Empecé a seguirlo entre bastidores en cuanto tuve la edad suficiente para no meterme en líos, que llegó antes para mí que para Flama. Observaba cómo él, junto al equipo, construía los decorados y manejaba las cuerdas; y aprendí a ayudarles.

Quería construir cosas y permanecer entre las sombras, como Poma. Creo que fue la primera vez que vi a alguien que realmente brillaba al otro lado de los focos.

Flama

Mamá fundó el circo sin nosotras o eso creyó Dos perlas que pronto serían - фото 6

Mamá fundó

el circo

sin nosotras,

o eso creyó.

Dos perlas,

que pronto serían niñas,

detuvieron los ciclos

dentro de ella

mientras esperábamos

a salir a escena.

Mamá, sola,

sin sus dos amantes ya,

encontró un sueño nuevo

al que dedicar su afecto:

un circo, una profesión

y una vida.

Primero contrató

a Vera: la forzuda

de la parada

donde ambas trabajaban

como chicas de paso.

Al crecer, sus vidas

las separaron.

Pero Vera siempre

dice que ni el tiempo,

ni la distancia,

afectan al corazón

de los amigos de verdad.

El suyo recordó,

inmediatamente,

a mamá.

(Y su nombre, además,

por si no lo saben,

significa «verdadera»).

Este circo de rosas

tuvo un gran comienzo:

una mujer barbuda y otra

capaz de tumbar,

sin esfuerzo alguno,

a todo el que se propusiera.

Para cuando supo

que estábamos ahí,

mamá ya contaba

con Vera y con Toro:

el ingenioso payaso

cuyo talento

con los números

lo sobrepasaba todo.

El negocio nació

junto a nosotras:

fuimos trillizos.

Y en el estandarte nació

una flor roja

como el fuego de mi nombre:

el circo.

Se parecía más a mí

que a Nívea,

la hermana callada

que piensa siempre

en línea

recta.

Nívea

Con catorce años la misma edad que tenía nuestra madre cuando se escapó de - фото 7

Con catorce años, la misma edad que tenía nuestra madre cuando se escapó de casa para unirse al circo, ella me dejó inscribirme en la Academia Femenina de Ingeniería Lampton, a las afueras de la capital de Esting. Desde que fui lo suficientemente mayor para controlar las manos, me dedicaba a desmantelar cosas para ver cómo funcionaban, y esa academia recibía a chicas de todas las edades para que aprendieran el funcionamiento de las máquinas por cuenta propia. Yo había soñado con ser ingeniera toda mi vida, y la historia de Nicolette Lampton —Mecánica, la niña inventora que le había robado el corazón al rey, pero decidió fundar la Academia Lampton en lugar de convertirse en reina— me había cautivado desde que la escuché por primera vez.

En el circo, lo importante es la ilusión y la capacidad de maravillar; la gente hace cola para ver lo imposible. Casi todo el público de un circo busca que lo maravillen.

Para mí, eso solo es el principio. Lo único que las ilusiones consiguen es motivarme a descubrir los porqués y los cómos.

Deseaba muchísimo ir a Lampton, pero me aterraba dejar el circo atrás. Sin embargo, debía admitir que el circo me resultaba algo agobiante. Había gente alrededor constantemente: artistas, equipo técnico, público, público y más público, y el hecho de que nuestra madre considerara como de la familia a todos. Nuestra madre tenía afecto para todo el mundo en su corazón, incluido hasta el más recóndito miembro del público. Los quería desde el momento en que entraban en la feria o pasaban bajo la carpa. A veces se me ocurría que el corazón de nuestra madre era como el cartel que anunciaba todos los espectáculos, pero me decía a mí misma que Flama y yo sin duda éramos los números principales en él.

Cuando me fui a la academia, por primera vez quise ser el número principal de mi propia vida.

Flama y yo habíamos compartido cada segundo de nuestras vidas con el Circo de la Rosa al completo y, por supuesto, con nosotras mismas. Yo no tenía ni idea de cómo sería en soledad: no una melliza, ni una hija, ni parte de un equipo.

Solo Nívea, sin más.

Pero lo cierto es que ni siquiera mi nombre es solo mío: es un dueto con el de mi hermana.

Nívea y Flama, en honor al color de nuestro pelo cuando nacimos.

Yo llegué primero y apenas lloré; tenía una nubecita retorcida blanca en la cabeza y una mirada muy seria.

Flama vino dos minutos después, presa de un llanto tan intenso que habría sido capaz de romper cristales, con un pelo rojo tan brillante que nuestra madre creyó que se trataba de más sangre a causa del parto.

Esos dos minutos fueron los únicos que Flama y yo pasamos solas. Yo me dediqué a pensar y ella a temblar de miedo.

Eso resume bastante bien lo que opinamos cada una de la soledad.

Nuestra madre había querido llamar al bebé, fuera niño o niña, Rosa, en honor al circo que estaba orgullosa de haber fundado. No se esperaba dos bebés. Sin embargo, en cuanto nos vio, se imaginó maravillada el número doble que protagonizaríamos y hasta cómo serían los carteles.

Escogió nuestros nombres del mismo modo que si nos hubiéramos presentado ante ella para proponerle un espectáculo: nos puso nombres que atrajeran al público. Dibujó un símbolo de igual entre nuestros nombres que representaba nuestra semejanza, al mismo tiempo que destacaba nuestras diferencias.

Nívea, la del pelo blanco, y Flama, la del pelo rojo: tranquila y amable una, fogosa y luminosa la otra.

Blancanieves. Rojaflor.

Somos distintas. Somos iguales.

Yo soñaba con ser libre y, al mismo tiempo, me aterrorizaba.

No obstante, cuando con catorce años me vi ante la puerta de la Academia de Ingeniería de la mano de nuestra madre, un contacto que no volvería a darse hasta que terminara el curso, sentí algo que nunca antes había sentido.

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