Betsy Cornwell - El Circo de la Rosa

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Nívea y Flama han nacido de la misma madre y todo lo que conocen es el
circo. Nívea tiene el pelo blanco como la nieve, y Flama, rojo como el fuego. De la autora superventas del New York Times llega un
retelling del cuento
Blancanieves y Rojaflor, de los hermanos Grimm, en el que
dos hermanas adolescentes deben enfrentarse a extremistas religiosos en un mundo de inspiración
steampunk para salvar a la familia que las ha criado. El Circo de la Rosa mezcla
prosa y poesía para recrear el mundo de Esting con una ambientación envolvente e inolvidable. Contiene representación lésbica, trans, bisexual y NB. «Esta exploración creativa de los temas de la familia que elegimos, el autoconocimiento, el amor y la tensión entre los opuestos es tan actual como imperecedera. Impresionante.» Kirkus

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Supe lo que significaría dejar a mi familia y me sentí culpable: por supuesto, por dejar a nuestra madre, pero sobre todo por dejar a Flama.

En realidad, Flama nunca ha tenido las cosas fáciles, a pesar del gozo que le causa actuar: si se expone demasiado a toda la luz y los sonidos que le encantan, al brillo, al ruido o a cualquier cosa que se incruste en sus sentidos durante demasiado tiempo, termina sobrepasada y su mente es presa del pánico. Retrae sus pensamientos en un bucle infinito hasta que no es capaz de hablar y tampoco es capaz de comprender ni una sola cosa que se le dice.

La única cura para Flama, cuando la vida la sobrepasa y se paraliza, es irse a un lugar oscuro y tranquilo y descansar durante un largo tiempo, tal vez durante horas, junto a alguien querido. Nunca en soledad.

Desde el día que nacimos, yo fui esa persona. Puede que incluso desde antes de nacer: después de todo, compartimos un vientre antes de existir. Yo siempre fui la experta en conseguir que Flama regresara al mundo, en tumbarme junto a ella en la oscuridad sin moverme, paciente y respirando con una lentitud tal que ella terminaba por acompasar su respiración con la mía.

Por lo menos, fui la experta hasta que llegó Oso.

Flama Oso vino del norte Nívea y yo éramos pequeñas de mofletes suaves y - фото 8

Flama

Oso vino del norte Nívea y yo éramos pequeñas de mofletes suaves y - фото 9

Oso

vino

del norte.

Nívea y yo

éramos pequeñas;

de mofletes suaves

y barrigotas,

tan pequeñas que aún

nadie pensaba en nosotras

por separado.

Éramos «las niñas»;

«las mellizas»; dos retoños

de siete veranos

en una sola rama.

Nívea no fue más

que otra yo

hasta que una bestia

apareció

con la helada.

Al borde de la lumbre

del campamento,

Oso se irguió.

La compañía

al completo

echó a correr.

Incluso Nívea y mamá

quisieron arrastrarme

de un tirón.

Pero yo,

solo yo,

no me quise mover.

Desde la hoguera,

le hice una reverencia

con timidez.

Oso se inclinó también.

Le ofrecí

mi mano infantil.

Oso la tomó

entre sus zarpas

y la besó.

Se oyeron susurros

entre las sombras colindantes

y aplausos fascinados.

Mamá exclamó:

«¡Pero si está domado!

Justo lo que el Circo

de la Rosa necesita».

Y desde entonces,

Oso baila o hace de bestia

en todos nuestros números;

aunque, por supuesto,

los que hacemos en pareja, esos

son los mejores.

Guardo en mi corazón

la primera vez que vi a Oso:

su figura enorme y cálida,

oscura como el chocolate,

frondosa y dulce.

Un abrazo poderoso,

el pelo hecho

madriguera.

Un cuerpo que,

de inmediato,

fue mi hogar,

aunque tuve claro

que no lo era

para ella.

Nívea

Flama solía fabricar coronas de papel para Oso con los antiguos panfletos del - фото 10

Flama solía fabricar coronas de papel para Oso con los antiguos panfletos del circo. Se las ponía en la cabeza con mucho cuidado y luego lloraba cuando apartaba las manos y la corona se caía.

Hacía una corona nueva cada noche, que recortaba mientras hacía sus estiramientos, las piernas abiertas a su espalda mientras manejaba las tijeras. La enorme silueta de Oso formaba una luna creciente marrón detrás de Flama. Cuando nos acostábamos, Oso se metía en su jaula, pero aquello no era más que un modo de mantener las apariencias, ya que Oso sabía abrir la cerradura. Ese era un secreto que solo conocíamos unos cuantos, pero todo el mundo que pasaba más de un mes en el circo sabía que Oso nos quería mucho.

Yo observaba a Flama y a Oso todas las noches desde el otro lado de la hoguera, hasta que, una noche, no pude soportarlo más. Teníamos nueve años y el circo pasaba el invierno en Sudland, donde no nevaba nunca. Las caravanas y tiendas de campaña estaban vacías; todos dormíamos al aire libre siempre que íbamos al sur. Me levanté y crucé a pisotones la arena caliente.

Vera apartó la mirada de los dos amantes que tenía en aquel momento para girarse hacia mí; los demás artistas y el resto del equipo estaban disfrutando de su tiempo libre y no prestaron atención.

—¡Déjame uno! —dije mientras le arrebataba las tijeras a Flama y cogía otro panfleto del montón que acababa de salir de la imprenta portátil de Toro.

—¡Oye! —protestó Toro, pero le dirigí la sonrisa más cándida y triste que pude (esa que, según nuestra madre, demuestra que tengo sangre de artista después de todo) y él respondió con una sonrisa torcida—. Pero solo uno, ¿eh? —Suspiró mientras volvía a su imprenta.

—Solo me hace falta uno —le aseguré, con la esperanza de que fuera verdad.

Me paré a pensar mientras trazaba líneas y figuras en mi mente, y después doblé el papel por la mitad, luego en un tercio y, por último, lo volví a doblar por la mitad. Observé a Oso para medir la anchura de su cabeza y corté el centro del papel; luego recorté con cuidado algunas ranuras y otras formas a los lados.

—Mira, Flama —dije.

Tiré de los dobleces con toda la teatralidad de la que fui capaz. Probablemente no surtiera un gran efecto dramático (por mucho que nuestra madre insistiera, el espectáculo no era lo mío), pero por suerte mi trabajo suplió con creces la capacidad de maravillar.

Era una corona muy elaborada, con joyas y estrellas creadas a partir del espacio negativo entre los picos y osos que retozaban entre las joyas.

Flama soltó un gritito fervoroso, propio de un público maravillado.

—¡Ay, Nívea, es perfecta!

Levantó la corona con sus manos fuertes y callosas —ya tenía manos de acróbata incluso entonces— y la colocó con delicadeza sobre la cabeza de Oso. Cuando Flama se alejó, la corona no se movió, tal y como yo pensaba. Al doblar el papel de una forma uniforme, había conseguido crear un diseño perfectamente simétrico.

—Ahora sí que es la princesa perfecta —dijo Flama, muy satisfecha.

Yo fruncí el ceño.

—Si acaso, el príncipe —le dije—. Oso es un chico.

Flama escrutó a Oso con la mirada durante un rato.

—Oso es una princesa. Está claro.

Y le hizo la misma reverencia recargada que ofrecía al público del circo. Oso se levantó del suelo y cambió su enorme cuerpo de postura para responder educadamente al gesto.

Flama asintió con la cabeza, decidida, como si aquello hubiera zanjado el asunto.

—Está clarísimo.

Eso me irritó por razones que llevaban un tiempo molestándome, pero que, con solo nueve años, no era capaz de articular correctamente.

—A ver, Flama, no puedes… Esto no es el escenario. Allí es donde se dicen cosas que no son verdad, pero aquí, fuera de la carpa, las cosas son distintas. Ahora no estamos actuando. Nosotros somos reales.

Nuestra madre me decía eso todas las noches, después de que Flama se hubiera quedado dormida con el cuento que fuera, mientras me arropaba y charlábamos las dos solas. Yo no era capaz de quedarme dormida solo con los cuentos; necesitaba hablar en serio sobre cosas que sabía que eran de verdad. Sobre hechos comprobados: cuánto habían tardado en desmontar las tiendas, cuántas entradas se habían vendido o cualquier otra cosa que hubiera inquietado a mi sobrio corazoncito durante el día.

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