Nuestro texto presenta una paradoja tal, que resulta evidente que ninguna mente carnal la inventó. ¿Puede alguien que ha sido traído a la unión vital con Él, que es el Pan de Vida y en quien habita toda la plenitud, ser hallado todavía hambriento y sediento? Sí, tal es la experiencia del corazón renovado. Fíjese cuidadosamente en el tiempo del verbo: no es “Bienaventurados los que han tenido hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”, sino “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. ¿Tiene ud., querido lector, hambre y sed de justicia? ¿O está contento con sus logros y satisfecho con su condición? Tener hambre y sed de justicia siempre ha sido la experiencia de los verdaderos santos de Dios (Filipenses 3:8-14).
“Ellos serán saciados”. Como la primera parte de nuestro texto, esto también tiene un cumplimiento doble, tanto inicial como continuo. Cuando Dios crea un hambre y una sed en el alma, es para que Él pueda satisfacerlas. Cuando al pobre pecador se le hace sentir su necesidad de Cristo es con el fin de que pueda ser atraído a Él y llevado a abrazarlo como su única justicia ante un Dios santo. Él se deleita de confesar a Cristo como su nueva justicia encontrada y de glorificarse únicamente en Él (1 Corintios 1:30, 31). Tal persona, a quien ahora Dios llama un “santo” (1 Corintios 1:2; 2 Corintios 1:1; Efesios 1:1; Filipenses 1:1), ha de experimentar una llenura constante: no con vino, en lo cual hay disolución, antes bien con el Espíritu (Efesios 5:18). Él ha de ser llenado con la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4:7).
Nosotros, quienes confiamos en la justicia de Cristo seremos llenados algún día con la bendición divina sin ningún ingrediente de tristeza; seremos llenados con alabanza y acción de gracias para Él, quien produce toda obra de amor y obediencia en nosotros (Filipenses 2:12, 13) como el fruto visible de Su obra salvadora en y para nosotros. En este mundo, “A los hambrientos colmó de bienes” (Lucas 1:53) como este mundo no puede darles ni retener de aquellos que “buscan a Jehová” (Salmo 34:10). Él otorga tal bondad y misericordia sobre nosotros que somos las ovejas de Su pasto, que nuestras copas rebosan (Salmo 23:5, 6). Aun así todo lo que disfrutamos en el presente no es más que un mero anticipo de todo lo que nuestro “Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9). En el estado eterno, seremos llenados con una santidad perfecta, ya que “seremos semejantes a él” (1 Juan 3:2). Entonces, no tendremos que lidiar con el pecado nunca más. Entonces, “ nunca más tendremos ni hambre ni sed”.
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