De este modo, la pobreza de espíritu, que es una conciencia de la necesidad y del vacío propio, es el resultado de la obra del Espíritu Santo en el corazón humano. Se deriva del doloroso descubrimiento de que todas mis justicias son trapos de inmundicia (Isaías 64:6). A esto le sigue el hecho de darme cuenta de que mis mejores comportamientos son inaceptables (sí, son una abominación) para Aquel que es tres veces santo. De esta manera, el que es pobre en espíritu se da cuenta de que es un pecador que merece ir al infierno.
La pobreza de espíritu puede ser vista como el lado negativo de la fe. Es aquella comprensión de nuestra total falta de valor la que precede a tomarnos de Cristo por la fe, comer espiritualmente Su carne y beber de Su sangre (Juan 6:48-58). Es la obra del Espíritu vaciando el corazón de nuestro ego, para que Cristo pueda llenarlo. Es un sentido de necesidad y de destitución. La primera Bienaventuranza, por lo tanto, es fundacional, describe un rasgo fundamental que se encuentra en toda alma regenerada. Aquel que es pobre en espíritu no es nada ante sus propios ojos, y siente que el lugar que le corresponde es estar en la tierra ante Dios. Podría ser que, a través de la falsa mundanería, él dejara ese lugar, abandonara aquel lugar, pero Dios sabe cómo traerlo de regreso. Y en Su fidelidad y amor Él lo hará, ya que el lugar de la humillación propia ante Dios es el lugar de bendición para Sus hijos. Cómo cultivar este espíritu que honra a Dios está revelado por el Señor Jesús en Mateo 11:29.
Aquel que está en posesión de esta pobreza de espíritu es declarado bienaventurado: porque ahora tiene una disposición que es totalmente contraria a la que tenía por naturaleza; porque posee la primera evidencia segura de que una obra de gracia divina ha sido forjada en él; porque tal espíritu provoca que mire fuera de sí mismo en búsqueda de un verdadero enriquecimiento; porque es un heredero del Reino de los cielos.
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La Primera Bienaventuranza
“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.” (Mateo 5:3)
Es, en efecto, bienaventurado resaltar cómo se da inicio a este sermón. Cristo no comenzó pronunciando maldiciones sobre los malvados, sino que comenzó pronunciando bendiciones sobre Su pueblo. Cuán propio de Dios fue esto, para quien el juicio es una obra extraña (Isaías 28:21, 22; cf. Juan 1:17). Pero cuán extraña es la siguiente palabra: “bienaventurados” o “dichosos” son los pobres —“los pobres en espíritu”. ¿Quién, en forma previa, se había referido a ellos como los bienaventurados de la tierra? ¿Y quién, fuera de los creyentes, hace esto hoy en día? Y cuánto definen estas palabras de inicio la tónica de toda la posterior enseñanza de Cristo: lo más importante no es lo que el hombre hace, sino lo que es.
“ Bienaventurados los pobres en espíritu .” ¿Qué es la pobreza de espíritu? Es el opuesto de aquella altiva, auto-asertiva y autosuficiente disposición que el mundo tanto admira y alaba. Es justamente lo contrario de aquella actitud independiente y desafiante que se rehúsa a postrarse ante Dios, que se determina a desafiar a las cosas y que dice como el Faraón, “¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz?” (Ex. 5:2). El ser pobre en espíritu es darse cuenta de que no tengo nada, no soy nada y no puedo hacer nada, y tener necesidad de todas las cosas. La pobreza de espíritu es evidente en una persona cuando es traída a la tierra delante de Dios para comprender su total incapacidad. Es la primera evidencia que se experimenta de una obra de gracia divina en el alma, y corresponde al despertar inicial del hijo pródigo en el país lejano cuando “comenzó a faltarle ” (Lucas 15:14).
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La Segunda Bienaventuranza
“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.” (Mateo 5:4)
El llanto es odioso y molesto para la pobre naturaleza humana. Nuestros espíritus instintivamente retroceden ante el sufrimiento y la tristeza. Por naturaleza, buscamos la compañía de la alegría y de la dicha. Nuestro texto presenta una anomalía para el no regenerado, sin embargo, es dulce música para los oídos de los elegidos de Dios. Si son “bienaventurados,” ¿por qué “lloran”? Si “lloran,” ¿cómo pueden ser “bienaventurados”? Únicamente los hijos de Dios tienen la llave para esta paradoja. Mientras más consideramos nuestro texto, más nos sentimos obligados a exclamar, “¡Nunca un hombre habló como este Hombre!” “Bienaventurados [dichosos] los que lloran” es un proverbio que difiere completamente con la lógica del mundo. Los hombres en todos los lugares y en todas las épocas han considerado a los prósperos y a los alegres como aquellos que son felices, pero Cristo declara que son felices aquellos que son pobres en espíritu y aquellos que lloran.
Ahora, es obvio que aquí no se está refiriendo a todos los tipos de llanto. Existe la “tristeza del mundo [que] produce muerte” (2 Corintios 7:10). El llanto para el cual Cristo promete consolación debe ser limitado a aquel que es espiritual. El llanto que es bienaventurado es el resultado de la comprensión de la santidad y de la bondad de Dios que se emite en un sentido de la depravación de nuestras naturalezas y la enorme culpa de nuestra conducta. El llanto para el cual Cristo promete consolación divina es el de sentir pesar al ver nuestros pecados con una tristeza piadosa
Las ocho Bienaventuranzas están organizadas en cuatro pares. La prueba de que esto es así será provista a medida que procedemos. La primera de las series es la bendición que Cristo pronuncia sobre aquellos que son pobres en espíritu, lo que tomamos como una descripción de aquellos que han sido despertados para darse cuenta de su propio vacío y de su condición de ser como nada. Ahora, la transición desde tal pobreza hacia el llanto es fácil de entender. De hecho, el llanto le sigue tan de cerca, que en la realidad es el acompañante de la pobreza.
El llanto al cual aquí se refiere es, evidentemente, más que el del dolor, la aflicción o el de la pérdida. Es el llanto por el pecado.
Es el llanto por la sentida destitución de nuestro estado espiritual y por las iniquidades que nos han separado de Dios; un llanto por la misma moralidad de la cual nos hemos jactado y la auto-justificación en la cual hemos confiado; una tristeza por la rebelión contra Dios y la hostilidad hacia Su voluntad; y tal llanto siempre va de la mano con una consciente pobreza de espíritu (Dr. Pierson).
Una sorprendente ilustración y ejemplificación del espíritu sobre el cual el Salvador pronuncia aquí Su bendición, se encuentra en Lucas 18:9-14. Ahí, se nos presenta un vivo contraste frente a nuestra propia vista. Primero, se nos muestra a un fariseo que se auto-justifica mirando a Dios hacia arriba y diciendo, “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano”. Quizás todo esto era verdad según como él lo veía, sin embargo, este hombre se fue a su casa en un estado de condenación. Sus finas prendas eran trapos, sus túnicas blancas eran inmundas, aunque él no lo sabía. Luego se nos muestra al publicano que estaba lejos, quien, en las palabras del salmista, estaba tan atribulado por sus iniquidades que no podía levantar la vista (Salmo 40:12). No se atrevió ni siquiera a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho. Consciente de la fuente de corrupción que había en él, clamó, “Dios, sé propicio a mí, pecador.” Este hombre se fue a su casa justificado, porque él era pobre en espíritu y lloró por el pecado.
Aquí, entonces, están las primeras marcas de nacimiento de los hijos de Dios. Aquel que nunca ha sido pobre en espíritu y nunca ha sabido lo que es llorar por el pecado, aunque pertenezca a una iglesia o sea el encargado de un ministerio en ella, no ha visto ni ha entrado al Reino de Dios. ¡Cuán agradecido debería estar el lector cristiano de que el gran Dios condescienda a habitar en el corazón contrito y humillado! ¡Esta es la maravillosa promesa hecha por Dios incluso en el Antiguo Testamento (por Él, en cuya mirada los cielos no están limpios, quien no puede encontrar en ningún templo que jamás haya construido el hombre para Él, no importando cuán magnifico, un lugar propicio para habitar —ver Isaías 57:15 y 66:2)!
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