Rodolfo Mario Agoglia - Conciencia histórica y tiempo histórico

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En este acercamiento a la segunda edición de Conciencia histórica y tiempo histórico, llega el pasado con fuerza. Las clases de Agoglia, repleta de ávidos estudiantes, estaban impregnadas de la exigencia de acción. La filosofía era, toda ella, filosofía de la historia, pues no había forma de evadirla. La historicidad nos había envuelto y tornaba nuestros cuerpos y nuestras mentes hacia el futuro. Con la filosofía comprendimos, que siempre estaríamos en la tensión que resume el presente, impedidos –por su fuerza propia originaria- a pensar, y en esa medida, a existir en el tiempo, el que trajo al maestro y nos lo dejó para siempre.

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Pero ¿cuál es el significado estricto, para la historia, de este término -Ideología- que la Sociología, especialmente la del conocimiento, ¿ha explorado exhaustivamente y se ha difundido hoy en todas las ciencias y en todos los dominios de la cultura?

Sabemos que el concepto de Ideología adquiere nivel y formulación científicos con Marx y Engels en La ideología alemana, dejando de ser aquella “ciencia de las ideas” de Destutt de Tracy, que había derivado luego en una concepción y un uso del vocablo claramente peyorativos, para aludir a quienes exclusivamente lucubraban sobre problemas sociales, políticos, y hasta científicos, desvinculándose totalmente de la realidad.8 A través de la elaboración de estos pensadores, el concepto pasa a comprender dos significaciones diferentes, aunque evidentemente complementarias. 1) Primero, una más general, esbozada por Engels en sus Cartas (hoy adoptada y desarrollada por [Louis] Althusser, [Jürgen] Habermas, [Max] Horkheimer y [Herbert] Marcuse, entre otros), según la cual cualquier complejo de ideas sistematizado (a veces lógicamente estructurado), que detenta un grupo social determinado (representaciones colectivas) en un momento histórico dado, y que responde en la práctica social a sus propios intereses, es una Ideología. Esta integra siempre, pues, la totalidad social de una cierta época, y, en la medida en que resulta sumamente difícil, o casi imposible, para cualquier sujeto -tanto de conocimiento como de producción- sustraerse a tales intereses, las doctrinas filosóficas y religiosas, las ciencias, las técnicas, el arte, y todas las manifestaciones de la cultura son, en mayor o en menor grado, ideológicas; vale decir, que sin constituir ellas mismas Ideologías, están impregnadas de elementos ideológicos. Como expresiones de los intereses de un grupo social, las Ideologías así entendidas, dejan ver, teóricamente, relaciones sociales reales (aquellas que el grupo configura o representa), pero a la vez ocultan o encubren, por motivos prácticos, otros aspectos de esa misma realidad social.9 Y, por otra parte, como esos mismos intereses invaden y se infiltran en toda actividad cognoscitiva, las Ideologías distorsionan o se interponen a cualquier conocimiento pretendidamente objetivo acerca de cualquier esfera de la realidad, proporcionando sólo -como dice Mannheim- una visión inadecuada, o en el mejor de los casos simplificada, de lo real. 2) Una acepción más específica y estricta de la Ideología, expuesta reiteradamente por Marx y Engels a partir de la mencionada obra,10 define en cambio la Ideología, y la identifica, como el conjunto de ideas elaborado y asumido por la clase social dominante para dar sanción teórica a sus formas de dominación social y justificar prácticamente las relaciones de poder establecidas. Para ello, dicha clase idealiza sus condiciones de existencia -como si fueran las perfectas- y, además, encubre astutamente la deficiencia e injusticia de tales relaciones materiales dominantes, todo el significado negativo que tienen para el hombre, como así también su precariedad histórica, procurando conservarlas, consolidarlas y, si fuera posible, eternizarlas. En sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, Hegel había hablado -recordemos- de una “astucia” de la Razón absoluta que consistía en poner a su servicio, en utilizar para sus propios fines absolutos, las aspiraciones, los propósitos, los designios y hasta las ambiciones más mezquinas y egoístas de los hombres, y en virtud de la cual todo lo que estos hacían era instrumentado a favor del desenvolvimiento del propio Espíritu absoluto. Pero también había hablado de los reiterados y tenaces intentos de las razones subjetivas que, abroqueladas en sus particularismos, y para defender relaciones de poder existentes, procuraban hacer perdurar como infinitas, situaciones históricas determinadas que, por naturaleza, son siempre finitas y destinadas a desaparecer después de haber cumplido su cometido histórico. Este intento de perpetuar lo perimido configuraba para Hegel una ilusión de infinitud, es decir, introducía una infinitud perniciosa -por ilegítima- en la historia, que no podía, por ello mismo, prosperar. De tal modo que -dentro del contexto de la doctrina hegeliana- estas maquinaciones urdidas por las razones subjetivas constituían una suerte de contra-astucia que ellas desarrollaban para oponerse a los designios de la Razón absoluta (que regía la historia), interfiriendo, obstruyendo o deteniendo su devenir. Y en este sentido podría afirmarse que la concepción de la Ideología acuñada por Marx y Engels constituye la versión “materialista” de esta “idealista” contra-astucia de la razón subjetiva de Hegel; pues si, por una parte, la Ideología expresa las relaciones sociales efectivas o vigentes (que son las impuestas por la clase dominante), por otra, las falsea con fines de perduración histórica, haciéndolas aparecer como las únicas, posibles y verdaderas -para lo cual introduce toda suerte de deformaciones en los procesos sociales, políticos y económicos y en las respectivas esferas del conocimiento, convirtiéndolas en ideológicas-. Así, por ejemplo, merecen tal calificativo la sociología, la historia y la economía que dan explicaciones ilusorias, respectivamente, de la realidad social, histórica o económica; o sea, cuando la primera infunde la ilusión de que el hombre actúa socialmente según decisiones enteramente libres, y no -como efectivamente ocurre- que sus acciones son en la mayoría de los casos formas coactivas de adecuación, o por lo menos están condicionadas, a las circunstancias sociales objetivas; o cuando la segunda -ocultando los mecanismos y motores reales de la historia- afirma que el mundo sólo está regido por las ideas; o cuando la tercera pretende justificar científicamente (como pensaba Marx) un sistema de explotación encubriendo la injusta distribución de la riqueza nacional. Todo lo cual demuestra que, en sus dos acepciones técnicas originarias, el término Ideología connota (de un modo preponderante en la segunda de ellas, más acotada y rigurosa) la doble función teórica y práctica, que toda ideología cumple, de ocultación o distorsión de ciertos aspectos de la realidad social e histórica para convalidar, en el plano práctico, determinadas actitudes y conductas encaminadas a apuntalar el sistema establecido, que es el rasgo definitorio esencial de lo ideológico.11 No cabe duda, tampoco, que la primera acepción -más amplia e imprecisa- abre la posibilidad de pensar y hablar de ideologías como complejos de ideas asumidas por un grupo social, con el fin de des-encubrir las situaciones existentes para promover actitudes y acciones enderezadas a la liberación y humanización del hombre. Pero ello introduce, a nuestro entender, una ambigüedad en el término, no solo inconveniente desde el punto de vista lógico, sino, además, peligrosa, por cuanto los valores de positividad12 que se le atribuyen juegan a favor de las ideologías con sentido negativo, a las cuales se pueden ir imperceptible y paulatinamente transfiriendo. Por estos motivos, y sin desconocer la latitud que el vocablo ha ido ganado progresivamente en su uso generalizado, y hasta neutro, preferimos atenernos a su significado originario y prevalente.

De acuerdo con él ¿qué se entiende por ideológico en la historia como conocimiento?

Sin entrar en un tratamiento exhaustivo del problema relativo al carácter ideológico que pueden tener las ciencias y las técnicas en general -todas ellas penetradas de intereses, compromisos y valoraciones emergentes del grupo social al que su sujeto productor pertenece (Habermas, 1970)- es conveniente aclarar, ante todo, que hoy se reconoce con fundamento que las ciencias formales y las ciencias fácticas de la naturaleza se hallan mucho menos expuestas a la ideologización que las ciencias humanas, sociales e históricas, en las cuales no cabe aplicar -y no rige- el mismo criterio de objetividad, pues -como agudamente lo ha declarado Sartre (s/f, M. Merleau-Ponty)- “la historia no puede, como la Naturaleza, contemplarse de frente, porque nos envuelve” a nosotros mismos que la indagamos. De tal modo que aquella esperanza abrigada por Marx y Engels en La ideología alemana de que una sociología y una historia científicas nos proporcionaran -frente a las de su época- ideas verídicas de la sociedad y de la historia, está lejos ya de ser compartida. La razón de esa mayor precariedad epistemológica y de objetividad, propia de estas ciencias, se refleja -por contraste- en la constatación de que las ciencias formales y naturales (hoy plenamente autónomas y munidas de métodos rigurosísimos) no poseen ya contenidos ideológicos. Para afirmar lo contrario no basta aducir que ellas integran como las otras la totalidad social, y que sus conocimientos se han elaborado desde una cierta situación histórica. Pues -­como bien ha anotado Horkheimer (1978)-­ condicionamiento e ideología son cosas distintas, y el mero hecho del carácter históricamente condicionado de una teoría no se identifica con la demostración de que ella es ideológica. Para esto es necesario probar que lo es por su función social, explorando -como exige Foucault (1978)-­ las consecuencias de la institucionalización de la verdad científica con fines subalternos, los efectos de poder que pueden derivarse de los enunciados científicos, y el uso social que se pueda hacer de la seriedad y el prestigio de la ciencia. Y, en efecto, las ciencias formales y naturales no pueden ya ser ideológicas por sus contenidos (tan sólidamente fundados desde el punto de vista lógico y metodológico), sino que solo pueden asumir forma ideológica por la aplicación social que se haga de ellos. En cambio, no ocurre lo mismo con las ciencias humanas, cuyos contenidos, al igual que su forma, pueden ser ideológicos en virtud de los intereses sociales que sus temas y problemas ponen en juego. En tal sentido, entonces, deben ser considerados ideológicos, en la Historiografía, todos los conceptos y teorías -a la par que los instrumentos metodológicos a ellos conducentes- que encubran u oculten no sólo el ser de la historia como realidad, los caracteres ontológicos que la definen (practicidad social, contemporaneidad, transformación, dialecticidad, totalidad estructurada y con sentido), sino también los rasgos propios de nuestra época y nuestra situación, o sea, del presente sobre el cual y desde el cual se debe construir el conocimiento histórico.

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