1 ...7 8 9 11 12 13 ...21 En el caso de la inglesa Dridd Williams, se formó en antropología social en Oxford y, gracias al incentivo de Evans-Pritchard, decidió abocarse al campo de las danzas. Previamente, Williams había estudiado y sido performer de diferentes danzas, incluidas las de África Occidental que estudió en Nueva York entre 1956-1961 (Williams, 2004: 234-235). En su caso, las influencias lingüísticas refieren principalmente a Sassure y la antropología semántica de Cric y Ardener, así como a la gramática transformacional de Chomsky. Además, Williams retoma algunas de las críticas al dualismo cartesiano sostenidas por el “neorrealismo” de Harré, entendiendo los movimientos como “actos significativos” que provienen de agentes con la capacidad de expresarse tanto en modos discursivos como cinéticos (Farnell, 1999: 342). A partir de su tesis doctoral de 1975, Williams elabora un marco teórico-metodológico que denomina “semasiología”, con el cual intentó dar respuesta a las clásicas tensiones entre “universalismo” y “particularismo”. Propone entonces una serie de leyes y principios o reglas universales que, en un nivel estructural, serían comunes a todos los sistemas de movimiento, pues refieren, por ejemplo, al rango de movimientos que pueden hacer los seres humanos –según las posibilidades anatómicas y los constreñimientos estructurales del organismo–, o al espacio de acción en que el movimiento del agente toma lugar, el cual se definiría por la “estructura de dualismos interactuantes, esto es, arriba-abajo, derecha-izquierda, delante-atrás y adentro-afuera” (Williams, 1995: 49). Para ella, de este modo, sería posible emprender una comparación intercultural de diferentes sistemas de movimiento, a partir de aquellos “universales estructurales” que, en cada sistema, suelen tener “particularidades semánticas” (69). Un ejemplo que analiza es cómo un movimiento con orientación similar en el espacio, como es el de “reverencia”, tiene significaciones diferentes en distintos sistemas de movimiento: una misa católica, el tai chi y el ballet clásico, pues en sus respectivos contextos culturales el espacio, el cuerpo y el movimiento son conceptualizados de maneras disímiles. Cabe agregar que Williams efectuó una importante tarea docente, dirigiendo un programa sobre Antropología del Movimiento Humano, primero en la Universidad de Nueva York entre 1979 y 1984, y luego en la de Sydney, Australia, entre 1986 y 1990; desde 1980 dirige el Journal for the Anthropological Study of Human Movement.
Judith Lynne Hanna, formada en la Universidad de Columbia y especializada inicialmente en danzas de tradición africana, es otra de las antropólogas norteamericanas y también docente de danza, que en la década del 70 se inspiró en modelos comunicacionales. Esta autora propuso entender la danza como un tipo de “comunicación no verbal”, señalando que existen al menos seis modos de significación que pueden ser aplicados a la danza desde el punto de vista etic: como “representación concreta” del aspecto externo de una cosa, evento o condición, como “ícono” que representa sus propiedades o características formales, como “estilización” arbitraria de gestos o movimientos, como “metonimia”, “metáfora” o como “actualización” de un estatus o rol (Hanna, 1977: 224). Asimismo, en un enfoque cercano al funcionalismo de Parsons, propone analizar los modos en que las danzas se vinculan con la vida social, por ejemplo, afectando patrones culturales y contribuyendo a resolver tensiones, lograr ciertos objetivos, así como a la adaptación e integración. En trabajos posteriores, focalizó sus análisis en el rol de la recepción y en la conexión entre performer y audiencia (Hanna, 1983), siendo éste un aspecto poco destacado en los modelos anteriores,[33] en problemáticas de género y, más recientemente, en el rol de la danza en salud y educación (Hanna, 1999, 2006).
Para concluir esta sección, quisiera comentar los trabajos de Anya Peterson Royce, quien inicialmente desarrolló su carrera como bailarina, luego se formó en antropología en la Universidad de California (Berkeley), y hasta hoy se desempeña en la Universidad de Indiana. Si bien Royce también se interesó por los aspectos simbólicos, introdujo una perspectiva novedosa en los estudios sobre danzas de la década del 70, pues destacó sus aspectos sociopolíticos, como un poderoso símbolo identitario. A partir de su extensa experiencia etnográfica con los indígenas zapotecas de México, analizó los modos en que sus danzas operaban como indicadores de clases e identidades sociales. Su perspectiva se alineaba con lo que en aquella época se denominaban “investigaciones orientadas a problemas” basadas en el “análisis situacional” y el “drama social”, en el contexto de sociedades complejas caracterizadas por la inestabilidad, la falta de homogeneidad y los conflictos; por tanto, se focalizaba en los procesos y en aquellos eventos que intensificaban las conductas cotidianas (Royce, 1977: 27-28). Es importante agregar que Royce también efectuó una importante sistematización y análisis de las teorías existentes hasta 1977, en el libro que publica ese año, titulado The Anthropology of Dance. Cabe recordar que durante ese mismo año, pero en Londres, John Blacking también publicaba su compilación Anthropology of Body, en la que participó Judith Hanna, entre otros autores. En suma, se trata de una prolífica década en la cual las representaciones, los significados y los movimientos de los cuerpos comenzaron a ser objeto de indagación antropológica; y a partir de allí, como veremos, cada vez más las antropologías de las danzas y de los cuerpos profundizarán sus diálogos.
4. Desde los años 80: movimiento, cuerpo
y política en las danzas
En la reseña que emprende Reed (1998a: 505) y cuya traducción incluimos en este volumen, se destaca cómo a partir de los años 80 los estudios antropológicos sobre danzas comenzaron a focalizar en sus aspectos políticos y también cómo prestarán una mayor atención a las relaciones entre movimiento, cuerpo y cultura. Esto último se vincula con un cambio de paradigma en diferentes campos de estudios de la cultura expresiva e incluso en las mismas prácticas artísticas vinculadas al posmodernismo, que llevaron a enfatizar en el sonido más que en la música, en la performance más que en el teatro y en el movimiento más que en la danza, intentando superar así las connotaciones etnocéntricas y universalizantes que estas últimas categorías a veces involucraron, en tanto refieren a las escisiones características de las artes occidentales (especialmente en ese gran período comprendido entre el denominado Renacimiento y la Modernidad). Así, estas áreas de estudio se encuentran cada vez más entrelazadas y, por ejemplo, los estudios antropológicos de la danza cada vez más reciben la influencia de los estudios antropológicos sobre la corporalidad o de los denominados estudios de la performance y viceversa.[34]
Veamos los trabajos de Brenda Farnell (1995a, 1995b) y John Lowell Lewis (1992) quienes se enmarcan en esta última línea centrada en el “movimiento” más que en la danza. Estos autores señalan cómo el legado cartesiano del dualismo cuerpo/mente ha permeado incluso las teorías antropológicas del embodiment o corporización, basadas en la fenomenología de Merleau-Ponty, dificultando así el análisis del movimiento, y por eso proponen perspectivas alternativas. En el caso de la inglesa Farnell, continúa la propuesta de la semasiología de su compatriota Williams, así como su fundamentación en el nuevo realismo de Harre. Farnell se ha formado en el Laban Dance Center de Londres, luego en la Universidad de Nueva York donde Dridd enseñó, y también en antropología sociocultural y lingüística en la Universidad de Indiana. Esta formación unida a sus estudios de campo sobre el Plains Sign Language, lenguaje de señas de la región de las planicies de Norteamérica, parece haber incidido en su énfasis en las conexiones entre acción y discurso, entre lenguajes corporales y hablados; de hecho, éste es el tópico central de su compilación Human Action Signs in Cultural Context: The Visible and the Invisible in Movement and Dance (en la que participaron Adam Kendon, Adrianne Kaepler y Drid Williams, entre otros autores). No obstante, en otros trabajos hemos señalado lo que consideramos constituyen ciertos límites del abordaje de Farnell (Citro, 2011; Citro, Lucio y Puglisi, 2011), pues su énfasis en la notación y la descripción detallada de los movimientos corporales en situaciones de interacción no siempre redunda en un análisis enriquecedor que, por ejemplo, ilumine las implicancias sociales y culturales de estos movimientos. Cabe agregar que desde 1985 Farnell es coeditora junto con Williams del Journal for the Anthropological Study of Human Movement, y también ha desarrollado proyectos en colaboración con coreógrafos sobre las relaciones entre movimiento y discurso.
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