En la Tierra del Fuego, donde no había llegado todavía esa contaminación en escala apreciable, un hombre rastreaba en su vívida memoria los fumaderos de Oriente. Personas recostadas ingresaban en fases de irritación de sus mucosas, soñolencia y embotamiento, en una hipnosis provocada por los alcaloides convulsionantes.
El opio para fumadores tenía distintos nombres, en la India lo llaman chang o gunzah; en Arabia, estar o cif; en Túnez le dicen chira y en filipinas anflón. Únicamente mudaba el nombre y el atuendo de los drogadictos…
Sus semblantes eran iguales.
Los inconfundibles rostros cerúleos con las órbitas hundidas. Todos tenían un talante cadavérico provocado por la droga.
Personas recostadas, indiferentes a todo, con ojos bovinos y sentidos embotados por el narcótico.
Fumar opio no era tan fácil, pese a que parecía elemental. Tenía un ritual y una minuciosidad indispensable para obtener el desenlace más virulento.
El que fumaba opio no trabajaba. Era un vicio para ociosos consumados.
Los fumadores colocaban bolitas de opio en una placa metálica puesta al rojo sobre un mechero de alcohol, o llevándolo directamente a las llamas en la punta de una larga aguja, realizando un delicado procedimiento para no quemarlo ni dejarlo poco tostado.
Allí se notaba la diferencia entre novatos y expertos.
El fumador, recostado sobre un lado de su cuerpo, colocaba la cabeza en un cojín, y se apoyaba en el codo. Preparaba el opio, y aspiraba el humo con brío y de una sola vez con una dilatada inspiración. Luego, para alcanzar la embriaguez, exigía una luz muy suave y silencio. ¡Que ningún alboroto exterior lo distraiga!
De allí nació la práctica de los fumaderos en tabernas específicas, donde se reunían los pelagatos, en tanto que los ricos se drogaban en los lujosos fumaderos de sus mansiones.
Como siempre… los pobres juntos y los ricos solos.
Algunos chinos masticadores de opio con hojas de betel que conoció al septentrión de Birmania, tenían los dientes teñidos de negro y la saliva rojiza, como los ladrillos bien cocidos. En una ocasión, en la choza de un humilde meo, cató el opio para no desairar al anfitrión. Se lo ofrecía como la suprema evidencia de su hospitalidad, y aceptó por la curiosidad de conocer su gusto. El sabor era asqueroso, nauseabundo y persistente. Fuertemente acre, áspero y picante. ¡Una verdadera mierda! No comprendía como eso podía ser placentero.
También lo consumían así en Turquía, Irán y Arabia. Allí, a los opiófagos los llaman theriakis o affondgis. Le contaron en charlas noctámbulas con aventureros mongoles y malayos, que en ciertas ocasiones, en la Malasia, algunos masticadores de opio experimentan efectos alucinatorios impulsivos y procursivos, que llamaban amolk. Los opiófagos cometían maquinalmente crímenes, matando a todo el que encontraban. Otros, percibían fenómenos de acenestesia, sintiendo que volaban por los aires en alucinaciones que incrementaban de brío cuando se mezclaba el opio con la belladona, el cáñamo índico o el alcohol.
Conoció personalmente a diversos descarriados mentales, sumidos en una borrachera comatosa, que sufrían accidentes convulsivos y delirios narcóticos. Hasta que les llegaba fatalmente la muerte, por síncope, hemorragia cerebral o por su tendencia al suicidio, entre férreos calambres y dolores intensos.
Se decía por Oriente que los chinos fumaban opio desde el siglo quince, cuando lo llevaron los árabes de Persia y Egipto. Lo fumaban puro o con el cáñamo índico. Mientras que los miserables lo comían, a pesar de su sabor nauseabundo.
Pero eso era el opio… apenas un comienzo destructivo, el arco y la flecha. Seguía la morfina, una granada de mano, y luego la heroína, una verdadera bomba M18 Claymore...
En los Estados Unidos estaba ingresando heroína. Muchísimo más letal y peligrosa que el opio, del cual se obtiene, pasando de la droga diacetilmorfina al clorhidrato de heroína o clorhidrato de diacetilmorfina, que ataca las vías respiratorias, deprimiendo la excitabilidad del bulbo raquídeo.
La heroína. ¡Un fantástico sustituto del clorhidrato de cocaína!
Una droga que nació en cuna de oro y aparentemente con las mejores intenciones.
En toda Europa, a finales del siglo XIX la morfinomanía hacía verdaderos estragos, hasta que un químico alemán de la Compañía Bayer, llamado Dresser, encontró un extraño compuesto por acetelización del afamado clorhidrato de morfina.
Este buen hombre hizo experiencias en 1898 en la clínica de la Universidad de Berlín, y asimismo en la Policlínica de la Compañía Bayer. La acción de la droga sobre las vías respiratorias fue tan fuerte, que pensó había vencido definitivamente la tuberculosis, y le dio un nombre adecuado: “Heroisch”, que significa “remedio enérgico”.
¡Así nació la heroína!
La euforia de Dresser fue mayúscula al notar que los morfinómanos tratados con la heroína repudiaban repentinamente el vicio. Nadie sospechaba que si los morfinómanos renunciaban a la morfina, era para entregarse desesperadamente en los mortales brazos de la medusa heroína, droga más enérgica, de efectos más prolongados y bastante más tóxica. La heroína eclipsó a la morfina en toda Europa y Asia, tanto que, en el año 1925, en Egipto, se llegó a pagar con dosis de heroína a los jornaleros, y se vendía en todo el mundo como “píldoras encarnadas”, con marcas sugestivas de su violencia, “tigre feroz” y “caballo mágico”.
Eran sofisticadas bombas nucleares psíquicas, construidas con diversos explosivos: heroína, cafeína y quinina, unidas con lactosa, almidón, y tragacanto. Todo mezclado esmeradamente, para producir efectos desastrosos en el organismo humano. Y los hombres las compraban…
La heroína crea un estado de necesidad rápidamente, provocando una intensa angustia respiratoria que obliga a drogarse cada dos o tres horas. Pero no produce efectos hipnóticos, sino, por el contrario, desencadena una tendencia exagerada a la violencia, que aprecian mucho los delincuentes juveniles y los mercenarios.
El opio era para los asiáticos como el coqueo de los nativos andinos de Perú, Bolivia y otros países cordilleranos, donde colocan las hojas de coca en el carrillo, formando un acuyico o bola vegetal. Lo ablandan con yisca, una pasta grisácea hecha de cenizas, o con una pizca de bicarbonato de sodio, tragando la saliva durante largas horas, hasta que las hojas quedan por poco translúcidas. Ese proceso, aunque crea hábito, no es muy perjudicial para la salud, por la ínfima cantidad de droga que contiene, poseyendo propiedades digestivas y combatiendo la puna o soroche, que produce mareos, dolores de cabeza y náuseas debido al poco oxígeno de las alturas superiores a los cuatro mil metros, donde habitualmente viven y trabajan. También produce anorexia. Este vicio está tan arraigado, que las hojas de coca sirven como moneda para el intercambio andino y de ofrendas para la Pachamama, la diosa de la Tierra.
El Comandante Parker pensaba si su tarea en la DEA tendría algún sentido…
Las dos plantas son medicinales y las usamos para autodestruirnos. ¡Les arrebato una droga y buscan otra! ¡Los seres humanos somos más estúpidos que las ratas! Al menos ellas, si ven que algo le hace daño a su compañera, ni siquiera lo prueban. En tanto que los hombres, si notamos que una sustancia es perjudicial, ¡la producimos y la pagamos carísimo, consumiéndola con la ansiedad de una piara de cerdos hambrientos!
El Comandante Parker llegó a una decisión en el extremo austral de América. El paraíso terrenal incontaminado lo rodeaba, pero su cerebro seguía maquinando la búsqueda de algunas soluciones de fondo para eliminar el narcotráfico.
– Debo hablar con el Comandante General de la DEA y quizá con el Presidente de los Estados Unidos, pensaba con sus ojos cerrados, al tiempo que se reclinaba sobre el tronco seco de la vieja lenga. Necesito su beneplácito para consentir que dejemos salir a Frank. Si no les explico el plan que tengo, creerán que estoy loco de remate…
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