Gustavo Sainz - Gazapo

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"Hay tal cosa como un equilibrio estético que logra sus compensaciones por plomo contra nubes en igualdad de pesos. Y tal cosa como una unidad que nace de la diversidad conjugada. Se dan en este primer libro de quien en 1966 se asoma a una carrera llena de promesas". Salvador Novo

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—No debemos andar en coche así.

—De todos modos lo tenemos que llevar —dice Vulbo.

También veo cómo se abre el garaje de mi casa y cómo sale el auto de mi padre arrojando humo por el escape. Puedo verlo inclinado sobre el volante con ese gesto de enojo tan suyo.

Vulbo me contará más tarde que el Buick 39 del papá de Fidel estorbaba la salida, y yo veré a mi padre limitándose a observar a los muchachos, furioso, y a Vulbo tratando de hacer andar el auto sin lograrlo.

—Nos bajamos —me cuenta Vulbo (por teléfono)—, puse la reversa y entre los tres empujamos el coche hacia atrás, ellos apoyados en el cofre, hasta que le dejamos el paso libre al auto de tu padre, que salió rapidísimo.

Pienso en Vulbo, Jacobo y Balmori discutiendo. Madhastra abraza una bolsa de papel llena de pan y cierra las puertas del garaje. Vulbo, Jacobo y Balmori entran en la angosta vecindad, siguen al lechero que lleva el mismo rumbo que ellos, al parecer, y están a punto de tocar en la casa de Gisela, pero ella sale a recibir la leche y los ve, apenada porque está en bata, despeinada y quizá desnuda debajo de la bata.

—Pasen —dice. Entra y guarda la leche en la cocina. Está en ropa interior bajo la bata, pero sin fondo. Ellos le cuentan y ella escucha.

A todos les asombra que estén mi padre y Madhastra.

—Y afuera estuvo todo el tiempo el padre de Tricardio —me dice Vulbo (por teléfono)—. Le dije a Gisela: “Tenemos la llave, pero ellos son miedosos. Mira qué pálidos están”, señalé a Jacobo y Balmori delante de ella, “mira qué miedo tienen”.

(Algo como una plancha que pesa en el estómago: el ano se cierra y es absorbido por el recto, lo jalan con un hilo hacia adentro, se aprieta como una mano al cerrarse: es el miedo.)

—Es muy raro que estén porque todos los sábados y los domingos salen —dijo Gisela, y no supo qué más decir.

—Le hablamos del asalto —me dice Vulbo—, y en su cara apareció un tic nervioso, muy cerca de la boca, algo muy característico de ella. También le contamos que el auto no arrancaba y que teníamos que devolverlo.

Pienso en Gisela, en sus labios, en una pequeña zona de la piel que palpita, cerca de ellos; en Vulbo, frente a la mujercita palpitante.

—Y creí —sigue Vulbo—, le dije, que su papá podría ayudarnos a ponerlo en marcha con los años que tiene de chofer de ruleteo. Teníamos que entregarlo y no sabíamos qué le pasaba; de pronto no quiso arrancar, ¿no? Podía ser la batería o un alambre suelto.

—Es que mi papá no vive aquí —me interrumpió Gisela—. Viene los domingos, pero más tarde, por si quieren esperarlo. Puedo ayudarlos a pisar el acelerador y poner la marcha mientras empujan. O pueden esperar a mi papá, quizás no tarde. Llega como a las once… —apoyaba sus palabras con gestos indecisos de las manos, como diciendo aproximadamente o más o menos—. Pero si quieren les ayudo —dijo—. Espérenme tantito. No tardo.

Balmori jugueteaba con los tres pollos blancos y las tías y Natasha tosían por el humo que despedía la hornilla cuando Gisela bajó de su recámara, ya sin bata, con un vestido corto.

Llegaron al final de la vecindad (o al principio, según se mire), y vieron a la esposa de mi padre que todavía estaba en la puerta, con la bolsa del pan.

—Buenos días, señora —saludó Gisela.

Madhastra, sin responder, entró y cerró la puerta con estrépito y hasta parece que con expresión de menosprecio.

—Es raro —comentó Gisela—, ningún fin de semana, que yo sepa, han dejado de salir fuera de México.

—¿Qué tal si hemos entrado? —dijo Balmori.

—No sé —respondió Jacobo.

—¿Es cierto —preguntó más o menos Gisela— que Mauricio grabó una cinta con lo del pleito con Tricardio? —su voz se agudizó al final de la frase.

—¿Una? Querrás decir veinte, ¿no?

—¡Hijos! No le creas, Gisela. Jacobo cuando no tartamudea, exagera. Grabó dos versiones. Y la más breve te la puedo decir igualita porque ayer estuvimos toda la tarde oyendo la cinta.

—Mauricio está loco con la grabadora, ¿verdad?

—Hasta sin grabadora —dijo Balmori.

—Me puse las manos en la boca, a manera de bocina —me dice Vulbo (por teléfono)—, y traté de imitar a Mauricio: “Estamos en el lugar de los hechos. Avanzamos hasta quedar a unos pasos de la camioneta donde están Tricardio, el Negro, César y los gemelos. Menelao se adelanta y abre bruscamente la portezuela más próxima a Tricardio, que al salir recibe una patada; cae fuera del auto y acepta la pierna o la rodilla de Menelao sobre su vientre, el corazón, según algunos, las dos manos cerradas contra la nuca y las puntas de los pies contra sus costillas, las golpean, las hieren, mientras los demás sitiamos la camioneta para impedir la salida del Negro, César o los gemelos…” Reímos.

Rieron, pienso.

Acompañaron a Gisela, sin dejar de hablar de la pelea. En la casa, Natasha trapeaba el piso, la tía Mochatea se limpiaba las manos en un delantal y doña Eválida vigilaba. Servían la mesa y los invitaron a desayunar.

No sé si aceptaron. Vulbo no me lo dijo; total, terminaron devolviendo el coche a mediodía. El cuidador les pidió más dinero. “Una centaviza”, dijo, pero ellos se burlaron y huyeron apresuradamente a unos baños de vapor.

—¿Qué tal si hemos entrado? —creo que razonó alguno de los tres.

Cruzaban la antigua calle de Artes, ahora Antonio Caso.

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