Gustavo Sainz - Gazapo
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El auto rodeó la glorieta de la Diana. Pasaron frente a los leones inmóviles que guardan la entrada al bosque de Chapultepec. Balmori vio, a través del parabrisas, el monumento a los niños héroes, las columnas iluminadas por una luz fantasmal. Siguieron hasta la glorieta del cambio de Dolores y enfilaron por la Calzada de Tacubaya rumbo al sur de la ciudad, dejando tras de sí la zona arbolada.
—¿Se acostará Mauricio con Bikina?
—¿Acostarse, acostarse o…?
—Por lo menos estarán en el departamento —dijo Vulbo—. No creo que hagan nada porque tienen que entretener a Menelao, o bien no despertarlo si está dormido. Cuidarán que no se le ocurra venir a la casa de sus padres; más bien, impedirán que venga, si trata.
Deben haber ido por la avenida Benjamín Franklin.
Recuerdo que Mauricio me despertó esa noche al acostarse. Creo que dijo: “Hasta mañana, Melenas, son las seis”, y arregló la almohada que divide en dos nuestra cama.
—¿Y Bikina? —pregunté.
—La fui a dejar a su casa.
—¿Qué pasó? ¿Le hiciste algo?
Se cubrió la cara con las cobijas para no responderme y no pregunté más. Intenté dormir. Soñé que iba con Gisela por la calle Aniceto Ortega. Mi padre pasó junto a nosotros, en su auto, y enfrenó, invitándonos a subir. Había como niebla, kalima, la llaman los pilotos, y nosotros corrimos hacia él. En una miscelánea bebimos refrescos y Gisela dijo que costaban mucho, que antes eran más baratos, cuando era chica, y mi padre, que la considera muy chica, le rasguñó con delicadeza las mejillas y ella rió con esos dientes blancos que tiene. Era una especie de neblina y el auto llevaba los faros encendidos, y los tres andábamos juntos y conversábamos sin estar enojados como sucede en la realidad, donde mi papá odia a Gisela y yo me salí de la casa por eso.
No pensé en los muchachos. No sabía que ellos iban rumbo a mi casa en la Colonia del Valle. Probablemente cruzaban Parroquia por la avenida Coyoacán y una cuadra después daban vuelta a la izquierda, por José María Rico, frente a la fábrica de refrescos.
Ahora, el intento de asaltar mi casa lo conozco porque Jacobo se lo contó a Gisela y ella lo repitió en la grabadora, también porque con algunas alteraciones Balmori se lo dijo a Mauricio y éste a mí, y porque finalmente Vulbo, esta mañana me relató algo similar, por teléfono, sin sorprenderse de que supiera frases que aún no me decía, por ejemplo:
Fidel terminando una historia consciente del mandamiento que obliga a no envidiar; Balmori protestando:
—No envidiar no es mandamiento —dijo, con gesto de exagerado asombro, subrayando su protesta con golpes de una cucharita sobre la mesa.
Jacobo intervino y agregó que era una de las cuatro virtudes teologales, y todos rieron.
Fidel le pidió a Balmori que bebiera el jugo que sólo había probado, y se despidió: —Me voy —dijo—. Tengo un sueño que me cierra los ojos —temblaba y con frecuencia se llevaba las manos al rostro pálido para acomodarse los lentes oscuros.
Horas después, los muchachos daban vuelta con el auto en Gabriel Mancera, rumbo al Sanatorio San José.
—Bueno —dijo Vulbo—. Ustedes dicen si aquí me estaciono o sigo hasta la casa.
—Me-mejor hasta la casa —tartamudeó Jacobo—. Si no, ¿cómo subimos todo?
El padre de Tricardio barría la calle frente a la vecindad; ellos enfrenaron junto a un garaje.
—¿Nos vería?
Vulbo apagó el motor.
—Nos ve en este momento —dijo Balmori—. Te hubieras estacionado hasta aquellos árboles.
—¡Me lleva la chingada! ¿Qué hora es?
—Las cuatro.
—¿Y ese tipo ya está barriendo?
—Es el portero.
—Te pico el agujero.
—Tenemos que madrearlo —sentenció Jacobo.
—No te la jales.
—Tu reloj está mal —dijo Balmori—, porque ya está clareando. Deben ser las seis, si no es que son como las seis y media.
—¡Ya cállense! —dijo Vulbo—. Vamos a fingir que esperamos a Menelao. Pregúntale si lo vio salir.
—¡Ah, mira! —se molestó Jacobo—. ¿Por qué no le preguntas tú?
—Las seis por lo menos…
—Bueno —le dijo Vulbo a Balmori—, vas tú. Pregúntale si ha visto a Menelao. Dile que lo esperamos para ir a un examen.
—Es domingo —señaló Balmori, abriendo la ventanilla. Sacó la cabeza y gritó—: Perdone… —repitió—: Perdone, señor… ¿No se fijó si el cuate que vive allí se asomó o algo así? Venimos por él para ir a una excursión.
—No —dijo el padre de Tricardio—. ¿Él les dijo que vinieran? Se llama Mentolado, creo que ya no vive aquí, por eso les pregunto.
—No sabíamos. Hace tiempo quedamos de pasar por él a esta hora y nos pidió que no tocáramos el timbre, porque despertaríamos a su abuelita. Él nos iba a esperar.
—No tengo por qué mentirles, jóvenes. No lo he visto y creo, ¿eh?, que ya no vive aquí.
—Bueno, vamos a esperarlo otro rato. Gracias —dijo Balmori—, perdone… —y cerró la ventanilla.
El hombre volvió a su tarea de arrastrar la basura con la escoba de varas.
—Ahora sí-sí-sí la fregamos. Ahora pue-puede-dede-decir que nos vio. Me-me hubieran de-dejado madrearlo.
—Cálmate, cuate.
Balmori permanecía ajeno a la situación.
—Ahora es peligroso —continuaba Jacobo—, nos ha visto y puede testimoniar que estuvimos aquí. Ni-ni siquiera tenemos la seguridad de que estén dormidos los padres de Mentolado, je, je, de que Menelao no esté dormido aquí; ni siquiera hemos comprobado si la llave es o no es, si si-sirve o no sirve.
Vulbo descansó su brazo derecho sobre el respaldo, se volvió y miró fijamente a Jacobo.
—Cómo eres sacón —le dijo, muy despacio—. Menelao dijo que sus padres siempre salen los fines de semana fuera de México, vino ayer y estuvo con su abuelita. Ella le dijo que salieron y que volverán hasta el lunes en la mañana. Menelao me lo dijo por teléfono.
—¿Y si hoy vino a dormir aquí?
—¡Mauricio está con él!
Balmori sacudió la cabeza. Observaba a un policía o a un velador uniformado que paseaba detrás de la reja anaranjada de los laboratorios Max Factor.
—Allí está un policía —dijo.
Vulbo no le entendió:
—Jacobo no quiere entrar. Entra tú.
—No —dijo Balmori–. Yo vine a quedarme en el coche para echar aguas. No conozco la casa ni sé dónde están las cosas. Menelao dijo que su cuarto siempre está cerrado con llave y no tenemos la llave, sólo tenemos la de la puerta de afuera y allí está el policía de la Max Factor.
—Nada más tengo llave de afuera —dijo Jacobo. No tengo la del cuarto, ustedes saben.
—Bueno, ¿van a entrar o no? —gritó Vulbo—. ¡Dame la llave!
—No. Voy a entrar, pero espérate. —Es-es-estoy demasiado nervioso, escucha cuánto tartamudeo…
—¡Hijos! —aulló Vulbo arrugando la nariz—. Te estás pudriendo.
—Ése me saluda porque me conoce —dijo Balmori. Jacobo abrió la ventanilla.
—Puedes dejarla abierta —dijo Vulbo, mientras abría otra.
—¿No les importa el policía?
—Yo hablé por teléfono con Mauricio desde Sanborns. Me dijo que estaba con Bikina y que Menelao dormía como una roca. No puede estar aquí —concluyó Vulbo.
Cada vez pasaba más gente por la calle.
Ahora puedo verlo todo: mi casa, su exterior plano, color marrón, sus cuatro ventanas cerradas, la puerta que se abre y Madhastra que emerge del interior frío y gris con una bolsa de papel. Ya es completamente de día y mis padres están cuando no debían estar.
Balmori le pregunta la hora a una sirvienta y ella asegura que son las siete y cuarto o las siete y veinte. Jacobo comienza a sudar, se palpa por todas partes y dice que de día los pueden detener y ninguno de los tres tiene licencia para manejar.
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