1 ...6 7 8 10 11 12 ...16 –¡Pero si está abierto! –exclamaron desde el interior, y Karl abrió la puerta con franco alivio–. ¿Por qué golpea como un loco la puerta? –preguntó un hombre gigantesco, casi sin alzar la vista hacia Karl.
A través de alguna claraboya en el techo caía una luz turbia, ya totalmente gastada en la parte superior del barco, sobre un camarote miserable, en el que se alineaban una cama, un armario, una silla y el hombre, bien pegados uno al otro, como en un depósito.
–Me he perdido –dijo Karl–. Durante el viaje no me di cuenta del todo, pero es un barco tremendamente grande.
–Sí, en eso tiene razón –dijo el hombre con algún orgullo, sin dejar de manipular la cerradura de una pequeña maleta, apretándola una y otra vez con ambas manos para escuchar el clic del cerrojo–. ¡Pero entre! –siguió diciendo–. ¡No se va a quedar ahí afuera!
–¿No molesto? –preguntó Karl.
–Bah, ¿cómo va a molestar?
–¿Es usted alemán? –Karl buscó asegurarse, por haber oído mucho sobre los peligros que amenazaban a los recién llegados a Estados Unidos, sobre todo de parte de los irlandeses.
–Soy, soy –dijo el hombre.
Karl seguía dudando. Entonces el hombre tomó de improviso el picaporte y, junto con la puerta, que cerró rápidamente, arrastró a Karl hacia el interior.
–No soporto que me miren desde el pasillo –dijo el hombre, volviendo a ocuparse de su maleta–. Pasa cualquiera y mira, ¿quién lo aguanta?
–Pero si el pasillo está vacío –dijo Karl, aplastado incómodamente contra el poste de la cama.
–Sí, ahora –dijo el hombre.
“Pero si se trata del ahora –pensó Karl–, qué difícil es hablar con este hombre”.
–Acuéstese en la cama, ahí tiene más espacio –dijo el hombre.
Karl se metió a rastras como pudo y se rio en voz alta tras su primer intento fallido por saltar al otro lado. Una vez que estuvo dentro, exclamó:
–¡Dios santo, me olvidé por completo de mi maleta!
–¿Dónde está?
–Arriba en la cubierta, la está cuidando un conocido. ¿Cómo se llamaba? –y extrajo una tarjeta del bolsillo secreto que su madre le había cosido en el forro de la chaqueta–. Butterbaum, Franz Butterbaum.
–¿Necesita mucho esa maleta?
–Por supuesto.
–¿Y entonces por qué se la dio a un desconocido?
–Había olvidado mi paraguas abajo y corrí a buscarlo, pero no quería cargar con la maleta. Y ahora me terminé perdiendo yo también aquí.
–¿Está solo? ¿Sin acompañante?
–Sí, solo.
“Tal vez tenga que quedarme con este hombre –se le cruzó a Karl por la cabeza–, ¿dónde encontraría en este momento un amigo mejor?”.
–Y ahora también perdió su maleta. Del paraguas ni hablar.
El hombre se sentó en la silla, como si ahora Karl hubiera captado un poco su interés.
–Yo creo que la maleta no está perdida todavía.
–Bienaventurados los que creen… –dijo el hombre mientras se rascaba con fuerza el pelo oscuro, corto y tupido–. Con los puertos, cambian también las costumbres dentro del barco. En Hamburgo su Butterbaum tal vez le hubiera cuidado la maleta, aquí lo más probable es que no queden más rastros de ninguno de los dos.
–Entonces tengo que ir arriba a ver –dijo Karl y miró en derredor cómo podía salir.
–Quédese –dijo el hombre y, poniéndole una mano en el pecho, lo empujó con franca brusquedad de nuevo hacia la cama.
–¿Por qué? – preguntó Karl enojado.
–Porque no tiene sentido –dijo el hombre–, en un ratito voy yo también, así que vamos juntos. O bien se robaron la maleta y no hay nada que hacer y puede llorarla hasta el fin de sus días, o el hombre la sigue vigilando y por lo tanto es un estúpido y entonces que siga vigilando, o bien es solo un hombre honrado y dejó la maleta allí y tanto más fácil será de encontrar para nosotros cuando el barco se haya vaciado del todo. Y lo mismo con su paraguas.
–¿Conoce el barco? –preguntó Karl con desconfianza, y la idea, más bien convincente, de que el barco vacío era lo mejor para encontrar sus cosas le pareció que ocultaba una trampa.
–Soy fogonero del barco –dijo el hombre.
–¡Usted es fogonero! –exclamó Karl con alegría, como si eso superara todas las expectativas, y, apoyándose en un codo, miró al hombre con mayor atención–. Justo delante del camarote donde dormía con los eslovacos había una claraboya por la que se podía ver la sala de máquinas.
–Ahí trabajaba yo –dijo el fogonero.
–Siempre me interesó la técnica –dijo Karl, varado en una determinada línea de pensamiento–, y seguro que más tarde hubiera sido ingeniero, si no hubiera tenido que viajar a Estados Unidos.
–¿Por qué tuvo que viajar?
–¡Bah! –dijo Karl, desechando toda la historia con un gesto de la mano.
A la vez, miró al fogonero con una sonrisa, como pidiéndole que fuera indulgente incluso con lo que no le había confesado.
–Habrá tenido su motivo –dijo el fogonero, sin que se supiera si con esto buscaba exigir o rechazar que le aclararan ese motivo.
–Ahora me podría hacer fogonero yo también –dijo Karl–. A mis padres les da igual a qué me dedique.
–Mi puesto quedará libre –dijo el fogonero y, con plena conciencia de este hecho, se metió las manos en los bolsillos del pantalón y apoyó sobre la cama las piernas, enfundadas en unos pantalones arrugados de un material tipo cuero color gris ferroso, con el fin de estirarlas. Karl tuvo que correrse más hacia la pared.
–¿Se va del barco?
–Sí, señor, hoy nos marchamos.
–¿Por qué? ¿No le gusta?
–Y bueno, así son las cosas, no siempre lo decisivo es si a uno le gusta o no. Por lo demás, tiene razón, no me gusta. Seguro que no piensa en serio esto de hacerse fogonero, pero es precisamente en esos casos donde resulta más fácil terminar siéndolo. Por eso le aconsejo con fuerza que no lo haga. Si en Europa quería estudiar, ¿por qué no quiere estudiar aquí? Las universidades estadounidenses son incomparablemente mejores que las europeas.
–Es posible –dijo Karl–, pero casi no tengo dinero para estudiar. Leí de alguien que de día trabajaba en un negocio y de noche estudiaba, hasta que se recibió de médico y creo que llegó a alcalde, pero para eso se necesita mucha perseverancia, ¿verdad? Me temo que a mí me falta. Además, no fui un alumno especialmente bueno, no me costó nada despedirme de la escuela. Y quizá las escuelas aquí sean más severas aún. Inglés casi no sé. En general aquí no quieren a los extranjeros, creo yo.
–¿Ya lo comprobó usted también? Bueno, entonces está por buen camino. Usted es mi hombre. Fíjese, estamos en un barco alemán, pertenece a la línea Hamburgo-Estados Unidos, ¿por qué no somos todos alemanes entonces? ¿Por qué el jefe de máquinas es rumano? Se llama Schubal. No se puede creer. ¡Y ese canalla nos maltrata a nosotros, los alemanes, en un barco alemán! Y no crea –se quedó sin aire, vaciló con la mano– que me quejo por quejarme. Sé que usted no tiene ninguna influencia y que es un pobre muchacho. ¡Pero esto es demasiado!
Y golpeó la mesa varias veces con el puño, sin sacarle la mirada de encima mientras golpeaba.
–He servido ya en tantos barcos –y mencionó veinte nombres uno detrás del otro como si fueran una sola palabra, con lo que Karl quedó completamente confundido– y me he destacado, fui elogiado, era un trabajador al gusto de mis capitanes, incluso pasé varios años en el mismo velero mercante –se levantó, como si fuera el punto más alto de su vida– y aquí en esta carraca, donde todo anda en regla, donde no se exige ningún ingenio, aquí no valgo nada, soy un estorbo constante para Schubal, soy un vago, merezco que me echen y recibo mi sueldo por misericordia. ¿Lo entiende usted? Yo no.
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