Franz Kafka - El desaparecido

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Texto de iniciación en un doble sentido: con El desaparecido, Franz Kafka comienza su camino en la narrativa a gran escala y en la escritura «verdadera», que acaba de ejercitar en su breve relato «La condena». También para su protagonista empieza una nueva vida en un nuevo territorio, el continente americano. Quien quiera entender la narrativa de Kafka, verá en este libro el inicio de temas, constructos, estilos y espacios que predicen lo que vendrá.
Quien quiera saber de Karl Roßmann y sus peripecias en el gran país del progreso del capital, tendrá en esta novela motivo de deleite y de reflexión. Ambos verán a través de las páginas de El desaparecido que en la escritura de Kafka reina el cálculo, la lógica (dialéctica) y la desesperación, todo bajo el halo de una inquietud del yo por conocer, ordenar y entender, tal como lo exploró su época, en la ciencia y en la filosofía. Kafka se muestra ya en esta primera novela como el gran estilista que fue, de la palabra y del pensamiento. Mariana Dimópulos

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Sentados alrededor de una mesa redonda había tres hombres, uno era un oficial de navío, en uniforme naval azul, y los otros dos eran funcionarios de la administración del puerto, en uniformes negros estadounidenses. Sobre la mesa había varios documentos apilados, que el oficial sobrevolaba primero con la pluma en la mano para luego alcanzárselos a los otros dos, que leían o copiaban algunos extractos, o bien los guardaban en sus portafolios, si es que el que hacía casi todo el tiempo un pequeño ruido con los dientes no le dictaba algo a su colega para el protocolo.

Sentado ante un escritorio contra la ventana y de espaldas a la puerta había un hombre más pequeño que manipulaba unos grandes infolios alineados sobre un grueso estante a la altura de su cabeza. A su lado, una caja para guardar dinero, abierta y a primera vista vacía.

La segunda ventana, que estaba libre, tenía la mejor vista. Cerca de la tercera, dos señores dialogaban a media voz. Uno estaba reclinado junto a la ventana, llevaba también el uniforme del barco y jugaba con el puño de su espada. La persona con la que hablaba estaba vuelta hacia la ventana y al moverse dejaba al descubierto cada tanto una parte de las hileras de condecoraciones sobre el pecho del otro. Estaba de civil y sostenía un delgado bastón de bambú que, con ambas manos en la cadera, sobresalía también como una espada.

Karl no tuvo mucho tiempo para ver todo, porque enseguida se les acercó un auxiliar y preguntó al fogonero, como diciéndole con la mirada que este no era su sitio, qué era lo que quería. El fogonero respondió, tan bajo como había sido interrogado, que quería hablar con el señor jefe de caja. El auxiliar, por su parte, desestimó el pedido con un movimiento de la mano, pero igual se acercó en puntas de pie al señor con los infolios, dando un gran rodeo para evitar la mesa redonda. Este señor –se vio con toda claridad– quedó helado ante las palabras del auxiliar, aunque al final giró hacia el hombre que quería hablarle e hizo ademanes de fuerte rechazo hacia el fogonero y, por las dudas, también hacia el auxiliar. El auxiliar volvió entonces con el fogonero y dijo en un tono como de confidencia:

–¡Váyase inmediatamente de la habitación!

Tras esta respuesta, el fogonero bajó la vista hacia Karl, como si este fuera su corazón, ante el que lamentaba en silencio su desgracia. Sin pensarlo dos veces, Karl se lanzó hacia adelante y atravesó la habitación, rozando ligeramente la silla del oficial. El auxiliar lo siguió abalanzándose con los brazos abiertos, como si persiguiera un insecto, pero Karl fue el primero en llegar hasta la mesa del jefe de caja, a la que se aferró, para el caso de que el auxiliar intentara arrancarlo de allí.

Por supuesto que enseguida la habitación quedó convulsionada. El oficial de navío que estaba sentado a la mesa se levantó de un salto, los señores de la administración portuaria observaron con calma pero también con atención, los dos caballeros junto a la ventana se habían puesto uno al lado del otro, mientras que el auxiliar, creyendo que allí donde los grandes señores mostraban interés ya no debía meterse, dio un paso atrás. Junto a la puerta, el fogonero esperaba tenso el momento en que se requiriera su ayuda. Finalmente, el jefe de caja dio un amplio giro hacia la derecha en su silla.

Del bolsillo secreto, que dejó expuesto sin escrúpulos ante la mirada de esa gente, Karl extrajo su pasaporte de viaje y lo apoyó abierto sobre la mesa, como toda presentación. El jefe de caja pareció considerar el pasaporte como algo secundario, porque lo corrió a un lado tomándolo con dos dedos, a lo que Karl, como si con eso quedara cumplida la formalidad, volvió a guardárselo.

–Me permito decir –empezó entonces– que en mi opinión se ha cometido una injusticia con el señor fogonero. Hay aquí un tal Schubal que lo ha estado importunando. El fogonero ha servido de modo absolutamente satisfactorio en muchos barcos, y puede nombrarlos todos. Es diligente y busca hacer su trabajo lo mejor posible, por lo que en verdad resulta difícil de comprender que justo lo haya hecho mal en este barco, en el que la labor no reviste mayores dificultades, como ocurre por ejemplo en los veleros mercantes. Solo puede tratarse por lo tanto de una difamación, que ahora obstaculiza su progreso y le quita el reconocimiento que de lo contrario seguro que no le faltaría. He dicho nada más que generalidades sobre la cuestión, él mismo expondrá sus quejas específicas.

Karl se había dirigido a todos los señores con este discurso, porque de hecho todos lo estaban escuchando, y porque parecía mucho más probable hallar un justo entre todos ellos a que el justo fuera el jefe de caja. Astutamente había callado que conocía al fogonero desde hacía tan poco tiempo. Por lo demás, habría hablado mucho mejor si no lo hubiera confundido la cara roja del caballero con el bastón de bambú, que veía ahora por primera vez desde su ubicación actual.

–Es todo cierto, palabra por palabra –dijo el fogonero, antes de que nadie le preguntara nada, antes incluso de que alguien lo mirara.

Esta precipitación del fogonero habría sido un gran error si el hombre con las condecoraciones, que era el capitán, como entendió Karl de pronto, no se hubiera resignado aparentemente a escuchar al fogonero. Porque estiró la mano y en dirección al fogonero exclamó “¡Venga aquí!” con voz tan firme como para dejarse golpear con un martillo. Ahora todo dependía del comportamiento del fogonero, porque Karl no tenía dudas en cuanto a lo justo de su causa.

Afortunadamente quedó en evidencia en esta ocasión que el fogonero era un hombre de mundo. Con ejemplar calma y de un solo movimiento tomó de su maletita un manojo de papeles y un cuaderno, se dirigió con toda naturalidad hacia el capitán, ignorando por completo al jefe de caja, y desplegó sus pruebas materiales sobre el alféizar. Al jefe de caja no le quedó más opción que acercarse por su cuenta.

–Este hombre es un conocido pleitista –dijo a modo de explicación–, está más tiempo junto a la caja que en la sala de máquinas. Ha hecho desesperar a Schubal, que es una persona de lo más tranquila. ¡Escúcheme! –se volvió hacia el fogonero–. Está usted llevando su impertinencia un poco demasiado lejos. ¿Cuántas veces fue expulsado ya de las salas de cobro, como bien se merecía por sus exigencias siempre injustificadas, sin excepción alguna? ¿Cuántas veces se vino corriendo desde allí a la caja central? ¿Cuántas veces le hemos dicho por las buenas que Schubal es su inmediato superior y por tanto el único con el que debe arreglarse como su subordinado? ¡Y ahora viene incluso aquí, cuando se encuentra presente el señor capitán, sin avergonzarse siquiera por molestarlo a él, atreviéndose incluso a traer con usted, a modo de portavoz iniciado en sus acusaciones disparatadas, a este muchacho que veo por primera vez en este barco!

Karl hizo un gran esfuerzo por no dar un salto hacia adelante. Pero ya intervenía el capitán, diciendo:

–Escuchemos de una vez al hombre. Schubal se ha vuelto demasiado independiente con el tiempo, con lo que no pretendo haber dicho nada en su favor.

Esto último aludía al fogonero, resultaba natural que no pudiera ponerse de inmediato de su lado, pero todo parecía estar encaminado. El fogonero empezó con sus explicaciones y se esforzó desde el principio por tratar a Schubal de “señor”. Qué alegría sintió Karl junto al escritorio vacío del jefe de caja, donde de puro contento se puso a apretar una y otra vez una balanza para cartas. El señor Schubal era injusto. El señor Schubal favorecía a los extranjeros. El señor Schubal había expulsado al fogonero de la sala de máquinas y le había hecho limpiar los retretes, cosa que sin duda no era tarea para un fogonero. En un momento hasta se puso en duda la capacidad del señor Schubal, capacidad que al parecer era más aparente que real. Karl clavó los ojos en el capitán, con confianza, como si fuera su colega, solo para que este no se dejara influenciar en desmedro del fogonero por su forma un poco torpe de expresarse. De todos modos no sacaron nada en limpio de las muchas palabras y, aunque el capitán seguía con la mirada perdida, teniendo en vista solo la decisión de por esta vez escuchar al fogonero hasta el final, los otros señores empezaron a perder la paciencia y al poco tiempo la voz del fogonero ya no reinaba sola en la habitación, lo que despertaba ciertos temores. El caballero de civil fue el primero en poner en movimiento su bastón de bambú para golpear, aunque despacio, sobre el parqué. Los otros caballeros seguían alzando la vista de vez en cuando, pero los señores de la administración portuaria, con evidente prisa, volvieron a tomar las actas y empezaron a revisarlas, aunque algo distraídos aún, el oficial de navío se acercó otra vez a la mesa y el jefe de caja, creyendo haber ganado la partida, lanzó un suspiro cargado de ironía. Solo el criado parecía a resguardo de la incipiente distracción generalizada, por participar en parte de las penurias del pobre hombre puesto allí entre esos grandes señores, y asentía con seriedad en dirección a Karl, como queriendo explicarle con eso alguna cosa.

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