Si durante todo el proceso educativo desde la infancia se nos ha educado para amar la pluralidad; si nos han explicado una y otra y mil veces desde pequeños que «hablando cada cual con el fondo insobornable de sí mismo, es como comprendemos, como entendemos mejor, a los demás»[4], como decía Ortega y Gasset, entonces pisamos un suelo educativo firme.
Por último, conviene apuntar que estas páginas no desean ofrecer recetas para educar, sino reflexiones para su meditación y puesta en práctica. Además, las recetas se olvidan pronto. De forma contraria, lo que se medita queda interiorizado como criterio personal. Por esto, no nos ha importado que algunos conceptos centrales aparezcan repetidos.
Concretamente, en la primera parte del trabajo los temas son más generales, pues resulta esencial manejar con alguna profundidad algunas ideas sobre la propia sociedad plural, sobre pedagogía educativa, comunicación familiar, sobre las diversas cosmovisiones que entrechocan en el entorno social...
De modo distinto, en la segunda parte del libro se aplica la perspectiva de la pluralidad a parcelas educativas concretas, para evitar que nuestros hijos lleguen a la edad del difícil contraste entre los valores familiares y sociales sin preparación. Para ello, se proponen pautas prácticas sobre los temas de educar para la belleza, la formación de la atención, de la espiritualidad, sobre cómo atender el problema creciente del narcisismo, sobre la educación para el amor y para los temas formativos más clásicos —tratados con una perspectiva plural− como la educación de la inteligencia, la voluntad y la afectividad.
El tema es difícil, y tiene algo de incontrolable. O mucho. Y eso es parte del problema: que no hay pastillas milagrosas, que habría que leer más, reunirse con otros padres, seguir dándole vueltas, dialogar, corregir aspectos variados, volver a hablar, cansarse, pasarlo mal, etc. Con todo, se necesita un abordaje radical de este problema educativo afrontándolo antes de que aparezca, para conseguir que la soledad del adolescente sea acompañada y educada adecuadamente en el entorno familiar.
Espero poder ofrecerlo en estas páginas.
[1]Mariolina Cerriotti Migliarese, La familia imperfecta. Cómo convertir los problemas en retos (Madrid, Rialp: 2019), 29.
[2]Antonio Milán, Adolescentes hiperconectados y felices, Madrid, Ediciones Teconté, 2018, 45.
[3]Wendy Shalit, Retorno al pudor, 1999 (Madrid: Rialp, 2012), 316.
[4]José Ortega y Gasset, Meditación del pueblo joven y otros ensayos sobre América, 1916 (Madrid: Revista de Occidente en Alianza editorial, 1981), 13.
II.
¿QUÉ ES EDUCAR PARA LA PLURALIDAD?
1.
LA EDAD DEL CAMALEÓN Y DEL PÁNICO AL RIDÍCULO
Sentimos que no podemos ser felices si en la escuela los demás chicos nos han despreciado un poco. Haríamos cualquier cosa con tal de salvarnos de este desprecio; hacemos cualquier cosa.
Las pequeñas virtudes. Natalia Ginzburg
Durante algunos años organicé una Escuela de fútbol sala. La idea era atender a chicos de entre 9 y 15 años que por alguna razón no participaban en la liga que organizaba la Federación: bien porque no poseían buen nivel futbolístico, bien porque sus padres no los podían acercar a entrenar, tal vez porque realizaban otras actividades por las tardes… Pensé que habría muchos muchachos a los que les encantaría participar en su deporte preferido y que quedaban excluidos. Y resultó un éxito, pues durante sucesivas temporadas participaron más de un centenar de jóvenes futbolistas.
La actividad consistía en dos sesiones semanales. Los viernes por la tarde, asistían a las actividades teóricas: tertulias con futbolistas del equipo de la ciudad que acababa de ascender a la Primera División; también con árbitros o con periodistas; clases teóricas sobre técnica y táctica deportiva… Además, los sábados, entrenamiento y competición: nos habían dejado las instalaciones de un cuartel del Ejército que contaba con una explanada grande para entrenar y con cuatro canchas de fútbol sala para competir.
Al comienzo de una temporada, justo en el regreso del tercer día de competición, uno de los entrenadores me avisó muy alarmado, porque un jugador de su equipo había sustraído del cuartel un objeto sorprendente. En efecto, en la bolsa de deportes de un chico de doce años brillaba una bala de cañón de unos treinta centímetros. La había visto, le había gustado y se la había traído. Ahora, sencillamente, estaba arrepentido de su acción.
Reuní a los monitores para ver cómo resolver el lío. Teníamos un problema, pues aunque no era un misil de última generación, sino una bala de cañón antigua, tal vez usada como decoración en algún sitio del cuartel, ¿cómo explicar que un niño se había llevado un proyectil que pesaba más de 15 o 20 kilos? ¿Cómo reaccionaría el Coronel que con tanta generosidad nos había dejado gratis las instalaciones deportivas? ¿Qué futuro esperaba a nuestra Escuela de fútbol, cuya competición acababa de comenzar?
Entonces apareció el preadolescente en la habitación donde estábamos reunidos y nos dijo: “¡Tranquilos, que es solo una broma! ¡La bala estaba en la sala de estar de mi casa y la he traído para gastar una broma!”.
La adolescencia es el vuelo desde el pulcro nido familiar hacia el universo social roto, desde el cariñoso hogar infantil hasta la complejísima sociedad en la que se tendrán que integrar en un grupo de amigos para llegar a la juventud. Siguiendo la metáfora, se despega desde un reposado universo familiar y se aterriza en un mundo social cansado, en un aeropuerto donde abunda la soledad y el desamor. Y durante ese viaje, un fuerte riesgo de inautenticidad amenaza a esta edad maravillosa, pero vulnerable.
En este trecho de la vida se entrecruzan dos tendencias fundamentales. Por una parte, la imperiosa necesidad de encontrar un valioso ideal de vida auténticamente personal. Por otra, y con el mismo nivel de impetuosidad, la necesidad de realizarlo dentro de un grupo de iguales, de amigas y amigos de la misma edad. La primera directriz se nutrirá, fundamentalmente, de la educación familiar; pero la segunda dependerá sobre todo del ambiente social.
Ahora bien, ¿qué desenlace se vislumbra si no hemos sabido preparar a los hijos para afrontar el contraste entre los valores familiares y sociales al llegar la adolescencia?
Como refleja la anécdota del comienzo del capítulo, a los hijos se los debe formar con profundidad, porque no son idiotas. Es posible que para algunas facetas de la vida sean ingenuos y que, dependiendo de su edad, no puedan comprender algunas ideas demasiado abstractas. Pero en una sociedad compleja, se requiere una educación con profundidad intelectual. Para impartirla, sus padres necesitarán comprender con un cierto rigor los rasgos esenciales de la cultura en la que respiran. Así les ayudarán para luchar contra la tendencia al mimetismo y contra el miedo al ridículo, rasgos que irán creciendo al acercarse la edad adolescente, el tiempo en el que cristaliza o fracasa la educación familiar.
La cuestión no es sencilla. Pero evidencia la necesidad de abordarla con una cierta hondura, adecuada a la edad de cada hijo, para evitar el desconcierto futuro o la resignación. Los jóvenes necesitan una educación fuerte en la que sean tratados como personas que aspiran a un mundo perfecto, a una civilización donde prevalezcan el amor, la justicia y la belleza. Donde experimenten el respeto a la libertad de conciencia, sin relativismo. Porque los chicos pequeños y los adolescentes, aunque posean cierta ingenuidad y aún no hayan llenado su mochila con muchas experiencias, guardan en su interior una capacidad grande para comprender el mundo moral, tal vez mayor que la de muchos adultos.
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