Quizás los seres que más pánico le dieron fueran los arsar. Vivían en las grandes ciudades a la vista de todo el mundo, tenían vidas normales, con trabajos e incluso familias. Habían evolucionado tanto que habían adquirido el mismo aspecto que sus víctimas para pasar desapercibidos. Vivían en comunidades pequeñas y cazaban por todo el país en el que vivieran. Eran la principal preocupación de los romanos, sabían que su número estaba creciendo y que cada vez estaban adquiriendo más poder, pronto dejarían de vivir escondidos. Mostrarían su auténtica forma y someterían a la raza humana. Era un enemigo invisible que vivía entre nosotros alimentándose de nuestras vidas, deseos de una guerra.
Los romanos llevaban siglos cazándolos. Allá donde tuvieran pistas iban, investigaban y cazaban. A eso se dedicaba Lucius. Aún le costaba creer en todo aquello, pero si era verdad cualquiera estaba en peligro. Continuó leyendo, los arsar no son fáciles de matar, parece ser que tienen una fuerza extraordinaria y una gran velocidad, se le antojaba que eran como vampiros. Si los arsar eran reales quizás Bram Stoker se cruzó con ellos y le sirvieron de inspiración, aunque en aquellos libros no decían nada de que les afecte la luz del sol ni el ajo.
Óscar se levantó del sillón tambaleándose, demasiada información en tan pocos días, estaba sobrecogido con todo lo que había descubierto. No podía, más bien no quería creerlo, pero si así fuera le consolaba tener la amistad que estaba consolidando con Lucius. Desde luego, tenía que hablar con él de todo esto, pero no ahora, dejaría pasar unos días para digerir todo lo leído, que aun así era una muy pequeña parte de todo lo que escondía aquella biblioteca y era solo la biblioteca de un barco, no podía imaginar lo que guardarían en otro lugar.
Un sonido extraño alarmó de pronto a Óscar, seguido de unas palabras que no acertó a entender. Spirus se le acercó: durante el viaje Spirus no se separó de él, se le asignó la tarea de atender en exclusiva a Óscar durante el viaje.
—Hemos llegado, pronto desembarcaremos en el puerto de Equus, debería ir a su camarote y organizar su equipaje, Óscar.
Rápidamente Óscar se levantó para seguir el consejo de Spirus, el orden no era una de sus facetas y sabía que tardaría en recoger todo su camarote. Tenía hojas de anotaciones por doquier.
El director Keterman estaba perdido en sus pensamientos cuando una llamada le interrumpió. Al parecer había noticias referentes al periodista español, el nuevo equipo comenzaba a dar resultados.
Keterman se dirigía hacia la sala de control cuando se cruzó con el agente Parker y el agente Wallis. Tenían nuevos avances acerca de la operación que llevaban entre manos. Estudiaban la metodología de los legionarios, dónde habían sido vistos más regularmente, si había algún patrón en su forma de actuar… Su misión era encontrar una posible base romana en suelo norteamericano y tenían indicios para creer que habían encontrado algo, pero eso debía esperar, antes tenía que comprobar qué había descubierto el nuevo equipo de vigilancia.
Eran las cinco de la tarde cuando Keterman llegó a la sala de control. Había mucha excitación en el ambiente, parecía que tuvieran algo.
—¿Qué era tan urgente, Smith? —preguntó el director con voz ronca y autoritaria.
—Creo que tenemos algo, director Keterman —contestó Smith con un tono nervioso—. Tenemos una coincidencia del periodista del 80 %, compruébelo usted mismo.
—¿De dónde es esa imagen?
—De la estación de Atocha, en Madrid. Creemos que cogió un tren.
—¿Lo creen? —preguntó el director un tanto irritado; no quería deshacerse de otro equipo de vigilancia, pero la falta de resultados no podía continuar.
—Sí, director, debió de usar una documentación falsa y en los andenes no hay cámaras, señor, no hay forma de saber dónde ha ido, pero tenemos algo. —El técnico amplió una imagen de Óscar en la estación—. Mire, el hombre que le acompaña, creemos que es quien le ayudó a escapar, señor, y mire esto. —El técnico volvió a ampliar la imagen, esta vez sobre la mano de su acompañante—. Mire, señor, el tatuaje; son símbolos romanos, según los expertos se los tatúan cuando se casan.
Aquello consiguió dibujar una mueca de sonrisa en el rostro de Keterman. Por fin tenían algo, nada más y nada menos que el rostro de un legionario; eso era un gran avance, habían puesto rostro al enemigo y el rostro era el de Lucius.
—Buen trabajo, Smith. Sigan en esta línea de investigación, filtren la foto de ese legionario a todos los agentes de campo y a todas nuestras bases. Por el momento dejaremos al FBI y a la CIA fuera de esto. —Keterman era un hombre duro, pero también sabía reconocer el trabajo bien hecho, sabía recompensar a sus subordinados, y sin duda descubrir por fin el rostro de un legionario merecía una recompensa, no le gustaba premiar a sus hombres con alcohol, los quería frescos y al 100 %, prefería usar un buen filete Wellington de 750 gramos con su guarnición. Cuando el resto les vieran comer sin duda les darían la motivación suficiente para que se pusieran las pilas en sus operaciones, aquella era una técnica que Keterman tenía muy depurada.
Por lo que le dijeron, el puerto estaba en una pequeña ciudad llamada Equo Albo, situada al noroeste de la isla. Parecía increíble, pero estaba caminando por un puerto romano que no había cambiado prácticamente nada en dos mil años. Era como si de pronto hubiera aterrizado en la antigua Roma.
La ciudad no era muy grande, apenas la habitaban ocho mil personas. Tenía dos grandes avenidas donde confluían calles más estrechas. Óscar no podía cerrar la boca al contemplar la rica arquitectura de los edificios. Palacios milenarios custodiaban toda la calle salpicada por grandes jardines, plazas y edificios públicos. Las calzadas estaban decoradas con suntuosos mosaicos geométricos, salvo en las plazas, donde se representaban alguna escena. Óscar no podía creerlo, pero parecían hechos en oro.
Durante el viaje, Lucius explicó a Óscar que las familias romanas viven juntas en el palacio familiar. Él y su familia vivían en una villa situada al norte de la isla. Donde los caballos podían criarse con espacio y tranquilidad.
—Bienvenido a Equo Albo, Óscar. ¿Qué te parece? —preguntó Lucius, apoyando su mano en el hombro.
—Aún no puedo creerlo, todo esto es como un sueño, Lucius.
Aquel comentario produjo una sonora carcajada en Lucius.
—Bueno, Óscar, nosotros también hemos evolucionado, aunque estos edificios tengan dos mil años no es la misma Roma de entonces.
—Mi latín está muy oxidado, pero creo que Equo Albo significa «caballo blanco».
—Tienes buena memoria, Óscar. Como te dije, en esta isla veneramos a los caballos. Podrás comprobar que en muchos edificios públicos hay relieves que representan escenas de la cría de caballos, la monta o la batalla.
Lucius quiso enseñar la ciudad a Óscar antes de encaminarse a su villa. Le mostró la fabulosa biblioteca de la ciudad donde se guardaban lo más antiguos manuscritos sobre la cría de caballos, además de alguna de las obras literarias más importantes de Roma y del resto del mundo. Aquella no era la biblioteca más importante del imperio, pero eran increíbles las tallas en madera y piedra de las diferentes salas.
Como en el mundo antiguo, los ciudadanos de Equo Albo podían disfrutar de termas, teatro y de un pequeño coliseo situado en el centro de la ciudad. Lucius explico a Óscar que ya no había luchas a muerte de gladiadores, pero Roma era un pueblo guerrero y adoraba la representación de batallas o de un buen combate.
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