María Casiraghi - Nomadía

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Este libro constituye una valiosa pieza literaria que ofrece los rasgos más sutiles de una narrativa que se afana en resguardar sus raíces orales a la vez que construye una escritura que, pese a su concisión, refleja imágenes de un lirismo fascinante.En veintitrés relatos que componen una obra plena de estilo y libre de rigores formales, Casiraghi deja fluir una voz que se declara testimonial y que al mismo tiempo es capaz de construir personajes, paisajes y emotividades de una complejidad conmovedora. Por ello, las anécdotas que abrigan estas páginas no pueden considerarse meras transcripciones de una realidad, sino que trascienden este hecho; se transforman, como bien lo expresa la autora, en «bocetos de verdades». Y estos bocetos, gráficas de una Patagonia cálida y misteriosa (por mutable) son, a su vez, en palabras del crítico argentino Noé Jitrik, «un mundo doloroso, cercano y lejano al mismo tiempo, menos mito que tragedia ancestral y pérdida irrecuperable».

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En algunas de las introducciones a los relatos, hablo de un nosotros, incluyendo a mi compañera de ruta; en otras, la voz transcurre sola. Cuando la imaginación ha predominado sobre la realidad, algunos hechos, nombres de personas y lugares han sido modificados. Todos ellos son bocetos de verdades, desesperadamente mutables.

María Casiraghi

“Ya no es superfluo ningún hombre; pues todo individuo es él mismo y la especie.”

Soren Kierkegaard

A los nómades del mundo

La primera vez que vi a Eva, estaba en la ventana. Tomaba mate y no quise interrumpirla. Tenía en su mano un cuaderno amarillo y cuando entré, me lo dio. El cuaderno estaba mojado. Eva se rió diciendo que sólo era vino y me pidió que lamiera las hojas, así nos emborrachábamos un poco. Esta vez reí yo. Después dejé de reírme. Eva hablaba en serio. Me dijo que pronto moriría y que no quería hacerlo sin antes enseñarle a alguien la lengua que una vez aprendió. No quiero que la cadena se corte, me dijo, quédese y oiga.

Árida lengua

Para aprender a hablar tehuelche tuve que emborrachar a mi abuelo Camilo. Era noche cerrada y parecía que pronto llovería porque oíamos cada vez más fuertes los gemidos del cielo. Estábamos solos en el cuarto, mi abuelo y yo. Mi padre no había regresado del pueblo desde aquella última mañana de primavera en la que prometí no repetir jamás la palabra octubre. Mi madre se había dormido antes de lo acostumbrado. Mi hermano, nunca supe dónde hallarlo.

Había querido aprender la lengua tehuelche hacía ya mucho tiempo. Pero mis padres sólo lo hablaban de noche y en la oscuridad para que ni mi hermano ni yo pudiéramos verlos. Decían que así nadie nos molestaría después. Yo no entendía por qué hablar una lengua u otra podía determinar la vida que uno llevara de grande.

Mi padre no era indio sino turco y algunos dicen que por eso se fue. Muchas veces intenté convencer a mamá cuando nos quedábamos solas de que me hablara en paisano ahora que éramos todos indios y nadie nos podía delatar. Mientras se lo pedía sabía que no me estaba escuchando. Ella pasaba las horas en su cuarto durmiendo o llorando para tapar el silencio de esos pasos que no vuelven. Sabía oírla detrás de la puerta cuando se acostaba a rezarle a un Dios que nunca conocí. El resto del tiempo se sentaba en la cocina y me repetía en un español difícil que el pan de los blancos no le hablaba lo que ella quería escuchar. Yo la agarraba de las piernas y la apretaba fuerte rogándole mamá dígame cómo se dice abrazo en tehuelche, cómo se dice azúcar.

Al Camilo lo llamábamos abuelo porque se había hecho cargo de mi madre como un padre de sangre. Conocía la lengua tehuelche como todos los adultos y aunque también la callaba frente a los niños, sabía gritarla bien alto cuando estaba borracho. Así lo descubrí una madrugada en que daba vueltas por el valle tambaleándose y gritando palabras, en aquel entonces incomprensibles para mí.

Esa noche de tormenta fue la primera. Empecé a meter alcohol en la boca del abuelo Camilo lista para mi primera clase. Mientras el abuelo hablaba, yo iba anotando en unas hojas palabra por palabra y sin saber su significado las practicaba de día mientras cosechaba la tierra que mamá había dejado de trabajar. Después, a la noche, se las decía al abuelo cuando ya estaba en su quinto vaso de vino y como él no tenía con quién hablar ninguna lengua, abría su boca riéndose y me decía más palabras que yo seguía anotando en mi nuevo diccionario.

Mi abuelo se convirtió en mi cómplice y maestro. Durante años el ritual se repetía mientras mamá lloraba o dormía en la cocina o en la cama. De día Camilo nunca decía nada. Ni siquiera en español. Yo sabía que sus borracheras eran para él una manera inconsciente de conservarse. Nos embriagábamos en secreto y siempre sabíamos cuándo había que parar.

Pero una noche el abuelo no quiso detenerse. Había tomado bastante y quería más. Yo no quería darle porque entendí que lo que me pedía no era vino sino algún líquido que lo limpiara de sus culpas. Él no me lo dijo pero yo lo sabía. Cuando le negué otra botella se enojó y me la sacó de las manos diciendo en tehuelche que yo era demasiado chica y no podía seguir creciendo todas las noches junto a un viejo borracho y egoísta que siempre estaba hablando de más. Después me dijo que me fuera. Me lo repitió con los ojos, y obedecí.

A la mañana siguiente lo encontré muerto. Estaba tirado sobre unas piedras en una ladera cercana. Tenía la botella en la mano. Llamé a mamá y se lo mostré. Nunca supimos qué fue lo que le pasó. Mamá, que hacía años no salía de la casa, se lo llevó sin decirme a dónde.

Aún hoy practico las palabras del abuelo cada noche y también todas esas que nunca llegó a decirme. No las hablo con nadie porque nadie sabe que las sé, pero sigo escuchándolas cada vez que me siento en la noche a mirar el vino caer por la ladera, humedeciendo la aridez en la que habito.

Todavía puedo vernos, embriagados, los dos. Los ojos del abuelo dibujando círculos de fuego en los que me veía espejada como en un gran lago al caer el sol. Hoy pienso que no debería haberle hecho caso aquella noche. Él fue el que me enseñó que obedeciendo no se aprende. Cuando me lo pidió, debería haber mirado para otro lado, para seguir diciendo en voz fuerte y clara y en todas las lenguas posibles soy nacida en el Lote Seis, paisana, hija de una tehuelche pura que duerme y de un turco que no ha sabido volver.

Esta historia podrá parecerles simple, pero para ellos, que son los protagonistas, no lo es. Esta vez lo que hice fue dejar el grabador encendido sobre su mesa. Primero les pedí permiso a Juana y Olegario, diciéndoles que debía irme y volvería más tarde. Quería que hablaran de sus vidas sin que mi presencia los intimidara. Al volver para buscar el grabador, seguían en la misma posición que al despedirme. Cuando escuché la cinta esa noche, descubrí extrañada que, en lugar de sus diálogos, había un relato, tal como ahora lo leerán. El que narraba no era ninguno de ellos. Tampoco yo. Lo que también me extrañó fue que detrás de la voz grabada se oyera el pedaleo incesante de una bicicleta.

Vigías

—Ya debería estar acá, vieja.

Juana tenía las manos y la boca ocupadas. Oía las palabras de Olegario pero seguía tejiendo pues desconocía las respuestas. No podía precisar la hora en que Eduardito había dejado la casa en bicicleta para comprar querosén. Ya no recordaba si había sido de mañana o si estaba campeando la luz de la siesta. Las horas y la memoria habían ido conformando una masa difusa en ese espacio en donde habían decidido esperar juntos el regreso. Ella tejiendo y preparando la olla para el puchero. Olegario quieto a su lado, sin saber que el viaje y la olla eran pretextos.

Eduardito cumpliría diez años el próximo septiembre. Era junio y ellos no sabían por qué hacía tres meses que no regresaba.

—¿A qué hora dijo que venía?

Juana estaba cansada de oír a Olegario repetir las mismas preguntas, todas las mañanas, desde aquella vez en que Eduardito la agarró del brazo y besándole la frente la despidió diciendo: «cuando vuelva hacemos un enorme puchero para papá que está triste».

—¿Le agregarías papas a la olla, que estoy terminando con el telar? —le preguntó Juana a su marido, sin mirarlo.

Olegario había abandonado sus trabajos en el campo hacía más de tres años. El gringo le había explicado que ya no tenía sentido su presencia, que la lana no le daba ganancias, que la sequía, que el paso del tiempo. Pensaba seriamente en la posibilidad de vender todo y volverse a Europa y se disculpaba con Olegario alentándolo a buscar trabajo en el pueblo.

—Yo sólo sirvo para el campo, señor, desconozco el alfabeto —contestaba Olegario, decepcionado y sin fe, cada vez que el gringo amenazaba con irse.

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