Alejandro León Galindo - Arkoriam Eterna

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Los elfos impuros han encontrado una piedra demonio, o al menos eso es lo que creen. Krina, una sacerdotisa de su estirpe, es la única persona que comprende lo que realmente es y conoce el peligro de los poderes contenidos en esa piedra. Decidida a protegerse y proteger a su especie huye, perseguida por su pueblo que se siente profundamente traicionado.
Scar, por su parte, es un mercenario humano recién llegado a la villa de Solaria. Una villa olvidada por los Sellos que, pese a todo, tiene reservado un trabajo para él. Tendrá que ir en busca de un objeto particular. Su travesía hacia las mazmorras de Solaría lo llevará a encontrarse frente a frente con su pasado.
Los elfos lucharán por recuperar el poder de la piedra; Krina tendrá que confiar en Scar y los mercenarios para librar la gran batalla de Villa de Solaria por su supervivencia

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Esperando con paciencia en su escondite, el arquero observó con sus ojos castaños, tan agudos como los de un elfo, cómo dos de los orcos salían del pequeño campamento para hacer las primeras guardias, otro más vigilaba al par de jóvenes rehenes mientras los que quedaban calentaban en la hoguera lo que parecía ser carne curada. Después de analizar el terreno y a los adversarios, decidió que se encargaría primero del guardia que estaba junto a los prisioneros, luego de los que se encontraban de vigías y por último de los tres que cenaban. La distancia que había entre los orcos y el joven arquero era de unos cuarenta pasos largos. Lograr un disparo certero no sería nada fácil para un arquero común: no solo la distancia, sino la escasa luz que quedaba del día y el viento que soplaba de occidente a oriente hacían del disparo casi una proeza. Pero André Alexander no era un arquero común. Para ser un humano (y uno tan joven) tenía la precisión y agilidad de un elfo que ha entrenado por varias de sus décadas con el arco y la flecha.

El orco que cuidaba de los dos jóvenes los punzaba con su lanza constantemente como una forma de distraerse pues se encontraba en extremo aburrido. Reía y decía algo en su idioma que los muchachos no podían entender, seguramente una amenaza o una promesa de muerte. Los dos humanos trataban de arrinconarse contra una piedra lo más que podían en un intento inútil de alejarse de la mortal lanza. De repente los dos vieron pasar un destello plateado, uno que el enorme y feo orco no vio y murió sin saber qué o quién lo había matado. Una flecha había atravesado su cráneo de lado a lado haciéndolo trastabillar hasta golpear contra una pequeña roca que lo hizo caer para nunca más volver a levantarse. Casi de inmediato un centinela se dobló sobre una de sus rodillas mientras que en uno de sus muslos se clavaba otra flecha igual de veloz.

El primer disparo de André dio justo en el blanco y, casi sin respirar, caló la siguiente flecha en su arco y la disparó con premura y potencia más que puntería. Igual, había dado en el blanco. Ahora debía aprovechar la confusión para causar el mayor daño posible. Uno de los tres orcos que comían se había puesto de pie y se había girado hacia la dirección de donde había venido la flecha, tratando de pillar al enemigo furtivo. Error. Su enorme pecho era una diana fácil e indiscutible y la siguiente flecha del arquero terminó justo en el centro de este, atravesando su corazón. Otro más trató de correr por su alfajón, pero una flecha lo hirió en el hombro.

El segundo centinela empezó a correr hacia André, quien con cuatro flechas lanzadas en menos de un suspiro ya había delatado su posición; él lo sabía y tenía que sacar el máximo provecho al tiempo que le quedaba antes que llegaran hasta él. El primer centinela sacó con furia la flecha clavada en su pierna y, tomando de nuevo su lanza, siguió a su compañero para darle muerte al montaraz intruso.

Pero André no perdió la calma. Sin romper su concentración apuntó de nuevo hacia los dos orcos que aún se encontraban en el campamento, pues temía que trataran de matar a los jóvenes en represalia por su ataque. Pausando un poco su respiración dejó que sus sentidos lo guiaran hacia su enemigo: aguzó su vista, dejó que el viento que golpeaba su rostro le indicara su dirección y fuerza y finalmente soltó el proyectil que viajó como un rayo hasta impactar en la cabeza de otro de sus enemigos. Los orcos vigías estaban ya casi sobre él, pero no podía desesperar, tenía que mantener sus nervios bajo control: aún había un orco en el campamento y aunque estaba herido aún podía cargar un arma y usarla contra los muchachos.

No podía apuntar a la cabeza del orco; no con el poco tiempo que le quedaba, así que caló dos flechas a la vez en su arco sosteniéndolas con sus dedos índice y anular, apuntó al voluminoso cuerpo y dejó salir los proyectiles. Casi inmediatamente salir las flechas soltó su arco al tiempo que daba un bote hacia la izquierda para esquivar por los pelos la mortal lanza del orco vigía, que le había dado alcance. Sin perder tiempo y aprovechando el impulso se puso de pie y se alejó dos pasos del orco que atacaba por derecha al tiempo que descolocaba la posición de ataque del que cargaba por la izquierda. Ya de pie tuvo el tiempo suficiente para desenvainar su espada larga y desviar el arma de uno de sus contrincantes. Ahora se encontraba cuerpo a cuerpo con dos enormes orcos que intentaban flanquearlo y darle muerte.

Decidió que debía atacar primero al orco que estaba herido en la pierna, pues sería más lento y vulnerable, así que sin perder tiempo se abalanzó contra este a la vez que desenvainaba su espada corta. En un principio lanzaba estocadas con su derecha y mantenía la guardia con su izquierda, siempre caminando hacia su derecha para tratar de alinear a los dos orcos e impedir que lo flanquearan. Habiendo conseguido esto, aunque fuera por unos breves instantes abandonó la defensa y empezó a lanzar furiosas estocadas contra la pierna herida del orco, obligándolo a forzar el movimiento de esta hacia un lado y el otro, pero la enorme criatura resistía el dolor y mantenía en alto su defensa y, para empeorar la situación, el segundo orco había logrado zafarse del alineamiento en que los tenía el explorador y empezaba a buscar el flanqueo. Viendo lo que ocurría, André luchó desesperadamente por romper la defensa del primero y en un acto desesperado arrojó su cuerpo de frente, con sus espadas extendidas hacia el pecho de su enemigo, mientras el otro lanzaba una estocada mortal por uno de sus costados. El plan desesperado de André Alexander estaba dando resultado, cuando menos parcial, ya que había logrado ensartar con sus hojas el voluminoso pecho del orco herido y matándolo al instante al tiempo que, en cuestión de un suspiro, arqueó su espalda lo suficiente para no recibir de lleno el ataque del segundo orco, aunque sí le dejó un doloroso corte en uno de sus omóplatos. La inercia del cuerpo muerto del orco lo empujó hacia adelante haciéndolo caer con este. Al tratar de sacar sus armas del pecho del enemigo, la sangre hizo que sus manos resbalaran del mango. El orco que seguía de pie entendió perfectamente que tenía ventaja y sonrió cruelmente mientras se acercaba a su víctima. André haló con todas sus fuerzas una de sus armas y con un solo movimiento sacó la espada corta y la lanzó contra la criatura, tajándole el cuello.

El joven explorador quedó tendido boca arriba tratando de regular su respiración y de recuperar su compostura. Soltó un largo suspiro paliativo y tras un breve momento recordó que los prisioneros aún se encontraban en peligro. Se levantó tan rápido como pudo mirando hacia el campamento para ver con alivio que al orco que le había lanzado las dos flechas había muerto. Tomó las espadas, limpió la sangre orca en las vestimentas de una de sus víctimas, las envainó y recogió su arco.

—Han tenido suerte de que me encontrara por el lugar —dijo con voz calma el montaraz mientras desataba la cuerda que los hacía prisioneros.

—¡Gracias, mi señor, le debemos la vida! Soy Adur y este es mi hermano menor, Josh; hijos de Aduran, el granjero. Salimos a recolectar leña, nuestro padre está enfermo en cama así que debemos ocuparnos de sus tareas. Fue entonces cuando nos perdimos en el bosque, nunca habíamos entrado en este —comentó animado el mayor de los dos hermanos mientras sobaba sus maltratadas muñecas.

André no respondió de inmediato, lo que generó un silencio incómodo. Se alejó de ellos, recuperó algunas de sus flechas y finalmente dijo:

—Los regresaré a casa… o por lo menos a la villa más cercana. Debe haber más orcos en la zona, el sitio no es seguro. Los montaraces somos guardianes de la naturaleza y es mi deber ayudar a quienes se extravíen en ella si no son una amenaza para nadie, de lo contrario… —Dejó la frase en el aire y miró a los orcos muertos como si esto terminara la oración por él.

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