—¿Esperas que nos quedemos toda la noche junto a un cadáver? —respondió incrédulo el joven.
—¡Respétalo! —dijo amenazante Slain señalando al muchacho, quien de inmediato mostró remordimiento por su brusquedad, pues fue Thárivol quien lo había rescatado del gusano carroñero en el desfiladero.
—Agradece que no se trata de un orco. Si piensas ser un aventurero tendrás que acostumbrarte a este tipo de cosas, a dormir con la muerte..., a perder amigos… —Estas últimas palabras las dijo con un dolor nacido del alma y su mirada se perdió en los recuerdos.
—¡Que me la des! —gritó el joven y de un manotazo le arrancó la antorcha de la mano. Scar se levantó de la cama enceguecido por la ira. Erguido en su enorme estatura y más ancho que un soldado promedio, se enderezó como una montaña iluminada por el fuego ante el joven, que en ese momento se veía pequeño e insignificante. Los demás se pusieron atentos y llamaron a la calma, pero ya era demasiado tarde; el mercenario había descargado un potente puñetazo sobre la humanidad del joven golpeándolo justo en la cabeza. Fue una suerte que no le destrozara la mandíbula aun cuando lo dejó inconsciente en el acto. Antes de tocar el piso fue auxiliado por Efrand, quien miró con reproche al guerrero. Este, respirando algo agitado, miró a cada uno de sus acompañantes y sintió un poco de remordimiento. Solo un poco. No era la primera vez que tenía que irse a los golpes con alguno de sus compañeros de aventuras. Ignoró las miradas de reclamo de los demás y tomando la antorcha del piso se dirigió a ellos:
—Descansaremos hasta mañana, cuando nuestras heridas se encuentren mejor y nuestros músculos respondan conforme al esfuerzo que se viene por delante. El que no esté de acuerdo puede salir cuando quiera, no trataré de evitar que haga una estupidez como la este niño que juega con la herramienta de arado de su padre.
Una vez más ninguno discutió. Ya era claro que Scar se haría con el mando así fuera por la fuerza y nadie hasta el momento quería o le importaba tomar dicho mando; igual, reconocían la sinceridad y buen juicio de sus decisiones.
CAPÍTULO VI Gremio del Murciélago
Valentine caminaba por el mercado principal de la gran ciudad de Tabask. Se sentía un poco inquieto, como si quisiera saltar o festejar. Pero sabía que no debía, sabía que debía continuar su camino con la misma normalidad de siempre. Iba comiendo una fruta mientras con sus ojos agudos revisaba todo su entorno.
Ya estaba claro que no lo seguían y sabía entonces que su trabajo había sido perfecto, lo cual le preocupaba. «¿Tan silencioso? ¿Tan ágil y exacto he sido?». Con un movimiento de su cabeza alejó todo pensamiento de su mente y simplemente se enfocó en disfrutar el trayecto hasta la posada donde se albergaba.
Eran cerca de las siete de la noche; la mayoría de los mercados estaban cerrados y se oía un cierto bullicio típico de ciudades portuarias como estas: se trataba del sonido generado por docenas de marineros dispuestos a embriagarse mezclado con el de los visitantes de otras ciudades que buscaban un buen lugar donde comer o desde el cual apreciar el mar y las estrellas.
El aventurero llegó a su destino, arrojó una fruta a uno de los hijos del posadero, quien la atrapó con agilidad, miró con picardía al exmarinero y salió corriendo a esconderse para comer tranquilo el manjar sin que sus hermanos trataran de arrebatárselo. Valentine sonrió y saludó al hombre tras la barra.
«Qué bien me sienta tierra firme —pensó el aventurero—, qué agradable es recorrer las calles de una ciudad... Me siento como pez en el agua». Se echó a reír pensando en la ironía del dicho.
En las semanas que llevaba en el lugar había conocido las calles y las guardias y aprendió también un poco respecto de la política y modo de gobierno, aprendió con quiénes podía tratar abiertamente y de quiénes debía cuidarse. Descubrió asimismo que la ciudad se encontraba repartida entre siete grandes gremios de comerciantes y supo de inmediato que era en uno de estos grandes gremios que encontraría su estabilidad económica.
Sus habilidades podrían ser de mucha utilidad a uno de estos señores, y si sus lugartenientes no se habían fijado en él durante estas semanas, pues tendría entonces que forzar un encuentro «fortuito».
Valentine sonrió una vez más y comió con gusto. Los dados ya se habían lanzado sobre la mesa, ahora solo debía esperar a que terminaran de rodar.
Subió las escaleras de la posada para dirigirse a su cuarto y justo antes de introducir la llave en la cerradura de la puerta pudo notar algo que no estaba bien. Era un detalle pequeño, pero él había logrado verlo: se trataba de un pequeño rayón en la cerradura. La posada en la que se hospedaba era una de las más costosas de la ciudad y su pulcritud y belleza eran conocidas en toda Tabask: se fijaban en todos los detalles, incluso en los más mínimos, y este rayón no se encontraba allí cuando salió en la mañana; y muy seguramente había sido hecho después que asearan el lugar... O causado por una de las empleadas al entrar a ordenar el cuarto. Tal vez se estaba volviendo algo paranoico. Fuera una u otra cosa, no se arriesgaría.
Revisó minuciosamente la puerta para asegurarse de que no encontraría ningún tipo de trampa y al mirar con más detalle la cerradura pudo ver unas pequeñas mellas, imperceptibles para el ojo no entrenado, en el orificio de la llave, lo cual le indicaba que alguien había forzado la entrada. Finalmente abrió la puerta estoque en mano y con todos sus sentidos al máximo se adentró en el cuarto. Estaba muy oscuro, lo cual utilizó como ventaja desvaneciéndose en las sombras para ocultarse de aquel que hubiese entrado a su dormitorio. Pero nada escuchó, en el lugar no había nadie además de él. Ya más tranquilo envainó el estoque y encendió las velas del dormitorio para examinar con detalle qué podría haber pasado. Pero todo estaba en su lugar. Valentine soltó un suspiro que parecía más una pequeña risa, colocó las manos en la cintura y negó con la cabeza.
Y entonces lo vio. Justo detrás de una de las patas de una mesa que se encontraba en una de las esquinas del cuarto pudo ver un lánguido y fugaz brillo, delgado y fino como el de una tela de araña. El aventurero asomó el candelabro con el fin de observar mejor de qué se trataba. Sus sospechas se habían confirmado, se trataba de un cabello, un cabello rubio, largo y lacio.
Ahora entendía lo que había pasado: alguien se había tomado la molestia de entrar con el mayor sigilo posible en la habitación y había examinado con un cuidado pasmoso cajones y baúles tratando de dejar todo en su lugar para no despertar sospechas, pero Valentine, al abrir el cajón de la mesa esquinera, pudo ver que su astrolabio, un regalo del capitán Baka, ya no apuntaba a la estrella de Aurim que señala el norte para los marinos en el mar Ivinie, como a él le gustaba dejarlo, sino que se encontraba apuntando ligeramente al noreste, lo que quería decir que el intruso lo había desplazado de izquierda a derecha para revisar si debajo de este se encontraba lo que fuera que anduviera buscando y, al ponerlo de nuevo en su sitio, no se fijó en la posición correcta en la que estaba, o fue incapaz de dejarlo como antes, pues a fin de cuentas no cualquiera sabía usar un astrolabio.
Pero lo que andaba buscando el intruso siempre viajaba en uno de los bolsillos de Valentine. El humano tenía ahora la ventaja y sabía que vendrían a buscarlo directamente, así que trataría de aprovechar su ventaja.
***
La noche estaba bastante oscura, no había lunas y las pocas estrellas que no estaban cubiertas por enormes nubes titilaban débilmente, con pereza, como si no quisieran estar allí si no se encontraban acompañadas de las lunas de Arkoriam. Pero esto no era un impedimento para el intruso ya que sus ojos fueron hechos para adaptarse a la poca luz de la noche, así como los ojos de los animales nocturnos, que podían atrapar la poca luminiscencia de la noche cerrada y reflectarla al doble de su intensidad para ver mejor su entorno.
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