Alejandro León Galindo - Arkoriam Eterna

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Los elfos impuros han encontrado una piedra demonio, o al menos eso es lo que creen. Krina, una sacerdotisa de su estirpe, es la única persona que comprende lo que realmente es y conoce el peligro de los poderes contenidos en esa piedra. Decidida a protegerse y proteger a su especie huye, perseguida por su pueblo que se siente profundamente traicionado.
Scar, por su parte, es un mercenario humano recién llegado a la villa de Solaria. Una villa olvidada por los Sellos que, pese a todo, tiene reservado un trabajo para él. Tendrá que ir en busca de un objeto particular. Su travesía hacia las mazmorras de Solaría lo llevará a encontrarse frente a frente con su pasado.
Los elfos lucharán por recuperar el poder de la piedra; Krina tendrá que confiar en Scar y los mercenarios para librar la gran batalla de Villa de Solaria por su supervivencia

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En el otro lado de la batalla, Slain y Faldekorg habían logrado infligir bastante daño al enemigo. El humano guerrero, a pesar de su gran tamaño, era bastante ágil y blandía su espada de doble hoja con la elegancia y precisión con que lo haría un elfo. Por otro lado, Faldekorg asestaba casi todas sus flechas desde el otro costado. Trataba de ser muy preciso y se tomaba tiempo antes de soltar sus proyectiles pues en medio de él y el ciempiés se encontraba el cuerpo paralizado del joven de la guadaña.

Y entonces Slain se quedó quieto como una estatua.

«Solo un disparo más», pensaba el elfo tratando de no perder concentración.

«Solo un golpe más», pensaba el velkariano mientras defendía el cuerpo de Thárivol.

Y fue entonces cuando, veloz como una sombra, el lobo negro se abalanzó sobre el cuerpo del joven de la guadaña, derribándolo con fuerza, lo que le dio oportunidad a Faldekorg de hacer un disparo perfecto a lo que suponía la cabeza del animal.

Acto seguido, sin parar un segundo, el lobo se abalanzó sobre el segundo carroñero haciéndolo retorcerse, para que entonces Scar pudiera asestar un fortísimo golpe descendente que partió a la criatura por la mitad.

Humano y elfo se lanzaron miradas de mutua aprobación para luego mirar a Dérakruex, quien solo se encontraba parado allí, como si nada hubiese pasado.

—Bien hecho, Dérakruex. Tu ayuda llegó en el momento indicado —dijo el alto elfo al elfo salvaje.

—¿Qué haremos con ellos? —dijo Scar más para sí mismo que para el par de elfos.

—La parálisis solo durará unos minutos, no se preocupen, dentro de poco estarán bien. —Era la primera vez que el mercenario escuchaba hablar al elfo salvaje, que al parecer podía comunicarse con los animales, o por lo menos así lo había dado a entender Faldekorg. Su voz era muy suave y amable, aunque algo ausente. Igual, su mirada seguía perdida mientras consentía al imponente lobo negro.

Poco a poco los aventureros fueron recuperando el control de sus cuerpos y contaban con desagrado el pánico que llegaron a sentir, pues aunque se encontraban inmóviles, podían escuchar y ver todo lo que pasaba a su alrededor, al igual que podían sentir el dolor cada vez que uno de estos tentáculos volvía a golpearlos cuando los demás no podían protegerlos. Cuando ya se encontraban todos con sus cinco sentidos, continuaron su avance por el desolado desfiladero que ahora les permitía ver mucho mejor el camino que tenían por delante. La niebla gris había casi desaparecido.

Tras unos minutos más de caminar entre la ligera niebla, llegaron a una enorme y derruida verja que antaño guardara de intrusos la humilde cabaña hecha de madera que se encontraba detrás. Los muros que la acompañaban se encontraban también en un estado lamentable, derrumbado por secciones, impotente para detener a los visitantes no deseados… como el grupo de hombres que se encontraba frente a ella.

—¿Quién podría construir una casa en medio de la nada, de un desfiladero lleno de criaturas peligrosas? —preguntó Slain.

—Alguien más poderoso que los monstruos que rondan ese sitio maldito —respondió Faldekorg con tono sombrío.

—Ojos bien abiertos, todos bien cerca, no queremos más sorpresas —dijo Scar con su espadón en las manos, preparado para cualquier peligro mientras avanzaba despacio.

Tras pasar la verja encontraron una fuente en medio del camino. Pudieron suponer que en su época de gloria habría sido hermosa y elegante, pero ahora se veía tan lúgubre y desaliñada como el resto del lugar. Pasaron la fuente y vieron estatuas: gárgolas fieras que parecían proteger la cabaña, pero ni siquiera sus caras fieras pudieron amedrentar al grupo que había entrado en sus dominios, pues su determinación era resuelta.

—He escuchado historias de gárgolas que cobran vida, que despiertan con sed sangre —dijo el joven de la guadaña sin apartar la mirada de las estatuas. Todos pararon de inmediato y miraron las diferentes gárgolas que los rodeaban, guardaron silencio durante unos segundos y se formaron en un círculo apretado, reteniendo el aliento mientras esperaban que se abalanzaran sobre ellos para arrastrarlos a la oscuridad. Pero nada pasó. Luego todos miraron al joven, quien se encogió de hombros—. Bueno, son solo historias que he escuchado.

—Como lo son las historias de los dragones —contestó Efrand. La mayoría dejó salir de sus cuerpos una pequeña risa que los ayudó a relajarse un poco.

—No somos los únicos en el lugar —dijo Dérakruex en su tono sosegado mientras señalaba hacia el frente, a las figuras humanoides que se lograban distinguir entre la niebla, a unos diez metros—: hay varias personas allá.

Todos de inmediato se pusieron en guardia y avanzaron despacio. De un momento a otro pudieron distinguir cómo las figuras se giraban hacia ellos y empezaban a caminar. Al ver que ya habían sido detectados y que aparentemente los seres no estaban armados, Efrand empezó a hablarles pidiendo que se identificaran; sin embargo, solo una cosa se escuchó salir de sus bocas.

—¿Acaba de gruñirnos? —dijo Thárivol y casi de inmediato los cuerpos en la niebla dejaron de caminar para empezar a correr de manera intempestiva.

Los aventureros tomaron posiciones defensivas para recibir la carga mientras los dos elfos permanecían en la retaguardia disparando con sus arcos derribando a un par de enemigos. Cuando las criaturas se abalanzaron sobre ellos pudieron verlas mejor: eran de la estatura de un humano, pero sus pieles eran grises y sus bocas estaban llenas de colmillos afilados; sus manos terminaban en garras largas que, al igual que sus dientes, podían desgarrar la carne y triturar los huesos; sus ojos oscuros estaban llenos de furia, de hambre. Porque los ghouls siempre tienen hambre. Estas criaturas no muertas son el resultado de la corrupción de las almas humanas sedientas de avaricia. Es un castigo impartido por los dioses a los humanos que se dejaron arrastrar por la codicia.

En este duro combate lograron derribar a la mayoría de los enemigos sin recibir heridas de consideración en los primeros minutos, zanjando y bloqueando, perforando y esquivando. Empero, en poco tiempo se vieron sobrepasados en número tres a uno. Las criaturas los hirieron con sus garras causándoles gran dolor, cortando la piel como una daga corta el papel, mas el verdadero peligro en sus ataques viene cuando estas muerden a sus víctimas ya que, al igual que los gusanos carroñeros, tienen la capacidad de paralizarlas con su saliva putrefacta. Y una vez más, poco a poco los aventureros fueron quedando paralizados: primero Faldekorg y luego Dérakruex quienes fueron alcanzados por las criaturas al rodear la pequeña barrera defensiva; después el joven de la guadaña y Efrand, debido a su inexperiencia y al miedo que les recorría el espinazo impidiéndoles pensar con mente fría, y finalmente Slain, mordido mientras era flanqueado en medio del combate. Todos terminaron inmóviles una vez más esperando aterrorizados el momento de ser devorados vivos.

Afortunadamente la armadura de Scar y la agilidad de Thárivol los mantuvieron alejados de la sustancia paralizante y así acabaron con los hombres malditos antes que estos pudiesen dar una probada a los demás compañeros. Pero el peligro no terminó allí. Entre la niebla lograron ver a otro humanoide, este más alto que las demás criaturas, y de tez morada, que se dirigía hacia ellos. Rápidamente fraguaron un plan para emboscarlo valiéndose de las columnas que sostenían a las gárgolas, pero la criatura demostró ser astuta y sin dejarse engañar eludió la emboscada y atacó al semielfo por la espalda. Scar acudió rápidamente en su ayuda, pero al momento de acercarse pudo sentir un olor nauseabundo que era expelido por cada poro del ghast. Este gas pútrido le hizo sentirse mareado y débil, frenando su ataque de inmediato, lo cual fue aprovechado por el no muerto para morderlo a la altura del cuello y si bien la armadura del mercenario absorbió la mayor parte del impacto, los filosos dientes lograron alcanzar la carne del guerrero, quien soltó un grito de dolor. En medio de la sorpresa, Scar sacó fuerzas de su mismo sufrimiento y obligándose a mantener el control de su mente y de su cuerpo ignoró la sensación paralizante y, ordenando a cada uno de sus músculos que se movieran, logró soltarse del agarre del ghast, le asestó una potente patada en medio del pecho y lo hizo recular. Se tomó con una de sus manos la herida y retrocedió para tomar un segundo aire, mas no fue necesario ya que Thárivol empezó a lanzar cortes uno tras otro sobre el cuerpo del no muerto. Este intentaba atraparlo con sus peligrosas garras, pero el semielfo era demasiado rápido y esquivaba a izquierda y derecha cortando en cada regate una parte del enemigo. Gracias a la agilidad y certeza de Thárivol, el combate no duró mucho: después de varios giros de espada y esquivas, el semielfo enterró con fuerza ambas hojas en el pecho y cabeza de la criatura, destruyéndola del todo.

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