Jean Shinoda Bolen - Los dioses de cada hombre

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Los dioses de cada hombre sigue la línea fascinante del best seller
Las diosas de cada mujer. Si en su primer libro
Jean Shinoda Bolen tenía por tema central a la mujer, en éste de hoy se investigan los patrones internos que conforman las personalidades, las carreras y las relaciones de los hombres. La autora se sirve de los dioses griegos para explorar, tanto el mundo interior de los arquetipos, como el exterior de los estereotipos, y presenta de este modo una sensible y lúcida psicología masculina.Haciendo un repaso de esos dioses del mundo clásico, desde los autoritarios Zeus y Poseidón hasta el sensual Dioniso, pasando por los creativos Apolo y Hefesto, la autora enseña a los lectores a identificar a sus dioses regentes, a decidir cuál de ellos debe ser cultivado y cuál debe ser vencido. El objetivo es conectar con el poder de estos arquetipos y convertirlos en héroes de sus propias vidas.Los dioses de cada hombre exige un sondeo en las regiones más profundas de la psique masculina, y es un libro que ayudará tanto a los hombres como a las mujeres: los hombres se comprenderán mejor al revelárseles cómo elegir las opciones o los caminos más coherentes con los dioses que actúan en ellos, y las mujeres mejorarán sus relaciones con padres, hijos, hermanos y amantes, sabiendo hacia qué dioses se sientan atraídas y cuáles son incompatibles con sus expectativas.

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Los mitos que narran las historias de los hombres que estuvieron dispuestos a acabar con sus hijos y cómo fueron recompensados, son comentarios muy significativos. Nos hablan de lo que se valora en una cultura patriarcal: has de obedecer a la autoridad y has de hacer lo que necesitas para conservar la autoridad que ya tienes.

Este sistema de valores tiene consecuencias negativas directas en la relación entre padres e hijos. Los padres autoritarios reaccionan con ira ante lo que perciben como insubordinación y desobediencia, castigando a sus hijos (e hijas) por no hacer, por la causa que sea, lo que ellos les han dicho o lo que ellos esperaban.

La necesidad de mantener una postura de autoridad contribuye en el “peor de los casos” a situaciones de padres agresivos. Un hombre puede entonces enfurecerse con un bebé que no deja de llorar o con un niño de dos años que aún se encuentra en una etapa de desarrollo muy incipiente, y percibirlo como un insubordinado o que se está riendo de su autoridad (y no es por casualidad que este hecho también le haga sentir su propia impotencia para controlar lo que sucede). Esta reacción se considera paranoica. El padre no ve a su propio hijo como un niño que está manifestándose tal como es, que está haciendo lo que hacen los bebés y los niños de esa edad, sino que reacciona a lo que está percibiendo y abusa del niño.

Lo más frecuente es que el niño incite la cólera de un padre autoritario cuando se hace mayor. Puede que no haga lo que se le ha dicho, cuestionarse las cosas, no estar de acuerdo con su padre, rebelarse contra su autoridad. Desafiar la autoridad es una parte normal del proceso de aprendizaje y de descubrir las cosas por uno mismo.

La identificación con el agresor

Desde una perspectiva psicológica, el problema no es que el padre tenga autoridad y la ejercite. Los niños adquieren confianza y seguridad cuando hay una autoridad que establece límites apropiados y firmes. Pero las necesidades de firmeza del niño no se ven satisfechas si, bajo el disfraz de la autoridad paternal, el padre está expresando sus celos de ser sustituido emocionalmente o está reaccionando a su necesidad de demostrarle a su hijo quién es el que manda.

El padre está representando, pues, el papel de un enfurecido y distante padre celestial, que ve a su hijo como una amenaza para su posición. Dado que su rabia es irracional, el hijo inicialmente se siente confundido y herido. Esta situación se transforma en un resentimiento mutuo y un distanciamiento; paradójicamente también ayuda a que el hijo se comporte como el padre cuando sea mayor.

En el plano fisiológico, esta paradoja surge porque el hijo se “identifica con el agresor” en lugar de hacerlo con la víctima que en realidad es. Llega a rechazar las cualidades que él posee, que son las que provocaron la ira de su padre, aunque éstas no fueran malas.

Aunque a un hijo pueda desagradarle su padre que le critica, le amedrenta y descarga su ira sobre él, lo que sucede es que acaba odiando todavía más ese sentimiento de debilidad, incompetencia, temor, impotencia y humillación. Llega a odiar su propia vulnerabilidad por ser el blanco de la crítica punitiva y de la ira de su padre. Lo mal que se ha sentido y la idea de “maldad” se mezclan, confusión que la cultura patriarcal refuerza equiparando la conciencia de la vulnerabilidad a la debilidad, la cobardía y el no “tener agallas”. El amor hacia las cosas bellas, la sensualidad y la espontaneidad emocional son igualmente rasgos no masculinos que se han de ocultar o enterrar tan profundamente que nadie pueda percibirlos.

Los muchachos y los hombres han aprendido que demostrar compasión hacia una víctima puede ser peligroso en un patriarcado, que se arriesgan a la pérdida de su propia posición ventajosa. El riesgo es especialmente elevado cuando un grupo de hombres ejerce poder sobre otros y atormentan, golpean o incluso violan a una persona más débil o hacen daño a un animal. En mi práctica como terapeuta un hombre recordó las burlas y el ridículo al que tuvo que hacer frente cuando era pequeño al objetar y detener la tortura a la que un grupo de niños estaba sometiendo a un gatito. El precio que tuvo que pagar por su acción fue que siempre se metieran con él.

Otros me han hablado de su sentido de culpa y vergüenza por faltarles el valor para hablar e intervenir. Dicen: «no moví un dedo», y de ese modo dieron su consentimiento tácito a lo que un grupo de hombres del que ellos formaban parte hicieron a una mujer, a un homosexual, a un judío, a un asiático, mejicano o negro. Estos hombres procedían de familias en las que no habían sido victimizados y por lo tanto no se identificaban con el agresor de la misma manera que un muchacho que ha recibido malos tratos podría hacerlo más tarde. Sin embargo participaron en lo que estaba sucediendo, que es lo que según parece suelen hacer los hombres cuando están en grupo.

Cuando un muchacho que ha sufrido intimidaciones se hace mayor y adquiere poder, y se encuentra en la posición de ser capaz de hacerle lo mismo a alguien que sea más pequeño y menos fuerte, por lo general lo hace (por suerte hay excepciones). Las pruebas iniciáticas para entrar en una fraternidad de estudiantes, con sus azotes y otras cosas peores, y el agotador ritmo al que están sometidos los médicos residentes *** en los Estados Unidos, dura prueba a la que han de sobrevivir, y el modo como son tratados los “plebeyos” **** en la academia militar de West Point son iniciaciones hostiles perpetradas a la nueva generación por parte de la anterior que ya ha sufrido los mismos abusos.

El lema para justificar estos ritos de iniciación suele ser: «lo que me han hecho a mí, ahora yo te lo hago a ti», lo cual indica una clara identificación con el agresor. Las pruebas iniciáticas de fraternidad repiten la experiencia que muchos hombres tuvieron como hermanos pequeños en manos de sus furiosos hermanos mayores. El hermano pequeño es el receptor de la hostilidad y se encuentra en la misma relación de víctima predilecta de su hermano mayor, como éste lo fue para su padre. Esta repetición subyacente del patrón «lo que me han hecho a mí, ahora yo te lo hago a ti» no suele ser consciente, sino que actúa de forma automática.

La identificación con otros hombres

Es notable el hecho de que haya algún hombre que llegue a amar y a confiar en otro, en una cultura que propicia el distancia-miento y la competitividad entre los hombres. Tal como indican los informes sobre el estado psicológico de los hombres, la mayoría no se encuentra en ese caso.

Hay excepciones, momentos en que los hombres están verdaderamente unidos, generalmente cuando “están en el mismo barco” y la subcultura privada en la que viven temporalmente es igualitaria en lugar de ser patriarcal y compuesta sólo de hombres. Por algunos hombres, que ahora son profesionales con carrera, oigo hablar de una era dorada de compañeros de la infancia vinculada a haberse educado en barrios de clase trabajadora, a haber pasado veranos en los que nadie se marchaba de vacaciones y el grupo de amigos podía estar junto prácticamente en cualquier momento de vigilia. Eso era antes de que las chicas fueran importantes para ellos y antes de que fueran divididos en ganadores y perdedores. Más tarde, tuvieron que seguir caminos distintos, pero esta experiencia sentó la base para buscar la amistad con otros hombres. De igual modo, los hombres de clase alta que en la adolescencia partieron de sus hogares para estudiar en escuelas privadas, a veces hablan de haber formado parte de un grupo de amigos muy unido, a través del cual desarrollaron la capacidad de la amistad que se ha mantenido durante el resto de sus vidas. Los hombres que se alistan en el ejército y que llegan a depender el uno del otro en el campo de batalla también hablan de haber forjado estrechos vínculos con sus compañeros.

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