Los críticos están de acuerdo en que los boomer * han sido una generación notoriamente rebelde. Qué duda cabe de que parte de esa rebeldía fue protagonizada por individuos postconvencionales sinceramente interesados en reformar las facetas injustas, abusivas o amorales de la sociedad pero, del mismo modo –y, en este sentido, existe una clara evidencia experimental–, un porcentaje alarmantemente elevado de esa actitud rebelde se ha originado en impulsos preconvencionales que tienen grandes dificultades para adaptarse a la realidad convencional. Los lemas tan habituales de los años sesenta –«¡Luchemos contra el sistema!» o «¡Cuestionemos toda autoridad!»– pueden proceder, pues, tanto de las filas preconvencionales como de las postconvencionales […] y la evidencia indica que aquello ocurre con bastante más frecuencia que esto.
Existe un estudio ya clásico a este respecto que tuvo como objeto los participantes de la protesta estudiantil de Berkeley de finales de los años sesenta (fundamentalmente en contra de la guerra del Vietnam) que, según los estudiantes, estaba motivada por una perspectiva moral más elevada, aunque la investigación, sin embargo, concluyó que la inmensa mayoría no se hallaba tanto en los estadios postconvencionales del desarrollo como en los preconvencionales (es innecesario decir que había muy pocos convencionales/conformistas porque, por definición, la convencionalidad no es muy rebelde que digamos). Obviamente, la moral postconvencional y mundicéntrica de la minoría de activistas resulta muy encomiable (y con ello no me refiero tanto al contenido concreto de sus creencias como al hecho de que llegaron a ellas a través de un razonamiento moral muy elaborado). En cualquiera de los casos, lo que quiero recalcar es el egocentrismo preconvencional de la mayoría.
El ítem más fascinante de este tipo de investigaciones empíricas gira en torno a la gran diferencia que existe entre lo que podríamos denominar «pre» y «post», una diferencia que, lamentablemente, suele soslayarse por la aparente semejanza superficial existente entre pre-X y post-X (puesto que ambas son no-X). Con ello quiero decir, por ejemplo, que la no convencionalidad de las posturas preconvencional y la postconvencional (ya que ambas se hallan fuera de las normas y reglas convencionales) suele llevar erróneamente a confundirlas. En consecuencia, aunque «pre» y «post» suelan utilizar la misma retórica y la misma ideología , se hallan, de hecho, separados por un abismo en términos de crecimiento y desarrollo. Así pues, aunque casi todos los estudiantes de las protestas de Berkeley afirmaban actuar movidos por principios morales universales (como, por ejemplo, que «la guerra de Vietnam viola los derechos humanos universales y, que como ser moral, me niego a participar en ella»), la investigación demostró inequívocamente que sólo una pequeña minoría se hallaba en realidad motivada por principios morales postconvencionales y que la inmensa mayoría, por el contrario, estaba simplemente dejándose arrastrar por impulsos egocéntricos preconvencionales del tipo: « ¡A mí nadie me dice lo que tengo que hacer! De modo que haz con tu guerra lo que quieras».
Parecía pues que, en este caso, se utilizaron nobles ideales morales para justificar lo que, de hecho, no eran más que impulsos bastante menos elevados. Es la extraña similitud superficial que existe entre los estadios «pre» y «post» del desarrollo la que permite este tipo de coartada o, dicho en otros términos, la que permite que el narcisismo preconvencional aceche detrás de lo que de manera ruidosa se presenta como idealismo postconvencional. Habría, pues, que reinterpretar el supuesto idealismo de los boomer a la luz de estos hallazgos y diferenciar claramente entre lo preconvencional y lo postconvencional para no incurrir en lo que yo denomino «falacia pre/post».
Y éste es un punto realmente crucial, porque llama la atención sobre el hecho de que, sin importar cuán noble, idealista o altruista pueda afirmar ser una determinada causa –desde la ecología hasta la diversidad cultural y la paz mundial–, para ello no basta simplemente con impostar la voz. Son demasiados los críticos sociales que sólo asumen que, si los boomer hablan de «armonía, amor, respeto mutuo y multiculturalismo», deben estar haciéndolo desde una perspectiva idealista y no egocéntrica porque, como luego veremos, son muchos los casos en los que tan sólo se proclama a voz en grito eslóganes no egocéntricos como cortina de humo para ocultar el propio egocentrismo.
Y con ello, no estoy diciendo que todos los boomer sean culpables de incurrir en ese engaño, sino tan sólo que existe una actitud que amalgama, con demasiada frecuencia, la comprensión postconvencional y la motivación preconvencional a la que denomino « boomeritis ».
Una teoría de todo , 44-47
*Término con el que suele designarse a la generación que llegó a su mayoría de edad en los años sesenta (N. del T.) .
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