Yo no sabía qué decir o qué hacer… No había visto a mi marido en dos días porque la noche anterior me quedé dormida y no quisieron despertarme… Camambert estaba sentado cerca de la cama cuando entró mi marido con ambas manos extendidas y una sonrisa y me dijo: Hola, doña… Por un instante no supe qué decir o qué hacer, pero de repente yo también extendí las manos y lo abracé… Hola, querido… Le pedí a Camambert que se fuera… Lloramos un poco y nos abrazamos otra vez y me besó en la mejilla y yo a él y luego acarició mis manos y yo le acaricié la cara… Era tan conocida y nueva a la vez… Hablamos del pasado, de lo que hice y de lo que no hice, de la casa, de los hijos, de mi soledad y de su soledad… Le dije que tenía poquísimos amigos, porque él creía que yo tenía muchísimos amigos y amigas, pero no los pude contar ni con los dedos de una mano… Le hablé de mi necesidad de compañía y de mi necesidad sexual, y me dijo que él no necesitaba compañía porque en el campo o cualquier lugar sentía que formaba parte de un gran conjunto, y que sexualmente era muy inseguro y fácilmente se hacía impotente, que era más que sensible a problemas emocionales a este respecto… Nos reímos de muchas cosas, por ejemplo de mi cuestionamiento permanente al valor de la vida… Me dijo que debería vivir por él y por los hijos, pero le dije que no podía, que tendría que ser por mí… Que sólo así yo podría aceptar vivir, si quiero vivir yo, si estoy de acuerdo en que me gusta la vida de nuevo… Eso es lo único que me importa… Dijo que me comprendía… Hablamos de la necesidad de mantener cierta independencia, cierto territorio particular para cada quien… De la forma que hemos invadido esos territorios… Nos acariciamos todo el tiempo… Sentí gran amor por él… Gran amor… Diferente a antes, cuando lo quería a chorros… Quizás ocurra ahora que por primera vez seamos amigos… Posiblemente esto, o lo otro, o lo demás… No sé… Sólo sé dos cosas… No, tres… Primera: No sé si voy a encontrar una buena razón para seguir viviendo… Llevo aquí un buen tiempo y todavía no me acerco a una respuesta… Segunda: No sé cómo serían las nuevas relaciones cotidianas con mi marido… Por el momento sé que lo quiero y me llena de alegría saber que está allí cerca, a mi alcance… Tercera y última: Sé que a mis hijos los emocionó mucho el reencuentro entre su padre y yo… Después de todo somos entes tan primitivos y elementales, que actos pequeñísimos como un abrazo o un rechazo pueden afectarnos de vida o muerte… ¿Valdrá la pena luchar por la supervivencia de un ser tan primitivo como el humano?
Yo fui a Oaxaca para asistir a una cita con la Muerte. La Muerte tiene una relación muy íntima con el Amor. La Muerte me habla en francés o en alemán y por eso me han hecho pasar por loco. Todo el mundo. Cuando dije que era víctima de acontecimientos sobrenaturales relacionados con la magia negra. Sobre todo entonces. Además me dejé robar mi pasaporte, y en la Delegación hacían pasar a todo mundo antes que a mí. Yo dormía en los bancos, frente al Consulado. No me dejaban regresar a casa y no tenía qué comer. Todo esto a causa de la magia negra. ¿Saben? La magia utiliza los cabellos y ciertos hechizos… La alquimia es la cocina de los dioses. Ellos creen que hacen eso para hacer el bien. Yo he pasado por situaciones que me han quebrado la cabeza. Me advirtieron telepáticamente de eso con sonidos tan agudos que nadie más los podía oír. En Oaxaca viví momentos que mi padre ya me había contado. Creí que mi padre lo sabía todo, pero no era cierto, no sabía nada. Lo que he vivido en mis siete vidas… Luces, dibujos en el cielo, los bosques que hablaban en un lenguaje tan extraño, pero que yo podía comprender… Los otomíes brotamos del árbol de la vida, además es sabido que tenemos cabeza de madera, tenemos la cabeza dura. Ustedes saben, no se les puede hacer creer cualquier cosa… Lo que ustedes llaman la realidad… Hay otra muy diferente… Se dice que es sobrenatural… Pero no es verdad. Yo estoy esperando la llegada de la Muerte. No debe tardar.
Yo descubrí que sola tengo un centro de gravedad diferente del que las personas que mantienen una relación…
Yo estoy nuevamente hundida en esta desesperante agonía que es mi tristeza. Me hundo, irremediablemente me hundo. Algo me impide salir a la superficie, es en vano luchar. Y es en vano llorar. No he cambiado. No lo he superado. Mi tristeza sólo tiene un nombre: Ninguno. Mi inseguridad y mis miedos y mis fantasmas sólo tienen un origen: Ninguno. ¡Ninguno! ¡Ninguno! ¡Ninguno! ¡Siempre presente en mi vida! ¡Por Dios! ¡Estoy desesperada y mi angustia es aún mayor cuando reparo en que he estado tratando todo el tiempo de engañarme! Me he ocultado a mí misma mis propios sentimientos. ¿Qué significa Ninguno en mi vida? Esta respuesta podría resumir los últimos tres años de mi biografía. ¿Es acaso que lo amo? ¿Es eso? ¡Contesta por amor de Dios! ¡Contesta de una vez! ¡Admite la verdad! ¡No trates de engañarte! ¿Lo amas? ¿Lo que deseas en esta vida es pasar todo el tiempo a su lado? ¿Amarlo para siempre? ¿Tener hijos suyos? No lo sé. ¿Cómo saberlo? Lo único que acierto a hacer es pensar en Alguno. Alguno es como mi punto de referencia en una tempestad, como la luz que indica el camino. Pero me pregunto: ¿es justo? ¿Es justo utilizar a Alguno para salir adelante? No, lo que es peor: ni siquiera sé si esto es utilizarlo. Además ¿soy incapaz de superarlo por mí misma? ¿Cómo puedo ser tan desquiciantemente indefensa? ¿Soy acaso un ser débil? Es despreciable ser débil. No quiero. Quiero ser fuerte. ¿Qué me ocurre? ¿Por qué esta tristeza?
Yo quiero ser cazador de volapiuk. Sabueso de jerigonzas. Sinólogo del francés. Glotón del vocabulario, la sintaxis y las figuras. Quiero zamparme todas las golosinas y engullir como un ogro. De ese género que le dicen “literario”, pero de la variante tragona de la letra. Letratracándose. Lexicólatra…. (Serge André).
Yo creo, al contrario de lo que Freud podía pensar en 1909, que no es el escritor quien prolonga el sueño, y por lo tanto el dormir. De ello se encarga el discurso del mundo…
Yo creo que el perfume de mi ex me devuelve a una antigua realidad. Su sonrisa. Eran las ocho y primero fuimos a merendar al Denny’s y luego a ver Los tres días del Cóndor. Encontramos a Guan Yin y Grendel y a Renenet y amigos. La película fue larga pero entretenida y regresamos como al cuarto para la una. Al llegar a casa el doctor Guenechen iba en esos momentos caminando por la calle empedrada y nos saludó tan amable y sonriente como siempre. Me preguntó si me había divertido y le dije lo que habíamos hecho, pero sintiéndome como niña que le explica a su papá que fue al cine cuando en realidad se fue a acostar con su novio o a bailar o a besarse… ¿Por qué tengo sentimientos de culpa aun por cosas que no he hecho?… Al despedirnos mi ex me dijo que mañana no sabe si puede verme, que tiene que terminar un trabajo… ¿Para qué darle vueltas al asunto? ¿Acaso no he vivido los últimos veinticinco años oyendo las mil y una variaciones sobre este mismo tema? Bach y las variaciones Goldberg…
Yo tenía dos días de nacida cuando dejamos la clínica y mi madre me llevó a casa. Lo sé porque muchas veces me lo han contado. Recuerdo perfectamente que me pusieron en una cuna con barandales de latón, y recuerdo con precisión aterradora cuando abría los ojos por las noches y veía la nada. Estoy segura de que cuando mamaba debía de amar tanto el pecho que quería tragar lo máximo, y por eso, recuerdo, me atragantaba, porque tragaba torcida. Puedo recuperar el miedo de sofocación.
Yo recuerdo lo que experimentaba cuando mojaba mis pañales y mi padre tardaba en cambiarme. Cuando permanecía mojada tenía la sensación del cuerpo de otro bebé pegado a mí, y me ponía a gritar porque tenía miedo de que, cuando me lo quitaran, mi piel quedara pegada a la suya, y yo totalmente desollada… Me recuerdo a mí misma, de niña, sentada en la bacinica. Recuerdo mis sensaciones del esfínter anal, mi miedo a perder un pedazo de mi cuerpo, el placer experimentado cuando el esfínter se volvía a cerrar y recobraba la seguridad de la unidad de mi cuerpo…
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