Gustavo Sainz - Salto de tigre blanco

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Salto de tigre blanco: краткое содержание, описание и аннотация

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Un profesor universitario, catedrático de Literatura y erotismo, se casa con la más bella de sus alumnas. Este matrimonio se prolonga durante muchos años, en los cuales procrean tres hijos; viajan y sufren el deterioro terminal que los lleva a vivir separados e incomunicados en la misma casa. Ahora recuentan los daños tratando de establecer cuándo fueron más auténticos: ¿en 1952 o en 1986?, ¿en 1979 o en diciembre de 1995? Intentan fijar los límites del «yo», responder a preguntas como ¿qué es una persona?, ¿un cuerpo?, ¿nuestra capacidad de producción?, ¿el grupo social en el que interactuamos?, ¿una memoria insomne?, ¿un cerebro dividido?, ¿un irreprimible deseo?… ¿Será posible establecer la felicidad anhelada? ¿Valdrá la pena intentar de nuevo esta relación? Pero ¿quién habla a través de ellos? ¿Un sistema? ¿Una ideología? ¿La religión? ¿Los prejuicios? ¿La historia? El profesor y su compañera se encuentran, se desencuentran, se aman, se odian, se buscan, se desean, se rehúyen, se deslumbran, se abandonan, se declaran, se necesitan… ¿Será esta una novela de amor?

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Yo creo que hay una edad en la que se olvidan de pronto todas las canciones… Siempre me la pasaba tarareando o simplemente recordando canciones… Cuando fui a Acapulco con mi joven amante traté de recordar canciones… Todo el camino quise recordar las canciones que tanto me han acompañado… Nada… Se fueron todas excepto dos. Strangers in the Night y Call me, don’t be afraid but just call me, maybe it’s late but just call me, call me and I’ll be around… Dormité… Soñé que estaba en un hotel elegante, acostada con la mano entre las piernas, muy bien vestida… Por todas partes había oro… Creo que yo misma estaba hecha de oro… Le pedí al botones que me trajera una muchacha bella y un trombón también de oro… Hacíamos algún juego de palabras que no puedo recordar porque parece que estaba hablando dormida, y entró una enfermera y se sentó a mi lado y se quedó conversando un buen rato… Le conté que en mi familia somos muy desorganizados pero muy felices… ¿Felices?

Yo no soy yo… aquí. Yo no soy yo en ningún lado. Sólo cuando leo, sólo cuando descubro una brizna de mí misma. ¿Qué busco? ¿Qué deseo de esta vida? Me siento absolutamente diferente a todos. No soy igual a nadie. Esto me produce una sensación de soledad. No sé qué hago en medio de todos los seres que me rodean. ¿De dónde vengo? ¿Adónde iré? Quiero respuestas. Quiero dejar de llorar. Quiero poder estar un día, un solo día sin conflictos, sin temor, sin tristeza. ¿Cómo existir? ¿Quién soy yo? ¿Por qué debo amar? ¿Por qué debo tener una amistad? ¿Por qué he de tener un hijo algún día? ¿Por qué he de buscar pareja? ¿Por qué vivo en una familia? ¿Por qué nací? ¿Nacer es una imposición? ¿Lo elegimos nosotros? ¿Moriré algún día? ¿O existiré después de esta vida? Hay sólo una vida. Debes vivirla como si cada segundo fuera el último. Es un clisé abominable como todos los clisés. ¿Pero quién dice que yo quiero vivir esta vida?

Yo recordé un perro y un marrano chillando en San Salvador o en Chiapas y lo mataron y vi el cuchillo sanguinolento, le salió sangre… Me amarraron las manos en el hospital como a un animal… San Salvador es un nombre absurdo… Chiapas es otro nombre absurdo… Tapachula es el nombre más absurdo de todos… Sentí afecto… Fuiste amable, papá, fue amable, en su biblioteca me dejó jugar con pegamento… Me pegué los dedos para que no me los cortaran… ¿Quién me los quería cortar? Ay, me agarré los genitales y te voy a cortar los dedos dijo ese viejo… O se lo dijo a mi hermano por masturbarse… Entonces fue mamá… Fue ella quien se lo decía a mi hermano… ¿Se lo habré dicho o no? ¿Qué me hizo ese viejo baboso?… Se abrió la bragueta y sacó su verga e hizo que se la tocara… Al año y medio una es muy chica, pero él podía tocar mi sexo aunque creo que no lo hizo… Sólo metió su verga entre mis dos manos… Acabo de sentir náusea… ¿Sería el cereal de ayer o el viejo ese?… Me movía mis manitas y luego eyaculaba… ¿Cuántas veces?… Tres o cuatro… Y luego me llevaba a pasear o me llevaba para casa… Me sentaba en sus piernas… Cuando me senté en las piernas de mi papá en Montevideo ya sabía lo que era una verga erecta… Me sentía incómoda… Y sabía lo que era una verga erecta cuando inflaba las cáscaras de los platanitos dominicos como si fuesen vergas… No era lo mismo la verga de mi hermano… Una verguita de niño… Yo ya sabía lo que era una verga de hombre…

Yo llegué al departamento y todo estaba en silencio. En el camino pensé fascinado en la belleza de Armonía. La jornada se fue muy rápido porque ella no tiene coche ni tendrá por un par de días. Al ir por ella y regresarla a casa la hago depender de mí y además la secuestro durante horas. Es increíble la cantidad de tiempo que hemos pasado juntos. Más de ocho horas cada vez que nos vemos. El amor, empiezo a creerlo, es básicamente un problema de tiempo. Me deslumbra Armonía. Añoro la perfección de sus senos y su vello púbico desplegado como una bandera pirata o un animalito agazapado. Advierto que una mujer es bella en la medida en que encarna las secretas aspiraciones de quien la mira. Imaginaba a una mujer perfecta y maravillosa que además respondiera a mis solicitudes y necesidades. Robert Benayoun en su Erotique du surréalisme, presenta esta necesidad ex nihilo: “Hombres de ciencia, poetas, filósofos han invocado a una Eva futura, dotada de seducciones deslumbradoras y poniendo en ellos de relieve, a la vez, una actitud circunspecta acerca de la inminencia de un posible matriarcado y esa eterna preocupación de volver perfectible su equipamiento sexual, de solicitar aunque fuera de la nada la compañera milagrosamente adecuada a sus dones y necesidades”… Sólo que en mi caso la mujer imaginaria, la mujer soñada, la mujer metafísica, se volvió milagrosamente real…

Yo le digo a mi profesor que quiero escribir algo sobre nuestro mundo de hoy. Y él que ha malentendido tantos libros, empieza a regañarme aseverando que “ya se ha dicho todo lo que se puede decir”, y luego remarca que “sin hablar ya del Eclesiastés, del hacedor de faustos ni del loco intérprete de Hamlet”, y peor, “no me interrumpa que no lo tolero”. Entonces me senté dispuesto a escucharlo. “¿Va a atesorar más sabiduría que Laotsé o hacer algo más cretino-erótico-superrealista que los Cantos de Maldoror? ¿Va usted a sondear a mayores profundidades y altitudes humanas los abismos y las cimas de los demonios de los hermanos Karamazov? ¿Va a poder ir en pos del tiempo fuera del tiempo-espacio a mayor velocidad que la de Proust, o azotar a la vida prisionera del espacio-tiempo con mayor encarnizamiento que en el Voyage au bout de la nuit? ¿Va usted a saber situar al hombre-descarrilado-en-una-sociedad-tortuosa mejor que el amante de Lady Chaterly lo sitúa en sus justas proporciones de animal viviente y pensante? ¿Sabe usted manejar las palabras más lúcidamente que Lenin, más naturalistamente que Zolá, más figuradamente que la Biblia? ¿Le será posible ser más solemne e infalible que el papa de Roma, más feérico e inmoral que Las mil y una noches, más celestial que la Imitación de Cristo, más astuto y sutil que el José Gorostiza que hizo Muerte sin fin, más trágico-rústico que Juan Rulfo? ¿Y acaso puede usted garabatear algo más sarnoso-incrédulo-pornográfico moderno que el Trópico de Cáncer? ¿O más miserabilista-romántico que Félix B. Caignet?”… Y como no parecía querer callar empecé: Es posible que sea imposible decir algo nuevo, profesor, pero sobre todo lo escrito se va posando el polvo de los tiempos, y por eso cavilo y acabo por creer que es bueno que cada 10 años venga otro y haga cruz-y-raya sobre todas las cosas viejas y vuelva a enunciar el-mundo-de-hoy con otras palabras…

Yo no estaba en casa cuando habló Ninguno, lo cual me pareció increíble, pues no hubiera sabido qué hacer, qué decirle. Está en México… Al día siguiente, o sea ayer, vi a Alguno. Después de hacer el amor, todavía abrazándolo, le platiqué que Ninguno me había llamado. En ese momento sentí una gran necesidad de contarle cómo había sido mi relación con él. Le conté la forma en que me humillaba —creo que no es otra la palabra— al decirme que yo no estaba nunca bien arreglada, que era fachosa, que no sabía sacarme partido, etcétera. Le conté que cada vez que salía con él me sentía terriblemente fea y absolutamente tonta… Yo era la niña más fea del planeta. Ninguno me hacía el favor de salir conmigo. Conmigo, que no era bonita ni inteligente, ni tenía dinero. ¡Y él salía conmigo! Sí, así de grotesco era todo a su lado. ¿Por qué no reaccioné? ¿Por qué nunca me pregunté que si yo no le gustaba cuál era el motivo para que saliéramos juntos durante más de dos años? ¿Por qué permití que me humillara? Todas estas interrogantes se las formulé a Alguno, y él —con la dulzura más infinita— me explicó que porque yo era muy, muy inexperta, me dejaba convertir en objeto dependiente de los caprichos del “poderoso”… Yo le conté que aun ahora me sorprende haber permitido todo eso… Era masoquista, sin duda… O empezaba a serlo… Pero escapé, escapé porque en el fonde de mí quedaba el profundo asco que merecen las uniones sádico-masoquistas-dependientes.

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