Ninguno, ¡cuánto rencor te guardo! Todo entre nosotros dos ha finalizado. Quiero mucho a Alguno. Me apena, me avergüenza terriblemente haber sido celosa el jueves. ¿Con qué derecho imagino a Alguno como un objeto que me pertenece? Tengo que vigilarme a mí misma, tengo que vigilar esas actitudes prestadas. No soy celosa, pues razono. Me parece perfectamente lógico y normal que Alguno vea a Pesadilla, que es su amiga y trabaja con él. Yo no tengo por qué oponerme a esa relación…
Yo te veo triste.
Es que estoy triste, muy deprimido. Lo estoy.
¿Por qué?
Estuve pensando ¿qué va a ser de mí si algo te pasa a ti?
¿Eso es un deseo?
No. Una justificación para consentir mi tristeza. Nunca estoy triste cuando estoy contigo.
Y qué me cuentas de esa vez que salí a la tienda y no pregunté si te podía traer algo.
Eso no era tristeza. Era irritación.
Si tú lo dices… ¿Quieres algo de la tienda? Acabamos de usar todas esas cosas francesas para hacer cosquillas.
Igual al Lubriderm.
¿No hay nada personal, sólo para ti, que tú quisieras?
Nada. Aunque estoy bastante ofendido porque no me pides que te acompañe.
Bueno, algunas veces me gusta estar solo.
De ida y vuelta a la tienda no conseguirás mucha soledad.
Ok, acompáñame, ven, vamos, ándale.
No, hoy no tengo ganas. Nunca.
¿De veras? Yo creo que te gusta hacerte del rogar…
Yo llamé por teléfono y me presenté como una colega. Con tono de gran urgencia pedí que me atendieran lo más pronto posible. Me citaron para el día siguiente y me presenté lo mejor arreglada que pude, aunque sin poder controlar mi angustia. Demandé la existencia de la doctora para luchar contra mis crisis de deshumanización. Sin signo anunciador alguno le dije, me invade una energía incalificable que me obliga a ponerme a correr en redondo en mi cuarto gritando sin parar y arrancándome mechones de cabello. Estas crisis duran entre un cuarto de hora y una hora, y terminan tan repentinamente como llegan, pero me dejan en un estado de postración acompañado de una sensación de extraña deshumanización. Las crisis comenzaron hace mes y medio. Al comienzo sólo se presentaron al atardecer o en la noche, cada cuatro o cinco días. Pero hacía dos semanas y por primera vez, una de estas crisis se me presentó un sábado por la mañana, y desde ese momento vivo con el temor de que eso se repita cuando ando en la calle o en el lugar donde trabajo. Hablé con el psiquiatra y me dijo que lo que tengo son crisis de histeria, y que se me quitarán con Librium. Me pone en un estado de rabia absoluto que me califiquen de neurótica. Eso es falso. Archifalso. Si a toda costa se quiere poner una etiqueta a mi problema, habría que hablar de defensas paranoicas ¿no cree usted? Lo malo es que no sé qué hacer para evitar estas crisis, y el miedo que tengo de que me sobrevengan en público me impide salir y obliga a vivir retraída, encerrada…
Yo creo que hay dos ideas dominantes sobre el cuerpo en El siglo de las luces. Una sería la del cuerpo que sufre los tormentos inevitables de la Revolución, y su escape momentáneo a esos errores mediante encuentros con parejas equivocadas. Y la otra sería la de las fuerzas primarias vistas en la sensualidad no inhibida de la vegetación salvaje (y la ceiba), el mar y el caracol, y la unión complementaria del hombre y la mujer, Esteban y Sofía. Esteban experimenta un estado místico en la selva adonde simbólicamente copula con la ceiba: “Una exaltación inexplicable, rara, profunda, alegraba a Esteban… Trepar a un árbol es una empresa personal que acaso no vuelva a repetirse nunca. Quien abraza a los altos pechos de un tronco, realiza una suerte de acto nupcial, desflorando un mundo secreto, jamás visto por otros hombres”. (Carpentier 157-158). Meditando en el caracol, Esteban entiende la unión entre el mar y el caracol. Sofía también aprende lo mismo del mar. Ella llega a representar para Esteban una diosa terrenal, virgen, madre y amante del hijo que ha creado. Sofía, como su tocaya gnóstica, es la intermediaria entre el alma del mundo y de las ideas o plenitud. Aunque tendría que pensar cómo acomodar esa escena con el varonil Billaud-Varennes escribiendo a la luz del candil, descamisado, y “cerca de él, echada sobre un camastro, la joven Brígida, desnuda, se abanicaba los pechos y los muslos con un número viejo de La décade philosophique” (Carpentier 201). ¿El cuerpo como ícono aireado por las ideologías? ¿Y esa otra imagen con Sofía, un amanecer? “Las palabras cobraban un peso nuevo. Lo ocurrido —lo no ocurrido— adquiría una dimensión enorme. Crujió la puerta y pintóse, sobre las luces de un verdoso amanecer, una forma humana que se alejaba lentamente, arrastrando las piernas, como agobiada. Sofía quedaba sola, llena de latidos, descabellada, entregada al desasosiego, con la impresión de haber salido de una prueba terrible. Su piel tenía un olor raro —acaso real, acaso imaginario— del que no lograba desprenderse: olor fosco, animal, al que ella misma no era ajena. Aumentó la claridad en su habitación. Junto a ella demoraba, en honduras, una presencia que había dejado marcada la huella de su cuerpo. La joven se dio a arreglar el lecho, manoteando a diestro y siniestro para que las plumas volvieran a hinchar la envoltura. Hecho esto, se sintió profundamente humillada; así debían arreglar sus camas las rameras —las de allá, del Arenal— luego de yacer con un desconocido. Y también las vírgenes roturadas, mancilladas, al despertar de sus nupcias. Lo peor había sido eso: ese arreglo, ese alisar, que tenía algo de complicidad, de aquiescencia; vergonzante reparo, secreto gesto de amante afanosa de borrar el desorden dejado por un abrazo” (Carpentier 54). ¿Destino del cuerpo femenino? ¿La humillación, la vergüenza, las heridas, las cicatrices, los recuerdos?
Yo creo que la “novela familiar” es una expresión que implica a un sujeto que inventó una familia y una historia…
Yo invité a Armonía a la inauguración de una exposición en el Palacio de Bellas Artes y no quiso. Salí poco después, ella detrás de mí. Le dije ya en el estacionamiento de la Facultad: ¿Quieres que te despierte mañana en la mañana? Como quieras, refunfuñó. Se supone que debo llamarla todos los días porque no le gusta tener reloj despertador. Le hice notar que no entendía su malhumor. Iniciamos un conato de discusión y de pronto ambos estamos alzando la voz y yo decido cortar la situación, di media vuelta, rodeé el coche, me subí y la dejé hablando. ¿Por qué te enojas?, grita, hambrienta de atención. Voy a esperar que llegues a la sensatez, murmuro. Era tarde y tenía que manejar hasta el Palacio de Bellas Artes. En la exposición un cuadro destacaba muchísimo, La femme affamé, de Roberto Matta. El rostro de una mujer aparecía allí como una inmensa mandíbula-vagina ornada de colmillos puntiagudos. Su lengua salía y tenía la forma y redondez de un pene erecto también provisto de colmillos. Alterno con muchos conocidos y me bebo un par de whiskys. Me ofrezco a llevar a una amiga pintora a su casa rechazando una invitación para visitar a Darmesteter y Metadesedeusis que conmemoran hoy la muerte de la desaparecida Riqueza Idiomática. Mi amiga pintora me pregunta por Armonía y yo le hablo entusiasmado de ella. Después pregunta con picardía: ¿Y Antítesis? La entrega total, la furia, los malhumores constantes de Antítesis por una parte, y por la otra los silencios, las incertidumbres, la reticencia, los temores, los conflictos de clase, la novela familiar y la belleza absoluta, icónica, deslumbrante de Armonía. ¿Fin de siglo? No, de todos los tiempos. En ella la Belleza, la obra de la Belleza y la criatura de la Belleza coincidían. Y yo entre ambas, descoyuntado y nervioso…
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