En el despacho les esperaban Otxoa y sus palmeros, Silva y Ruíz, los perfectos acompañantes de un perfecto capullo. Le reían sus gracias, le jaleaban en sus imbecilidades y le apoyaban en sus gracietas. Probablemente juntos sumaran un cerebro completo, pero no estaba demostrado. Otxoa no saludó, ni siquiera subió la vista del periódico. Montoya no pudo evitar fijarse en la mejilla, en los arañazos que le había dejado la pared de cemento. Eso le excitó.
–Vaya –empezó a decir Ruíz –que prontito llega hoy la Brigada Rosa no.
Nerim había aprendido la lección y no iba a picar. Ya había dado algún espectáculo con anterioridad. Pero esta vez no iba a darles ese gusto.
–Cierto. Que puntuales… os habéis caído de la cama… los tres a la vez.
–Qué cosas dices, la bollo no pinta nada ahí, no ves que los otros dos son muerde almohadas.
Ninguno de los tres decía nada. Si había un día para aguantar estoicamente las gilipolleces de Ruíz y Silva era ese. Sus estupideces y sus tonterías no eran nada nuevo. Más allá de homofobia era simple y llanamente gilipollez. Si la brigada roja hubiera sido enteramente heterosexual los tres se habrían cachondeado del bigote de Nerim, de los kilos de Montoya o de que Córcega fuera mujer. Lo de menos, probablemente, era que fueran gay, bisexual y lesbiana, eran básicamente una evolución del matón de instituto, que ataca indiscriminadamente a todo aquel que se salga de la norma, sin una pizca de gracia, pero con placa y arma. Ruíz y Silva iban a comenzar de nuevo con sus chascarrillos y sus tonterías pero Otxoa les cortó.
–Basta. Salid fuera, tengo que hablar con Montoya.
Los palmeros bufaron ante la orden de Otxoa mientras que Nerim y Córcega miraron con cierto asombro a Montoya. Este con gesto tranquilo y un aleteo de mano les dio permiso para irse.
–Bien, qué quieres –Montoya estaba preparado para todo, si Otxoa lo que quería era echarle en cara que le había aplastado la cara y rebozado el paquete le diría que si tenía miedo porque le había gustado, si lo que quería era darle una hostia por haberse propasado se la devolvería y si lo que quería era recochinearse porque él iba a ser el nuevo inspector jefe ni se inmutaría porque hasta que Velasco no le nombrara tenían las mismas oportunidades.
Otxoa cerró la puerta del despacho común, bajó las persianillas, se giró y lentamente le dijo:
–Si se te ocurre decir algo de lo que pasó esta mañana, te capo.
Montoya le clavó la mirada en los ojos, Otxoa era moreno, atractivo, daba el tipo de chulito de pueblo, de los que juegan al mus, toman wiski y hablan en alto de las putas que se follan en el club de las afueras. Visto de lejos algo indeseable, machista, bastante estúpido, pero en la distancia corta, con su olor a macho, con su culo de cuarentón bien formado, se le hacía irresistible.
–Ah… pero es que ha pasado algo –dijo con tono distraído y malicioso. Montoya no pudo evitar colocarse la polla que de un respingo se había despertado de nuevo.
–Ha pasado que un día, no me voy a contener y…
–Y…
Encabritados ambos se acercaron, si hubieran tenido cuernos, como los alces, los habrían chocado para ver cuál de los dos era el macho dominante. Esta vez no pudieron dirimir sus diferencias, la sombra del comisario Velasco, rechoncha y renqueante, avanzaba por el pasillo de la cuarta planta de la comisaría de la calle de la Luna. El cristal traslucido permitía ver una sombra alargada a su lado, de espesa melena y de finas, finísimas facciones.
Toño mandó el enésimo WhatsApp a su exnovio, a sabiendas de que no le iba a contestar. Si algo había aprendido Toño Leal de Caín Ezquerra era que, además de que el arte sale de las entrañas, nunca había que volver con un ex, que eso era de patéticos y arrastrados. Toño se había arrastrado siempre por los hombres, así que esta vez no iba a hacer una excepción. Las cloacas del amor eran un terreno familiar para él, ya ni siquiera se prometía que esa vez iba a ser la última. Le llamó de nuevo sin conseguir nada más que desesperarse al son de los pitidos.
Obsesivamente consultó el Twitter de Caín. Había tuiteado varias veces esa noche, la última vez hacia tan solo media hora. Por qué no contestaba. Por qué le hacía tanto daño. Era injusto. Después de todo lo que habían pasado juntos, del fiasco en sus negocios en Costa de Marfil, después de haber sido amantes, amigos, novios, compañeros de trabajo, de piso… ahora ni siquiera contestaba a sus llamadas.
Toño probó una combinación de pastillas, todas las que le habían recetado más unas que le había recomendado el farmacéutico. Bebió un poco de zumo y se tiró sobre la cama, entre catálogos, fotografías, libros y toda la parafernalia de su trabajo. El cansancio, la ansiedad y las drogas se aliaron para que finalmente pudiera dormir algo, aunque entre sus sueños se deslizó la imagen de un hombre en látex, encadenado como una perversa Andrómeda a la madera en vez de a la roca. En su sueño se acercaba a la figura, el olor le atraía como la miel a oso, el aroma, era penetrante, sexo, Popper, hormonas, deseo, pecado y libertad… Lamió el látex y aunque estaba soñando pudo sentir en la boca el plástico, pudo masticarlo, saborearlo y gozarlo, se excitaba tanto en el sueño como en la realidad, empalmado gimió y balbució llamando a Caín. Subió por las piernas del enmascarado, lamió cada centímetro, la lengua se deslizaba sin problema sobre el látex, nacarado y brillante, delicioso, pasó por encima de la polla y siguió hasta el cuello, con los dientes quitó la máscara al hombre y descubrió a Caín, su exnovio, ensangrentado, morboso y absolutamente irresistible. Toño notó un hormigueo en el estómago, convulsionó y se agitó violentamente.
Se había corrido. Y En el sueño también.
Todo se hizo niebla, bruma y oscuridad.
Despertó empapado en sudor, saliva, zumo y semen.
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