Kyung-ran Jo - En busca del elefante

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Esta es una colección de siete cuentos de la autora Jo Kyung-ran, conocida por su fino y delicado estilo literario. Para la autora, una de las tareas de los escritores es percibir lo invisible, escuchar su espíritu que habla en voz baja y ponerlo en palabras. Por eso se interesa en los seres débiles, en los extraños, y quiere ser su puente hacia el lector y descubrirle aquellos discretos acontecimientos que ocurren en su derredor y que ignora las más de las veces. Su mirada comprensiva le da su sexto sentido. La mayoría de sus personajes son extraños, viven en profundo aislamiento y, cuando se relacionan con otros, a menudo sufren por rupturas que no comprenden ni soportan. No hay nada exitoso en el amor ni se sienten salvados por la familia.

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En el bosque, donde me rodeaban árboles por todos lados, alcanzaba las bellotas poniéndome de puntillas. Cortaba hojas para luego hacer una flauta sonora con ellas y pelaba la corteza para machacarla como ciervo hambriento. Allí me encontraba sola de verdad, pero no me sentía sola. El bosque se iba poniendo cada vez más oscuro, al tiempo que el sol empezaba a ponerse, sin embargo, sentía un aire caliente, como si el tiempo regresara al mediodía. Como las personas que ya escalaron la cima de la montaña, puse mis manos alrededor de la boca formando un círculo y grité con toda mi fuerza: “¡Yahaaaa…!” Después grité mi propio nombre lo más fuerte que pude. Habrían pasado uno o dos minutos. El grito me volvió desde lejos, como un bumerán haciéndose eco. Grité mi nombre, el de Chong Sukyu y los de las personas que no se encontraban ya a mi lado.

Di tres golpes seguidos al tronco de un árbol que estaba delante de mí, como el leñador lo había hecho aquel día. Pegué mi oído al tronco. Me pareció oír el latido del corazón del árbol, como si respirase. Rápidamente me aparté y fui corriendo hacia otro roble. ¿Éste también habría percibido mi intención? Sí, Yunsul. Escuché también latir el corazón de ese árbol y lo abracé. Parecía que me venían lágrimas a los ojos. En ese instante una voz muy familiar me llegó a los oídos. “¿Soy un evónimo de color verde que florece a principios de mayo?” “¿Soy un castaño que florece sólo con androceo y sin pétalos?” “¿Soy una planta de jengibre?” “¿Soy tu árbol, tu propio árbol?” Mi voz voló lejos, hacia el cielo, ondulándose, como si fuera una nueva hoja que absorbe los rayos del sol. Aquí, en el bosque desierto, escucho mi propia voz. No, no es eso, escucho tu voz.

Cuando el leñador se marchó de la aldea, empezaron a difundirse varios rumores sobre él: que se había adentrado de nuevo en el bosque dejando sola a su madre; que todavía deambulaba de noche por los callejones de la aldea sin atreverse a salir de ella, con el gorro y la careta blanca puestos. Continuamente iba a la aldea por los servicios voluntarios, hasta que desapareció por completo. Se rumoraba que había personas que temprano en la mañana lo veían sentado sobre el tejado de la casa derrumbada o conduciendo la excavadora.

Pero, Yunsul, yo ya lo sé. En este tiempo se convirtió en árbol, es decir, se ha vuelto un árbol caliente, receptor o emisor. Creo que se habrá convertido en abedul, con sus ramas tendidas hacia lo alto del cielo, como si no tuviera miedo de la invasión de los insectos longicornios, y con inflorescencias masculinas que bajan en abril mientras las femeninas suben. Estas inflorescencias forman una especie de rectángulo al coincidir las puntas de los dos índices de sus respectivas manos, estableciendo una línea perpendicular. Será un abedul cuya superficie blanca brilla y esparce su resplandor.

Cada vez que veo un abedul en un jardín o en un parque, me acuerdo del leñador que me enseñó los secretos del bosque y de árboles que nunca había visto. Y le dije al dueño del jardín que el abedul no arraigará profundamente en este tipo de tierra, por lo que crecerá muy débil para soportar los vientos fuertes, pero que no me gustaría que cortara sus ramas. Entonces, el dueño me miró fijamente a los ojos y me contestó que él tenía muchos conocimientos sobre árboles, pero yo moví la cabeza negativamente y le aseguré que no sabía nada del bosque ni de los árboles. Las semillas que caen al suelo, arraigan, el tronco crece y sus hojas salen también; surgen brotes, androceo y pistilo se unen, y se recoge el polen; caen las flores, cuelgan los frutos y maduran las semillas; éstas se van lejos llevadas por el viento hacia el sol. Le manifesté que no conocía exactamente todo este proceso. Oye, Yunsul, te digo que Byongha no ha muerto. Si lo llamaras, reconocería tu voz y de inmediato te seguiría con el pecho palpitante, como lo hizo mi hombre y también lo ha hecho mi árbol.

Según me dijo el médico, podrás salir del hospital dentro de cuatro días, pero los nervios del dedo anular y del cordial quedarán paralizados, aunque la anastomosis se haya realizado con éxito. Pero, oye, ¡qué suerte tenemos de que el feto dentro de tu vientre no estuviera dañado en absoluto! Antes de que nacieras, tu madre ya había pensado tu nombre, Yunsul, las olas pequeñas que brillaban a la luz del sol o de la luna, la tierra del pueblo natal y, Yunsul, ilusionada por el mar primaveral brillante de este mundo. El resplandor de las aguas que brillan en las olas del lago por la noche y en el río. Mi amor, Yunsul, por favor, despierta ya, abre los ojos, esos ojos limpios y fulgentes.

1Juego de estrategia conocido en Occidente con el nombre japonés de Go, el objetivo es ganar territorio desplazando fichas en un tablero.

2Platillo típico coreano preparado a base de col fermentada, pimienta roja, ajos, cebollas, zanahoria, etc., de olor fuerte y característico.

3Tren entre la capital Seúl y la ciudad provinciana de Chunchon.

4Fenómeno natural en que fuertes vientos estacionales levantan enormes nubes de fina arena provenientes del desierto de Gobi.

5El saludo típico coreano se realiza arrodillado en el suelo con ambas manos hacia adelante e inclinando la cabeza hasta el suelo.

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