Al parecer eran vísperas del día del nacimiento de Buda. Las lámparas estaban colgadas a lo largo de ambos lados de la calle hacia la entrada del templo, y también había una multitud de creyentes haciendo cola delante de la ventanilla de entrada. Cuando me tocó el turno, di su nombre y pedí que buscaran en el registro. La razón por la que no fui directamente al templo era para comprobar la fecha exacta de su fallecimiento. Se me figuró que debía de ser el día en que apareció en mi sueño para tocarme y se esfumó de repente. No estaba su nombre en el registro. Se notaba claramente en la cara de la anciana creyente cierto nerviosismo, pues hojeaba y hojeaba los papeles. Al final me enfadé con ella y alcé la voz. Sin embargo, ella era solamente ayudante del templo y no debí enojarme.
Un monje budista se me acercó. Me dijo que era el encargado del templo y que recordaba todos los nombres de los muertos, si los parientes habían celebrado el rito budista del día cuadragésimo noveno después del día del fallecimiento, pero añadió que a él no podía recordarlo. En esos momentos sentí que se me doblaban las rodillas. Me mordí el labio inferior y me marché dejando atrás la ventanilla de información. Sin embargo, no fui directamente al templo del guardián de niños y viajeros. No sabía cuándo había muerto ni era seguro que su nombre estuviera en este templo.
El monje budista me siguió y me preguntó cuántos años tenía y en qué año murió. Me dijo que una persona había desparramado unas cenizas en la montaña detrás del templo, en vez de guardarlas ahí, después de haberlo incinerado en la ciudad de Byokche. El monje conjeturó que podrían ser las de Chong Sukyu, a quien yo buscaba. Me enseñó cómo subir la montaña y se fue hacia el templo principal. Sentía tanta tristeza por no verlo, que tenía un dolor punzante en los ojos. Y me costó mucho soportar que alguien hubiera esparcido las cenizas en la montaña sin celebrar el rito del día cuadragésimo noveno por el difunto. Cuando nos hicimos novios, veía a su madre y a sus tres hermanos. Me preguntaba por qué se despidieron de esa manera de Chong Sukyu, como si tuvieran malas relaciones con él o lo hubieran abandonado. Empecé a escalar la montaña con inseguridad, dando traspiés.
No valía la pena llamar a ese lugar una montaña. No era más que una colina desierta. Avanzando hacia allá, no había camino por donde subir y se veía una superficie plana. En eso consistía la supuesta montaña. Me sentí angustiada de que este sitio tan vasto y desértico fuera donde estaban esparcidas sus cenizas. Me llenaba más de pesadumbre que ese hombre pulverizado estuviera en lugar tan desolado que su muerte misma, y no me daban ganas de visitarlo de nuevo. Fue un día muy estéril. No sentía ni un poco de aire y era la época en que, por unos días, sufríamos el fenómeno atmosférico del polvo amarillo. 4¿Quién se dignó venir a la montaña a visitarlo? Llegué a tener la certeza de que no habría nadie que hubiera venido a verlo desde que sus cenizas fueron diseminadas en la montaña.
Estuve sentada hasta el crepúsculo en mi pañoleta extendida sobre la tierra seca. Fue un largo rato, sin embargo, no dejé en la tierra ni un cigarrillo encendido para él. El tiempo pasó de manera muy rápida. Después bajé de la colina y entré al templo del guardián de niños y viajeros, saludando a Buda tres veces al estilo coreano 5y comprando una lámpara para cada año. Desde entonces no había vuelto al templo Mikwangsa, pero esta primavera he empezado visitarlo.
Después de esa vez en el templo, me encerré en casa sin salir, hasta que empezó la temporada de lluvias, luego de una primavera que pasó casi sin sentir. Cuando acabaron las lluvias, empecé a visitar el templo budista Haejusa y a trabajar en servicios voluntarios. Ya antes había ayudado ahí a principios del otoño pasado. Fui, ante todo, a la casa del leñador. No me había dado cuenta de cuánto tiempo había pasado, es decir, de que habían transcurrido dos estaciones desde que estuve en el templo Mikwangsa. Cuando fui a casa del leñador, me percaté de que había transcurrido todo ese tiempo sin sentirlo.
La casa del leñador había sido demolida. La demolición de las casas construidas ilegalmente había empezado en el verano y tres o cuatro excavadoras quitaban los escombros del suelo. Fui a una aldea cercana, en la que el derribo de casas había sido aplazado para el año siguiente. En una tienda a la entrada de la aldea pregunté por el leñador. El dueño movió la cabeza negativamente. Nadie sabía cuándo se fue ni a dónde. Sentí un gran abatimiento, como si perdiera de repente a un viejo amigo. ¿A dónde se habría ido ese amigo que me dijo que, si naciera de nuevo, le gustaría ser un árbol? ¿Cómo estaría viviendo?
Después que el leñador desapareció, a nadie le conté nada relacionado con Chong Sukyu. Eso significa que perdí a quien quería escucharme y con quien yo quería charlar. Nunca imaginé que llegaría este momento en que contaría de nuevo lo que había ocurrido entre él y yo. Si no hubieras sido llevada al hospital después de la muerte del joven Byongha, ¿te habría contado esto? Oye, Yunsul, no sé si oyes mi voz. Lo que me contó el leñador al final en el bosque también fue algo acerca de los árboles.
Sacó de improviso la sierra eléctrica y cortó un roble sin darme tiempo de decir nada. Mostró gran destreza para talar árboles. En un abrir y cerrar de ojos derribó un árbol que parecía tener decenas de años de edad arbórea. Al ver que caía al suelo con gran estruendo, recordé las palabras del leñador: la capacidad de recordar del bosque, la venganza de los árboles… En ese momento empezó a darme cierto miedo, como si alguien apretara mi cuello detrás de mí, pero el rostro del leñador se veía tranquilo y me prometió nunca más talar un árbol.
Me agarró por la muñeca y me llevó hasta el tronco talado. Me mostró los anillos arbóreos de la madera. Se veía el trazo de líneas concéntricas compactas, como si fuera una telaraña.
Este árbol ya no podrá crecer. Si los árboles estuvieran muy cercanos entre sí, no podrían crecer con regularidad. Si estuvieran muy pegados, no podrían tomar el agua de lluvia que es un alimento importante y, además, la luz del sol no penetraría por la densidad de las copas de los árboles, lo que los obligaría a crecer con lentitud y daría origen, a su vez, a un cambio en la esencia de la tierra. Por ello, a veces hace falta trasplantarlos o talarlos.
El leñador puso la funda a la sierra eléctrica y la metió en la maleta. El sonido “click”, al cerrarse, resonó fuertemente en medio del bosque. Ese ruido parecía reafirmar su voluntad, por lo que en ese instante tuve la seguridad de que no volvería nunca al bosque, ya que era un hombre que había perdido mucho en él, pero que también había aprendido mucho. “No vuelva nunca aquí, y menos solo”, le dije en mi interior, mirándolo. No sabía en ese momento que nuestro encuentro era el último y definitivo.
Oye, Yunsul, un momento, por favor. Me dicen que me habla el médico.
Después de que el leñador y yo estuvimos en ese bosque, regresé una vez más, en septiembre u octubre, no recuerdo exactamente. El frondoso bosque de robles estaba lleno de un olor a tierra y soplaba un viento suave. Escalé apoyándome continuamente en los troncos que consideraba como paredes, olvidándome de que estaba sola en lo más intrincado del bosque. En el camino hacia la cima había robles blancos, encinas, robles mongoles, robles albares y otros. En la cima sólo los robles mongoles formaban una colectividad. En cada uno de ellos había colgadas miles de inflorescencias todavía sin madurar, que brotarían en el mes de mayo y de las cuales surgirían bellotas marrones exuberantes. La corteza arbórea, que en la antigua edad se desprendía a lo largo para cubrir los tejados de las casas construidas con escaramujo, se convirtió en una capa gris oscura que parecía más dura. Cada vez que el viento soplaba, las verdes hojas amontonadas se inclinaban rozándose unas a otras y produciendo un agradable sonido cuando el viento cambiaba de dirección.
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