—¿Qué hace? ¿Qué está haciendo ahora? —murmuré, abriendo la boca con dificultad.
—Tranquilícese. Esto no le hace daño al árbol —dijo el hombre conectando un legajo blanco de papeles al cable extendido, volviéndose hacia mí.
Sus ojos parecían más tranquilos y calmados que nunca. Respiré profundamente el aire que nos rodeaba. Esperó hasta que me sosegué, y anduvo unos cien metros más, dirigiéndose a un árbol al que empezó a enlazar con el cable eléctrico. Yo lo seguía constantemente, horrorizada por el miedo de ser abandonada en el bosque. Después de conectar el cable entre los árboles separados por una distancia de cien metros, puso la maleta en medio de los dos árboles. Encima de ella empezó a desdoblar los papeles atados al cable extendido entre los dos árboles.
—Será mejor para usted comprobar con sus ojos, que tratar de entender.
Sacó un legajo y me lo enseñó. Una línea delgada estaba trazada horizontalmente entre unos signos que no reconocí.
—Mire bien esta línea que está muerta, sin moverse —dijo el leñador volviéndose hacia mí con un hacha pequeña en la mano.
Sacudí dudosa la cabeza, porque no entendía lo que me decía ni lo que estaba haciendo en el centro del bosque.
—Éste va a ser un árbol emisor de mensajes —me llevó al primer árbol al que conectó el electrodo. Miré hacia arriba los robles exuberantes. Se veían pasar lentamente unas nubecitas entre las puntas de las ramas. De repente empecé a tener miedo del leñador que llevaba en su mano un hacha brillante. Por eso levanté mis ojos a ver el cielo que a veces aparecía entre las ramas allá arriba.
Finalmente empezó a dar hachazos a la base del tronco del árbol emisor: uno, dos, tres…
¡Bum!, ¡bum!, ¡bum! Me tapé los oídos con las manos, pero el leñador no paraba de dar hachazos. Creí que mis manos temblaban tanto que mi rostro se había deformado. Justamente después de otros tres hachazos, me tomó de la mano y empezó a correr conmigo hacia donde estaba la maleta. Me caí unas cuantas veces tropezándome con las raíces taladas en varios lugares, sin embargo, lo seguía. Me enseñó el legajo blanco que estaba encima de la maleta que conectaba el cable con el árbol y algo increíble apareció ante mis ojos.
La línea del aparato de registro del árbol emisor, que estaba muerta, se irguió de súbito como un ave que aleteaba para volar más alto hacia el cielo. Esto ocurrió justamente después que el leñador había dado tres hachazos. Esa línea, que se había elevado como se movía su propio cuerpo, esta vez trazaba tranquilamente una línea recta. El leñador, que observaba con atención cómo yo comprobaba lo que hacía el aparato, me dejó en ese lugar y caminó unos 50 metros con el hacha en la mano, hacia otro árbol, al cual estaba ya conectado el cable. No desvié la mirada del aparato y lo oí dar hachazos al árbol receptor. Creí que el pecho me estallaría.
Habrían pasado tan sólo unos 10 segundos después de dar los hachazos al receptor, cuando la línea del aparato de registro voló hacia arriba, al igual que la del emisor. Tapándome la boca con una mano, observaba constantemente el aparato. La línea de registro del árbol emisor subió hasta el final del último papel y, después, volvió a su lugar, como si aliviara su agitación en cierto momento. ¿Estaba yo soñando? Noté las bellotas color castaño claro, los débiles rayos del sol que penetraban entre las hojas de los árboles exuberantes, el viento suave que me desordenaba el cabello, aquellas nubecitas en el cielo, el canto de las aves y la tierra marcada por mis pasos. Estaba más despierta que nunca, Yunsul. Vi con claridad en los papeles las marcas de los árboles.
A mis oídos llegó una risa tan fuerte que me rompía los tímpanos. Como reflejo levanté la cabeza rápidamente y miré al leñador lejos de mí. Estaba carcajeándose y se retorcía todo. Se reía, pero era como si aullara en medio de la oscuridad de ese bosque de terror. Era una mezcla de llanto y risa. ¿Cuándo se habría quitado la careta y la gorra? Sus risas eran prolongadas y después se cortaban lentamente. Pronto el bosque se sumergió en el silencio.
Antes de que yo conectase una parte del cable con otro árbol más alejado del árbol receptor, ya se trazaba cierta línea recta que no mostraba ningún movimiento. Pero…
—Ya lo he visto —le dije melancólicamente.
—Cuanto más separados estén estos dos árboles, el receptor recibirá el mensaje tanto más tarde. Lo cierto es que los dos árboles se comunican.
—Pero no entiendo nada.
—No podemos afirmar que aquellos dos árboles no sean reales porque no entendemos los mensajes que se mandan entre sí.
—Entonces, ¿se comunican mientras estamos sentados aquí?
—Creo que lo que vemos no es todo, pero estoy seguro de que es verdad. Soy un hombre que ha pasado la mitad de la vida en el bosque.
Sus palabras fueron claras: los árboles saben cuándo van a morir; las semillas, las frutas y flores particularmente hermosas… Estos fenómenos no son casuales.
—El hombre del que me ha hablado nunca morirá, ya que usted lo recuerda siempre. Creo que cada vez que lo recuerde, él también la estará recordando al mismo tiempo.
Me informé de las direcciones de mis condiscípulos con quienes había dejado de comunicarme hacía tiempo y los llamé por teléfono. Con dificultad contacté a un compañero del condiscípulo mayor Chong Sukyu, y cuando lo logré, pese a que habían transcurrido 17 años, tardó sólo unos segundos en reconocerme. Recordó mi nombre exactamente, pero no lo utilizó para llamarme. No me preguntó dónde había conseguido su dirección ni por qué lo había localizado. Me pareció que estaba enfadado conmigo. En aquel entonces, él mantenía relaciones amistosas con Chong Sukyu, viajaba con él en la línea ferroviaria Kyongchun 3y estudiaba con él después del trabajo. Le dije con voz débil que quería saber dónde residía Chong Sukyu y él guardó silencio.
—¿Que dónde vive ahora? —fue lo único que dijo, fríamente, después de un largo silencio.
—Sí. Actualmente —contesté sin vacilación.
—Ya ha pasado mucho tiempo…
Aunque haya pasado mucho tiempo, quiero cortar aquel pasado, cuando lo quería, para guardarlo. No obstante, no pude explicarle la verdad a su amigo. Cualquier cosa que le dijera parecería una excusa, como si quisiera explicar lo que me había pasado. Sabía que Chong Sukyu, después de separarse de mí, no se había matriculado en su departamento y se había quedado un tiempo en el estudio de este compañero en la ciudad de Byokche de la provincia de Kyonguido. Ésa era la verdad que yo sabía. Si no me hubiera contestado tan fríamente, le habría propuesto vernos de nuevo.
—No te equivoques.
—…
—La causa de su muerte no fuiste tú.
—No es eso lo que me interesa.
No quería verme tímida ante el condiscípulo mayor. Sentí que cierta rivalidad empezaba a surgir con lentitud en mi mente. ¿No sería más bien tristeza que rivalidad?
—Tú no tuviste la culpa de su muerte.
—No importa. Lo que ahora importa no es eso.
Me dijo que las cenizas con el nombre de Chong Sukyu estaban en el templo budista Mikwangsa, en la ciudad de Pachu, y después guardó silencio de nuevo. Quería saber, por ejemplo, con quién se encontró justo antes de su muerte. Sin embargo, no pude preguntarle nada más, porque me percaté de que aún sufría por la muerte de su compañero. Colgué de golpe el teléfono.
El día en que fui a verlo por primera vez, en lugar de ir en mi propio vehículo fui en metro hasta Gupaval. Ahí tomé un autobús interurbano hacia la ciudad de Pachu. Esta manera de viajar fue a propósito, para hacer un recorrido más largo. Sin embargo, no tardé más de 35 minutos en llegar a Pachu. Además, el autobús se detuvo justamente a la entrada del templo budista. Al bajar, me dolía un poco la espalda. Sería posible que estuviera tan cerca de mí. ¿No se me aparecería el muerto? Tenía unas ganas inmensas de llorar aferrada a cualquier árbol cerca de la parada del autobús.
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