Gracias por la primicia. Oye, me dijo el Gordo, ¿quieres criticarme o quieres que te siga contando? Para decirme boludo con razón te falta escuchar otros episodios igual de emocionantes. En fin, te estaba contando del texto de la escritora. Decía, en su texto, que quien le contestara tenía que estar dispuesto a llevar las cosas de modo más o menos abiertas porque ella necesita libertad para criar su hijo sin interferencia y, también, para ver a otros chicos y chicas. Y yo pensé, bueno, estamos en Nueva York, ¿no? Después, dijo que la libertad sería mutua, y yo pensé, bueno, si me presentas a tus amigas, yo no tengo ningún problema, y ya fácil me presentarás a tus amigos también. Digo, estamos en Nueva York, ¿no? Y al final dijo que quien fuera que contestara tenía que estar dispuesto, también, a escuchar sus historias, historias que podrían sorprender a cualquiera, que pondrían a prueba lo que las personas piensan que está bien y está mal y que muy probablemente harían que uno se diera media vuelta y se fuera sin decir ni chau. Como podrás imaginarte, quiero escuchar esas historias. Todas. Y si me tengo que levantar del asiento e irme, pues ya tendré yo también una historia que contar. ¿Ya ves que debe ser escritora? Y ya me duele la barriga de los nervios. Qué rico. Hacía tiempo que no me dolía así la barriga. Pero esta vez no me voy a bajar el pantalón hasta que ella no se haya bajado el suyo.
Planes y
compromisos
Naief Yehya
—Te quiero —le dijo.
Mel sonrió.
—Te quiero —volvió a decir.
Ella siguió sonriendo pero desvió la mirada, como buscando algo en otro lugar.
—Te quiero —volvió a teclear.
Lo miró fijamente, acercó la cara a la cámara, como si fuera a decir algo confidencial, y le dijo:
—Yo también te quiero, primor, pero tus propinas no muestran tanto amor.
Mel siguió leyendo los mensajes de los otros participantes. De pronto dejaba escapar risitas de estudiada picardía. Hacía caras de sorpresa. Abriendo a veces los ojos como si estuviera ante algo inesperado. Pero no había nada inesperado. Los comentarios eran los mismos lugares comunes de siempre, las mismas expresiones de excitación, las mismas exigencias de mostrar más, de tocarse, jugar, lamerse o asumir posiciones exóticas. Las campanitas anunciaban las propinas y ella sonreía y agradecía a sus generosos admiradores. Amenazaba con quitarse el corsé, se sacaba una media y se acariciaba las piernas delicada y lentamente. Coqueteaba contando historias zonzas, ponía boca de pato y luego se ponía de pie, daba saltos, bailaba y así, hasta que daba las gracias y terminaba el show, prometiendo volver mañana.
Él le mandó varios mensajes personales directos, pero no tuvo respuesta. No tenía nada muy importante que decir y a la vez tenía que comunicarse con ella pasara lo que pasara. Por eso seguía insistiendo, neciamente, con un ansiedad compulsiva, sabiendo que no respondería. Logró controlarse porque entendía que de continuar lo bloquearía y de ahí no había retorno. Si lo señalaban como acosador quedaría bloqueado y ese era un limbo en el que no podía imaginarse vivir. Se había acostumbrado a verla a diario, desde que comenzaba su cam show hasta que terminaba. Antes, cuando no era tan famosa, le contestaba sus mensajes personales, incluso hablaron por teléfono en algunas ocasiones y tuvieron un par de videochats privados cortos pero muy satisfactorios. No había aceptado un encuentro en persona, pero sabía que eso era demasiado pedir, implicaba una intimidad extraordinaria, ni siquiera él mismo estaba listo para un compromiso semejante.
En cambio habían hablado de cosas realmente íntimas, de sus finanzas. Él le había dicho que trabajaba en el mercado de valores. Ella tal vez le había creído e incluso le había pedido consejos al respecto de cómo administrar su dinero, en qué invertir, estrategias para ahorrar y qué hacer en caso de que sus ingresos no crecieran como esperaba después de haber gastado en luces, parafernalia y decoraciones para su set. Él había inventado respuestas que parecían convincentes, quizá incluso sonaban profesionales. Además le mintió acerca de la posibilidad de invitarla a que invirtiera en un fondo de acciones de alto rendimiento. Ella le dijo que lo pensaría. Toda camgirl que se respete sabe que no es una buena idea hacer negocio con sus fans. También lo sabía él. Eran cosas que se decían sin consecuencias ni compromisos. Planes para una vida feliz apuntalados en propinas, stripteases y orgasmos solitarios. Planes que se hacen para no ser cumplidos nunca.
Pero él necesitaba escucharla, sentía que le estaba subiendo la presión y sentía una punzada familiar en la frente. Marcó una vez más, repitiéndose, “es la última vez, es la última vez”. Sonaba, sonaba. Y de pronto:
—¿Qué quieres? —dijo Mel, cortante, con una voz estruendosa pero sensualmente reconocible.
Él se quedó mudo, no tenía contemplada la posibilidad de que ella respondiera.
—¿Por qué sigues insistiendo? ¿Qué más quieres de mi? Yo te doy todo lo que puedo. Y nada te satisface. ¿Qué queda? ¿Qué falta? Dime.
Él seguía en silencio. La frente y las manos empapadas. Se sentó en el excusado.
—Te necesito —dijo al fin.
—¿Cómo me necesitas? ¿Para qué me necesitas?
—Quiero estar contigo —dijo repitiendo otro de esos planes sin consecuencias.
—¿Y para qué?
—Te quiero.
—Eso ya me lo dijiste.
No tenía nada más que ofrecer.
—¿Tienes familia? ¿Esposa, hijos? ¿Perro?
—No.
—¿Quieres estar conmigo? Ven a buscarme ahora.
—¿Adónde?
—Estoy en Long Island, en Riverhead. ¿Tienes coche? ¿Puedes venir?
—Sí, sí puedo —dijo mientras miraba cómo le temblaba la mano.
—Ven ahora. Te texteo la dirección —colgó.
Salió del baño, donde llevaba encerrado cerca de una hora. Su esposa lo miró y preguntó:
—¿Todo está bien? Parece que viste un fantasma o una hemorroide más grande que tu mano.
—Bien, todo. Pero tengo que salir.
—Prometiste ayudarles a los niños con la tarea. ¿Adónde vas a ir?
—Tony, de la oficina, está... muerto.
—¿Cómo? ¿Qué le pasó?
—No sé, tengo que ir a ver… Me llamaron para que fuera a verlo.
—Voy contigo. Tengo que llamar a Miranda. Pero qué horror —dijo cubriéndose los ojos.
—No, sobre todo no llames a su esposa ni a nadie. No digas nada.
—Pero ¿qué pasa?
—No estoy seguro, tengo irme ya.
Casi corrió a la habitación. Se puso su viejo traje negro. Los niños le gritaban que estaban esperándolo. No respondió. Se puso la única corbata negra que tenía y caminó hacia la puerta. El terrier, Rolf, lo miró con desgano y siguió durmiendo.
—¿Me vas a explicar lo que está pasando? —preguntó su esposa visiblemente alterada y con los ojos hinchados.
—No te preocupes, te explicaré todo a mi regreso. No llames a nadie. Yo te llamo.
—¿Qué es todo este misterio?
Salió sin decir nada más. Sudaba. Buscó en Google Maps la dirección que Mel le había enviado. Desde su casa en Brooklyn tardaría una hora y cuarto en llegar. Tiempo suficiente para organizar sus ideas y para prepararse por si era una trampa. Tal vez llegaría y no habría nadie. Quizá era menor de edad y lo esperaría rodeada de agentes de policía. No creía que Mel tuviera menos de 18 años, pero ¿cómo saberlo? Podría ser una trampa para secuestrarlo y robarle todo lo que tenía. Había presumido ser ejecutivo de una importante firma de finanzas. Le podía confesar que trabajaba en el departamento de personal de una cadena de farmacias. No tenía nada de qué avergonzarse. Era un trabajo digno e importante. También le debía decir de su esposa e hijos. Pensó llamar a Tony. Una llamadita rápida. Sólo para ponerlo al corriente de su muerte. No lo hizo. El tráfico en la carretera estaba más pesado de lo que esperaba. Lo suyo no era infidelidad, por lo menos no hasta ese momento. Mirar a una chica guapa contonearse con poca ropa en un monitor, pedirle que haga cosas y recompensarla con propinas en Bitcoin no era engañar a su esposa. Tener conversaciones privadas de audio y video con ella tampoco podía contar como una traición.
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