Para su desgracia, entre las virtudes de nuestra empleada de la copistería no estaban las dotes detectivescas: casi sesenta días de olfateo por todas las cadenas, revistas de televisión y páginas de la red correspondientes para un pobre bagaje de dos anuncios y una única pista fiable de unos nombres de agencias de casting , nombres que, por otra parte, podría haber tenido desde el primer día si hubiese aplicado en los buscadores de la red los filtros apropiados. Pese a ello, dio esos resultados por un triunfo en toda regla, así que, en la llamada a la primera agencia, esa dichosa Zen-casting, su voz era incluso optimista, pero la persona que la atendió no parecía especialmente avispada y solo supo emplazarla a acercarse en persona por las oficinas centrales de Madrid (como si fuese tan fácil desplazarse hasta la capital del Estado) o enviar un correo electrónico con más detalles sobre la actriz buscada.
En aras de la mayor precisión, imprescindible en este punto de la historia, se reproduce seguidamente el diálogo mantenido con la telefonista de Mistral Actors y acción posterior:
— Mistral Actors, buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
—Hola. Verá, yo quería contactar con una de sus actrices.
— ¿A qué actriz se refiere?
—A la que hace de ama de casa con dos niños y un perro en el anuncio de las patatas precocinadas Chips-ready.
— ¿A Quina?
—¿Quina?
— Quina Rons es la actriz del anuncio, ¿puedo saber el motivo de su interés?, ¿es usted de alguna productora, quizás?
Alba colgó con tanta fuerza que casi incrustó la tecla del móvil en el fondo del aparato. Existía y tenía nombre. Se sentía al borde de un ataque de nervios, así que no dudó en salir de la tienda de un salto y dar una vuelta a la manzana para tomar aire, pese a que el jefe le había preguntado a voz en grito que a dónde iba. La posible bronca posterior ni pasaba por su cabeza.
Ya en la calle, el móvil sonó y lo contestó automáticamente.
—¿Sí?
— Alba, soy Alicia.
—Ah, hola, Alicia.
— Oye, ¿estás bien?
—Sí, ¿por qué?
— No sé, te noto la voz un poco rara, ¿de verdad que no te pasa nada? —como siempre, la buena de Alicia intuyendo cosas, salvo las más importantes.
—De verdad, no tengo nada, solo es que estoy muy ocupada. ¿Qué querías?
— Saber de ti, sobre todo, como no viniste a la reunión…
—Ay, mierda, la reunión… —recordó—. Lo siento, se me pasó, es que estos días hubo mucho trabajo en la copistería y… —mintió sin problemas.
— Ya hemos hablado de eso, ¿verdad? De lo importante que es mantener los compromisos y todo eso… —le recriminó Alicia con su suave voz—. No puedes empezar a descuidarte con las reuniones. No es bueno.
—Sí, lo siento. Tienes toda la razón, pero, como te digo, estoy hasta arriba de trabajo. Te juro que iré a la próxima. Lo de ayer fue un despiste.
— Muy bien, eso espero. Y ya sabes que puedes contar conmigo siempre que lo necesites. Estoy a tu disposición donde siempre. Solo tienes que acercarte o llamar.
—De acuerdo, Alicia, muchas gracias, pero ahora tengo que colgar. Hasta luego.
«Si tú supieras, Alicia, si tú supieras», masculló mientras guardaba el teléfono. La acidez de su conclusión no le evitó un infinitesimal poso de remordimiento que enseguida desintegró con lo que en aquellos momentos era su obsesión fundamental: el nombre formado por una abreviatura y un apellido que parecía de origen gallego. Ya lo tenía, pero ahora no sabía qué hacer. Con esa frustración regresó a la tienda y se justificó ante el jefe diciendo que había salido porque creyó ver a uno de los grandes acreedores de prensa deportiva y fotocopias de carné del establecimiento y quería reclamarle parte de lo debido, explicación que a su superior satisfizo en cierta forma, aunque no quedó totalmente convencido y el resto de la jornada estuvo controlando sus movimientos, pero Alba tenía la suficiente astucia para adoptar actuaciones acordes a la situación, así que todavía se quedó media hora más tras el cierre ordenando el expositor de revistas y revisando la carga de las fotocopiadoras, actitud laboriosa que dejó muy contento a quien le pagaba nóminas tan raquíticas.
—No me estás atendiendo.
—Claro que te estoy atendiendo, pesada. Que tus viejos son unos impresentables y maldita la hora en que te quedaste a pasar el fin de semana con ellos y que el examen lo han adelantado más de un mes y no te da tiempo a estudiar el temario completo. Lo llevas repitiendo toda la tarde. Anda, juega.
Los días en que Alba y Gaby no estaban acostándose o magreándose en el Redflower, situaciones que solían darse con mayor frecuencia en sus encuentros recientes, acostumbraban a dar una vuelta por ahí, curioseando por tiendas de ropa y de telefonía móvil, o jugando al billar americano. Cabría decir en esto último que era Alba quien hacía cosa tal, pues Gaby más bien se dedicaba a dar golpes a lo loco en las diversas bolas de la mesa cogiendo el taco de cualquier manera. Por el contrario, Alba era una jugadora experta desde los tiempos de la residencia de menores, estaba asombrosamente dotada de una buena mesa con un precioso fieltro, y por eso siempre gana de forma avasalladora. Pero, como se ha dicho, Gaby es una chica simpática y agradable a la que le gusta complacer a su novia y, si para ello tiene que practicar un deporte absurdo como el de meter bolitas por un agujero empujando una blanca con el extremo de un palo, pues se practica y en paz. Quiso la casualidad que en esa ocasión diese un golpe espléndido que introdujo dos de sus bolas en sendos agujeros.
—Buen golpe —afirmó Alba, molesta con esa suerte inmerecida.
—¿Te imaginas, chaparse cinco temas en unos días? —continuó Gaby con su diatriba contra los tribunales examinadores y sin valorar su puntería inverosímil—. Justo cuando parecía que empezaba a llevar bien todo y, ¡zas!, les sale de los, de las… —pese a todo, era una persona bastante comedida en sus expresiones— de las narices adelantar toda la convocatoria.
—Que sííí…
—Joder, tía, ¿es que no lo entiendes? En nada tengo que estar en Madrid para el examen y ni siquiera sé dónde voy a parar, ni dónde está el local de las pruebas, ni nada de nada —repitió Gaby por enésima vez aquella tarde y Alba sintió deseos de amordazarla con el fular que llevaba y finalizar la partida en un bendito silencio.
La mujer que acababa de salir de los servicios se había quedado mirando a las dos y por fin se acercó hasta ellas.
—Hola, qué casualidad —saludó alegremente a Alba.
—Hola —saludó ella también, sorprendida, reconociendo a la pesada de la copistería.
—Qué casualidad, ¿verdad? —repitió la pesada ensanchando su ya de por sí amplia sonrisa hasta que las comisuras de sus labios formaron una mueca grotesca—, ¿y qué haces por aquí? —preguntó de una manera tan absurda que Alba solo pudo responderle enseñándole su taco—. Ah, caramba, jugando al billar, pues yo estoy en una mesa con unas compañeras y…
—Alba, ¿juegas o no?
Se sobresaltó ante la caricia en la espalda que acompañaba a la pregunta y por la cual Gaby parecía querer delimitar su territorio ante la extraña de chaqueta sastre.
—Sí, claro. Bueno, adiós.
—Hasta luego, yo vuelvo a… —se despidió la pesada escabulléndose entre la demás gente que a aquellas horas llenaba el local. Alba ni le dedicó una mínima mirada y, en su lugar, se concentró en su lanzamiento, pero se había embarullado y la bola blanca acabó golpeando una de las de Gaby y metiéndola limpiamente en el agujero central de la banda izquierda. Maldijo entre dientes su torpeza: acababa de poner la victoria en bandeja a su novia/novieta/amiga/rollo/lo-que-sea, algo que, a su espíritu competitivo en el juego, que no en otros asuntos, molestaba sobremanera, máxime teniendo en cuenta la indiferencia de Gaby ante los éxitos en el billar.
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