Insistimos, no se pretende defender ni a Trump ni al nacionalismo estadounidense o de cualquier otra parte, sino simplemente llamar la atención del lector sobre la necesidad de no descartar, de entrada y sin más, toda expresión de emociones y sentimientos en la vida política, pues si bien es cierto que hemos llegado a establecer reglas cada vez más claras en materia electoral y en un sinnúmero de campos que se refieren a la convivencia, también es verdad que no debemos desestimar aquellas formas de comunicación política, como el nacionalismo, que nos invitan a tomar una actitud que va más allá del cálculo y la negociación de los intereses personales (asumidos supuestamente por nuestros representantes en los partidos políticos) para ser solidarios con aquellas personas con las que nos ha tocado compartir la existencia.
No hay oposición tan radical —como a veces pretenden hacernos creer los medios de comunicación— entre la dimensión individual de nuestra existencia (protegida por los sistemas democrático electorales) y la conciencia de formar parte de una comunidad llamada nación, que espera de nosotros algo más que estar ahí, viviendo única y exclusivamente para nuestro propio beneficio o para lograr nuestro bienestar, incluso a costa del sufrimiento de quienes nos rodean. El sentimiento nacionalista nos invita a salir de nuestra comodidad burguesa, de la búsqueda incesante y en ocasiones obsesiva de nuestros intereses pequeñoburgueses. Me refiero a esa actitud de apatía contraria a la política y a la convivencia humana a la que Hannah Arendt identificó con la filosofía del hedonismo, “doctrina que sólo reconoce como reales las sensaciones del cuerpo, es la más radical forma de vida no política, absolutamente privada, verdadero cumplimiento de la frase de Epicuro vivir oculto y no preocuparse del mundo”.[27]
En este sentido podemos afirmar que el nuevo presidente de Estados Unidos ha desafiado a un sector de la sociedad, ofreciéndole salir de su aislamiento individualista para unirse a un esfuerzo común por restablecer la grandeza que tuvo el país en otro tiempo, es decir para reconstruir la nación. Ha actuado no solo como Chief Executive Officer, sino además, como un auténtico Chief Emotion Officer, modelo empresarial que se ha vuelto una moda en aquel país, donde han descubierto que “el CEO del futuro es un agente de cambio con pasión por avanzar hacia un sueño, cuidando a las personas de su organización y despertando emociones positivas que le permitan alcanzar el éxito individual y colectivo”.[28] Y, en efecto, todo en la apariencia de Trump provoca emociones y resulta desafiante, rompe esquemas y podríamos decir que su afán por ser políticamente incorrecto transmite una emoción especial, casi morbosa, en grandes sectores de la sociedad estadounidense, pues despierta un sentimiento generalizado de suspenso: nunca se sabe a ciencia cierta cómo reaccionará y es impredecible en sus decisiones; si bien, como apuntaba uno de los muchos psiquiatras que se han lanzado a hacerle una prueba sin conocerlo ni preguntarle, “ese tipo de personalidad suele ser audaz y rápida en situaciones difíciles”.[29] Aunque algunos de estos psiquiatras ya le diagnosticaron el síndrome de personalidad narcisista; es decir, un comportamiento obsesivo por la propia imagen y por los logros y éxitos personales antes que organizacionales, su aspecto y su estilo de liderazgo no da esa impresión. Baste con ver su peinado y su apariencia descuidada, sus movimientos un poco torpes y casi distraídos en los escenarios a pesar de tener experiencia en los estudios de televisión; y aunque ha sido criticado por sus horrorosas manos, las mueve sin ningún cuidado ni recato. Tal como lo publicó recientemente la revista de moda masculina Executive Style, el presidente Trump es políticamente incorrecto, su apariencia es un poco desaliñada, incluso su ropa, aunque es de marca, la viste sin cuidado, ni siquiera usa de su talla y las corbatas son poco elegantes y mal colocadas. Para un pueblo que normalmente viste mal y gusta comprar ropa barata, todo esto resulta aún más atractivo, sobre todo si se trata de un rico empresario. Da la sensación de ser “uno más de ellos”, exitoso y rico, pero al final uno de ellos.[30]
En otras palabras, el actual presidente de Estados Unidos apela perfectamente a la sensibilidad de buena parte de los votantes: es alto, rubio, exitoso y de malas maneras, displicente y boquiflojo, pero sobre todo supo empatar emocionalmente con quienes le dieron su voto. En un interesante artículo publicado hace unos meses en la revista Psychology Today, el Dr. Paul Thagard[31] llamaba la atención sobre este aspecto:
Donald Trump confundió a los encuestadores y expertos al ganar las elecciones presidenciales de 2016 en los Estados Unidos. ¿Por qué más de 60 millones de personas votaron por él? Los procesos electorales pueden entenderse como una empresa racional basada en el cálculo interesado por parte del ciudadano acerca de cuál candidato conviene más para la realización de sus objetivos personales. Pero las decisiones de voto de la gente a menudo son emocionales y morales, pues votan por quienes tienen o aparentan tener valores coincidentes con los suyos. ¿Cuáles fueron los valores que Trump proyectó que muchas personas encontraron atractivas?
Los valores son procesos mentales cognitivos y emocionales. Combinan representaciones cognitivas tales como conceptos y creencias con actitudes emocionales que son favorables o desfavorables. En el cerebro, los valores son procesos neuronales resultantes de las representaciones cognitivas vinculantes de los conceptos, metas y creencias, junto con las emociones propias del momento.
Los valores no son cualidades efímeras de las personas, sino que forman sistemas de representaciones cargadas de emoción que pueden proporcionar reacciones, decisiones y acciones con coherencia emocional general. La coherencia de los sistemas de valores puede ser visualizada utilizando el método de los mapas cognitivo-afectivos.
¿Acaso no podemos decir que Sarkozy en Francia respondía al modelo de vida de un gran sector de la sociedad francesa, siempre de aspecto impecable y acompañado de una mujer bella y famosa? Era uno más de sus votantes, e incluso sus modos un tanto displicentes le daban el tono de elegancia conductual que respondía a un modelo aspiracional. Ahora, Marine Le Pen ha tratado de suscitar esas emociones repitiendo —como lo hiciera en la posguerra Charles de Gaulle— que ella representa (encarna) “la grandeza de Francia”; y ciertamente, su apariencia hace aparecer en una matrona, como la nación generosa, pero a la vez fuerte. Su fuerza gestual y discursiva produce un sentimiento de seguridad en una sociedad amedrentada por el terrorismo.
Otro tanto podemos decir de destacados líderes del mundo contemporáneo como Hugo Chávez en Venezuela, quien consiguió que dominara un culto a su personalidad siempre desafiante, envalentonada y por momentos bravucona, y siempre orgullosamente nacionalista. Y al margen de lo que se pueda opinar de su gobierno, nadie puede negar que su estilo hierático lograba suscitar una emoción patriótica en la mayor parte de la sociedad venezolana. Los ejemplos podrían continuar: Putin en Rusia, Duterte en Filipinas, y muchos otros ejemplos en los que, al margen de su postura ideológica, nadie podría negar que logran el fin que buscan con su discurso nacionalista.
Ese es el nuevo estilo de liderazgo organizacional que se ha adoptado tanto en el mundo empresarial como en el político. No puede extrañarnos, por tanto, que hoy surjan líderes que recurran al empleo de las emociones no solo para promover el voto en las campañas sino para generar atmósferas de legitimación, solidaridad, confianza, disposición, civismo y respeto. Sobra decir que también pueden emplearse para estimular otras pasiones negativas como el odio, el repudio y el rechazo. Lo cierto es que desde que Daniel Goleman publicó su libro Inteligencia emocional, hace poco más de quince años, ahora todos sabemos y constatamos que esa inteligencia (EQ, por sus siglas en inglés) representa dos tercios del éxito del liderazgo organizacional en comparación con solo un tercio proveniente del IQ.
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