Carlos Requena - Nacionalismos emergentes

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Este libro es un alto en el camino; una pausa para la necesaria reflexión en un mundo que cambia sin parar, sin tregua ni oportunidad para detenernos a mirar con atención lo que sucede a nuestro alrededor. Lo hace a partir de uno de los grandes temas de nuestro tiempo: el nacionalismo. La llegada de Donald Trump a la presidencia norteamericana, los nuevos ataques terroristas, el auge de movimientos separatistas, los conflictos migratorios e, incluso, las reacciones ciudadanas frente a los fenómenos naturales como terremotos y huracanes, son expresiones de los nacionalismos emergentes frente al fenómeno avasallante de la globalización.
Carlos Requena propone que en este mundo que cambia, el nacionalismo es un medio para comunicar el poder y una emoción política que, junto a sus valores y posibilidades, presenta peligros tan graves y evidentes como la desunión, el odio y el racismo.

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El peligro de emplear el discurso nacionalista de manera violenta está siempre latente. Como se ha dicho, es una emoción política y, por ende, puede variar si se le estimula para que cambie de dirección de manera intempestiva o para que pase de la emoción a la acción sin que medie el límite de lo racional. Este es el caso de los nacionalismos de carácter negativo; es decir, de aquellos que para afirmar lo propio niegan al otro, y que suele ocurrir en los nacionalismos que se vinculan a identidades raciales o étnicas, como ha ocurrido innumerables veces en la historia. En su última visita presidencial a Europa, el entonces presidente Barack Obama lanzó una señal de alerta ante el auge del nacionalismo étnico, tanto en Europa como en Estados Unidos y en algunos países de Eurasia: “Debemos permanecer vigilantes ante el aumento de una especie vulgar de nacionalismo o identidad étnica o tribalismo que se construye alrededor de un nosotros y un ellos”.[20] Y no le faltaba razón a Obama, pues como después expresó en una rueda de prensa junto al primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, se trata de una amenaza de la que podemos augurar sus resultados funestos, pues “sabemos qué ocurre cuando los europeos empiezan a dividirse y a enfatizar sus diferencias y competir a la manera de una suma cero”.[21] Quizá para algunos, la advertencia de Obama pueda resultar un tanto catastrofista e incuso justificativa de sus propios errores como presidente, pero no parece que se trate solo de una dramatización, sino de una realidad histórica que, como todo en la historia, puede repetirse como de hecho sucede con algunos movimientos de extrema derecha como los que se han mencionado, y muchos otros de los que se tiene noticia y que han cobrado fuerza en los últimos años, especialmente en los países de Europa del Este. En estos países se ha puesto en tela de juicio su pertenencia al “club europeo”, lo que ha provocado el surgimiento de un euroescepticismo que ha derivado, en el último año, en movimientos más asentados a los que algunos han llamado “eurocriticismo”.[22]

1.5. El peligroso lenguaje del odio y el racismo

Algo está sucediendo que esa especie de nacionalismo ha despertado “el lenguaje del odio”,[23] de rechazo al otro; lo mismo si nos referimos al discurso atronador, antiinmigración y antimexicano de Donald Trump que, si pensamos en la Francia de Marine Le Pen o en Suiza, donde los ciudadanos de a pie, los políticos y los medios, han adoptado un lenguaje de odio y rechazo fortalecido con motivo de los atentados ocurridos en algunas ciudades suizas durante 2015 y 2016 por grupos fundamentalistas islámicos.

El insulto y el desprecio se han convertido en las primeras expresiones de este nacionalismo que se basa en la negación del contrario, y no en la afirmación de lo propio. Por eso no puede dejar de llamar la atención el hecho de que un buen número de latinos haya votado por Trump en las recientes elecciones estadounidenses, a pesar de sus atronadoras amenazas de construir un muro de separación con México y, por ende, con el sur del continente, e incluso que haya advertido o amenazado que recurrirá a las deportaciones masivas. ¿Por qué votaron por quien los rechaza y humilla?

Hasta el momento, una posible respuesta sería que los latinos que dieron su voto al actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no estaban afirmando una convicción o una posición, y menos aún una conciencia de lo que culturalmente representan en ese país. Con su voto afirmaban lo que no eran, se deslindaban de sus orígenes, que en adelante serán causa de señalamiento y marginación. Algo parecido a lo que ha pasado en México desde hace siglos con los grupos indígenas, que han sido objeto de la marginación y hasta del odio y la persecución perpetrados, no por las clases burguesas altas ni por los descendientes directos de la cultura europea o hispana, sino por los propios mexicanos, mestizos, pobres y vapuleados como ellos. Lo que sucede es que una forma de crear la conciencia nacional es afirmar lo que no se es; así, al maltratar a un indígena se pretende marcar una línea divisoria que deje claro que quien lo hace no es indígena, de tal modo que no hay una afirmación de su ser histórico o nacional, sino una negación y un rechazo de odio hacia lo que no quiere ser. No en vano hay por lo menos dos generaciones de hijos o descendientes de migrantes mexicanos o latinos que han “olvidado” el español y solo hablan inglés; sin mencionar que cualquier mexicano que visita Estados Unidos les resulta siempre sospechoso.

En efecto, a lo largo de la historia esa ha sido una forma de expresar lo propio, lo nacional, lo autóctono, lo familiar; se proscribe y ataca lo opuesto, es decir, todo aquello que pueda poner en riesgo su anhelo de nación o que quiera crear un espejo en el que no desea reflejarse. Es ciertamente la forma más elemental y básica de afirmar lo nacional; tan simple que fácilmente se confunde con un juego de apariencias centrado en la derrota de quien represente el color opuesto.

Se trata, en efecto, de la forma de diferenciación social más primaria: el racismo. Primario porque dentro del proceso cognitivo del ser humano la etapa inmediata y básica es la percepción sensitiva y en concreto, la que capta la vista: el color del enemigo. En los populismos de derecha se añade un elemento que no suele presentarse en los de izquierda. Me refiero a esa forma tribal de identificar a los otros por su apariencia. Freud llama a esa manera de identificación “primera expresión de un lazo emocional con otra persona”.[24]

Si asumimos como punto de partida que el ser humano es un animal, condicionado como todos los animales por el mundo exterior, por la inmediatez, por el entorno, el clima, el hambre, etcétera, entonces ¿qué lo hace diferente del resto de los animales? Evidentemente la capacidad de superar esa inmediatez, de colocarse por encima de las apariencias y entender lo que hay detrás de ellas. Eso es por principio lo que queremos decir con la expresión animal racional. De tal manera que si una persona o un grupo humano afirma su ser negando los colores y rasgos aparenciales de lo que no es; es decir, a través del odio a los que son diferentes de él, no está remontando ese mundo, sino que se coloca al mismo nivel que cualquier otro animal, que reacciona solo por alteridad, esto es, por estímulos corporales básicos.

Eso es quizá lo que más preocupa del nacionalismo que está surgiendo en el horizonte de la cultura política actual, especialmente en Europa y Estados Unidos, parece ser un nacionalismo que revierte el camino andado, que nos regresa al punto de partida: violencia, odio, rechazo al diálogo y a la tolerancia. Hemos tenido que pasar por guerras internacionales, amenazas de una tercera guerra mundial mantenida bajo control gracias a la capacidad de diálogo y negociación; hemos tenido que vivir un holocausto en el que millones de personas fueron privadas de la vida en aras de una ideología nacionalista. Y, aun así, no hemos aprendido la lección: cuando parecía que había triunfado el cosmopolitismo de la cultura global y las fórmulas de convivencia intercultural e interracial, damos un paso atrás para volver al étnico-político, situándonos así en el extremo contrario de la axiología universal y del reconocimiento de una sola humanidad. Ese tipo de nacionalismo, insistimos, es preocupante, no el patriotismo sano que despierta en las personas sentimientos de generosidad; que es un vínculo y no un campo de batalla discursiva, ideológica y, como se constata en algunas partes del mundo, también militar.

Sin que haya una relación causal de necesidad, lo cierto es que cuando las sociedades tienden a cerrar sus fronteras y a encerrarse en sus valores, cuando se levantan muros materiales, culturales, ideológicos o virtuales, se suscita una tendencia a la agresión hacia el otro en su forma más elemental, que es el color de la piel o la religión, la procedencia o el idioma, es decir, el racismo.

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