Cristina G - A tu lado

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Ha pasado mucho tiempo desde que
Emma Parks viera por última vez a Kyle Turner. Está muy ocupada en el hospital, e incluso soportando las citas a ciegas que su primo le prepara. Intentando mantener una distancia amorosa prudencial con su amigo Liam, Emma ha pasado página. O al menos eso cree. Kyle no tiene otra cosa en la cabeza que su trabajo, bailar. Ese es su sitio, está seguro. Su trabajo aumenta y aumenta, tan solo tiene tiempo de escaparse de vez en cuando para ver a su madre y… para pensar en Emma. Aunque no quiera admitirlo, algo se mantiene clavado en su corazón: la pelirroja que dejó atrás. Cuando él tiene un accidente en el escenario, en una actuación en San Francisco, el destino les jugará a ambos una jugarreta. Kyle será atendido en el hospital en el que Emma está de guardia esa noche. Ella no puede creer que está viendo a Kyle allí, en su consulta, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Él no se imagina que ese pequeño giro de los acontecimientos pudiera poner de nuevo su vida patas arriba. Emma y Kyle dibujaron hacía años una línea entre los dos, la cual ninguno quiere cruzar. ¿Conseguirán no hacerlo?

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Al día siguiente mientras me hacía el desayuno la puerta se abrió mostrando un Eric hecho mierda. Al verme en la cocina me sonrió somnoliento y con un gesto de la mano como único saludo, se fue a su habitación. Me reí, no tenía remedio. Me marché a correr un rato por el parque y estirar un poco en las barras. Pasadas un par de horas volví a casa y no tardé mucho en ser abordado por Eric.

—¿Qué? ¿Qué tal era en la cama? —preguntó sin miramientos desde el sofá cuando yo salía de la ducha.

—No pasó nada —me limité a contestar, secando mi pelo con la toalla. Iba a ignorarle, pero la sorpresa e incredulidad en su cara me hizo reír.

—¿Cómo que no pasó nada? Pero te la llevaste de la discoteca —recordó alarmado.

—Sí, y la dejé en su casa y yo me fui a la mía. Fue una bonita historia.

Mi amigo me miró totalmente aturdido, como si lo que había hecho fuera una especie de sacrilegio. Negó con la cabeza y dijo algo entre murmullos que no entendí ni tampoco me importó.

—No me lo puedo creer —dijo al fin.

—Ni yo. El taxi era carísimo.

—Cállate, idiota. La tenías en bandeja, encima de las tímidas, ¡era adorable!

—Lo era.

Escuché a Eric suspirar mientras cambiaba de canal.

—Cuando se te caiga te ayudaré con el pago de la operación, amigo.

Comencé a reír despreocupado de su comentario, y fui a mi cuarto a vestirme.

El lunes siguiente tuvimos una reunión en el trabajo. Una vez todo el grupo reunido en la pequeña sala de conferencias que teníamos, nuestro jefe de equipo nos pasó unos papeles con toda la información sobre nuestro próximo espectáculo. Al fin se habían confirmado los lugares, fechas y demás. Miré el papel y cuando vi el nombre de la ciudad escrita, me paralicé.

—¿Kyle? —me llamó Eric, sentado a mi lado.

Elevé la vista del papel para mirarle, se veía preocupado por mi reacción, puesto que él sabía todo lo que pasó. Todo lo que conllevaba esa ciudad. Sacudí la cabeza, aturdido, quitándole importancia. El jefe empezó a hablar y a explicar todo lo que haríamos, pero no escuché nada, mi mente estaba en otra parte. San Francisco. Después de más de cinco años, iba a volver.

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—Así que irás a San Francisco —se alegró mi madre al otro lado del teléfono.

—Sí.

—Eso es genial, mi amor, cada vez vais más lejos. Y podrás ver a tus antiguos amigos.

—Lo sé.

Escuché a mi madre suspirar.

—Cielo. Sé lo que debes de estar pensando, pero aquello pasó hace mucho tiempo. Todo irá bien.

Mi madre me conocía más que nadie en el mundo, y evidentemente sabía lo que pasaba por mi cabeza cuando pensaba en San Francisco: Emma. Lo primero que pensé, antes incluso que mis amigos, mi antigua casa o mi antiguo hogar, fue en ella. Me molestaba que después de tantos años todo continuara girando a su alrededor, alrededor de su recuerdo más bien. Y a pesar de que por fuera parecía hacer pasado página y haber continuado con mi vida como si nada, era una espina dolorosa que tenía clavada. Y tampoco hacía mucho por extraerla.

—Tranquila, mamá, estoy bien. Solo iré a hacer mi trabajo y me marcharé de nuevo. Puede que solo tenga un rato para ver a los chicos, estaré demasiado ocupado para pensar en eso.

—¿No vas a verla? —preguntó con precaución.

La pregunta adecuada. Por lo que sabía gracias a los chicos, ella continuaba viviendo allí, en el mismo piso de hecho, ahora sola, y trabajaba en el hospital que siempre quiso. Son datos que Luke me daba, aunque yo no preguntara. ¿Iría a verla? ¿Haría algo para ponerme en contacto con ella? No lo había hecho en años, ¿qué sentido tenía que lo hiciera ahora? Ella seguramente me mandaría a la mierda o sería totalmente indiferente y fría conmigo. Lo mejor para los dos era no remover el pasado, y dejar las cosas como estaban.

—No —respondí.

Días después, los chicos estaban alterados por el espectáculo, practicando la coreografía hasta el último aliento. Era un espectáculo importante, puede que más para mí que para los demás. Después de mucho tiempo iba a ver a mis antiguos compañeros y amigos. Me moría de ganas de dar un enorme abrazo a esos locos y rememorar viejos tiempos en San Francisco. Tenía que llamarles, quería llamar a Daniel, pero me sentía demasiado nervioso por algún motivo. Había algo que debía decirle. Pasara lo que pasara, no podía dejar que mis sentimientos interfirieran en mi trabajo. Bailar era en lo único en lo que debía pensar.

картинка 153 картинка 16EMMA

Caminé deprisa por el pasillo como un tigre que hubiera estado enjaulado. Apreté los puños e intenté relajarme un poco antes de llegar a mi destino. Miré entré los enfermeros que se encontraban en la zona de urgencias y localicé a mi primo. Me acerqué y le despegué de un chico con el que hablaba mientras escribía.

—Eeeh… qué maneras, prima. ¿Qué te…? Joder, qué cara.

Suspiré lentamente para no clavarle un bisturí cercano. Pero ¿por qué estaba tan enfadada? Sabía que debía tranquilizarme porque mi estado alterado no tenía ningún sentido.

—¿Por qué no me lo habías contado?

Él frunció el ceño, totalmente desconcertado. Buscó en mi mirada, esperando encontrar de lo que hablaba, pero no parecía verlo.

—¿El qué?

Cuando fui a decirlo me sentí incómoda. Ni siquiera me gustaba el hecho de pronunciar su nombre.

—Que Kyle va a venir —siseé, nerviosa.

En el rostro de Daniel se dibujó la comprensión, seguida por el miedo y la cautela.

—¿Quién te lo ha dicho?

—¡Así que lo sabías! —exclamé.

Carraspeó y miró alrededor, algunas enfermeras nos estaban echando el ojo.

—Bueno, sí. Emma, es mi amigo desde hace años, claro que lo sabía.

Le miré molesta, y dolida. No sabía por qué, pero lo estaba.

—Y preferiste ocultármelo —murmuré, entornando los ojos en su dirección.

—¡Pues claro! ¿Era mejor que te lo dijéramos y removiéramos la mierda? Estabas mejor sin saberlo.

Mi cerebro rápidamente captó el plural en sus palabras.

—¿Dijéramos?

Daniel chasqueó la lengua, dándose cuenta de que había hablado de más. Suspiró y metió las manos en los grandes bolsillos de su camisa de uniforme azul.

—Los chicos, Eveling y yo lo sabíamos —respondió, mirándome como si esperara que le golpeara.

Me lo imaginaba. Sabía que ellos habían mantenido el contacto con Kyle a lo largo de los años, y seguramente se verían cuando él estuviera aquí. Sin embargo, saber que me lo ocultaron y que era la única idiota que no lo sabía, me irritó. Y me decepcionó.

—Vaya —dije—, gracias por vuestra confianza.

Me di la vuelta y comencé a alejarme de él.

—¡Vamos! ¡Lo hicimos por ti!

Miré sobre mi hombro, Daniel levantó los brazos y los dejó caer con impotencia. Me observó aturdido, sin saber qué decir para arreglarlo.

—Si no lo sabías, y él venía y se iba sin que te enterases… pensamos que era lo mejor. No quería que sufrieras.

Una punzada de culpa me atravesó el pecho y bajé la mirada. ¿Qué rayos me pasaba? Daniel tenía razón, ellos sabían que era difícil todavía para mí, evidentemente no quisieron preocuparme. La verdad, habría estado mejor sin saberlo. Asentí hacia mi primo, avergonzada.

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