Cristina G - A tu lado

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Ha pasado mucho tiempo desde que
Emma Parks viera por última vez a Kyle Turner. Está muy ocupada en el hospital, e incluso soportando las citas a ciegas que su primo le prepara. Intentando mantener una distancia amorosa prudencial con su amigo Liam, Emma ha pasado página. O al menos eso cree. Kyle no tiene otra cosa en la cabeza que su trabajo, bailar. Ese es su sitio, está seguro. Su trabajo aumenta y aumenta, tan solo tiene tiempo de escaparse de vez en cuando para ver a su madre y… para pensar en Emma. Aunque no quiera admitirlo, algo se mantiene clavado en su corazón: la pelirroja que dejó atrás. Cuando él tiene un accidente en el escenario, en una actuación en San Francisco, el destino les jugará a ambos una jugarreta. Kyle será atendido en el hospital en el que Emma está de guardia esa noche. Ella no puede creer que está viendo a Kyle allí, en su consulta, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Él no se imagina que ese pequeño giro de los acontecimientos pudiera poner de nuevo su vida patas arriba. Emma y Kyle dibujaron hacía años una línea entre los dos, la cual ninguno quiere cruzar. ¿Conseguirán no hacerlo?

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—Eh, trabajador. ¿A que te vienes a tomar unas birras con tu colega?

Sonreí, era el mejor amigo que tenía en el grupo y mi actual compañero de piso. Aunque admitía que le gustaba demasiado salir, beber y las mujeres, cosa que no compartíamos demasiado, sí lo hacíamos con el baile. Además, era un buen tipo, en el fondo.

—Estoy cansado, Eric. Otro día.

—Y una mierda.

Me arrastró, dejándome solo dos minutos para ducharme y adecentarme.

Una vez en un bar que no estaba muy lejos del edificio donde trabajábamos, Eric pidió un par de copas.

—Es viernes, Kyle. Hoy tienes que animarte.

—¿Animarme significa emborracharme y tirarme a una tía aleatoria?

Mi amigo echó la cabeza hacia atrás y comenzó a reír a carcajadas. Paró cuando se dio cuenta de que un par de chicas nos estaban mirando, y adoptó una postura recta, interesante, más sensual. Apreté los labios para no reírme de él en su cara. El tío era atractivo hasta decir basta, y sabía muy bien cómo aprovecharse de eso. Piel tostada, cabello castaño más cerca del rubio que otra cosa, ojos claros y complexión fuerte. Llamativo para cualquier mujer.

Bebió de su copa como un marqués y me señaló con el dedo, como si fuera a darme una valiosa lección.

—Amigo, se te va a caer el pene si no le das vida. ¡Eso necesita moverse! —Negué con la cabeza, sonriendo. Estaba loco—. Sé de buena mano que más de una se moriría por…

—No lo digas —le corté levantando la mano—. Preferiría no hablar de mi vida sexual ahora mismo.

—Normal, no existe.

Rodé los ojos. Vale, puede que llevara algún tiempo… mucho tiempo… años, sin acostarme con nadie. Pero eso no era asunto de Eric. No lo hacía porque no me daba la gana, y era mi decisión.

—Tío, te he dicho muchas veces que no lo necesito —respondí.

Eric bebió de nuevo de su copa y echó un vistazo a las chicas que nos miraban.

—Eres el tipo más raro que he visto en mi vida. Sigue negándotelo, a lo mejor algún día te lo crees.

Se levantó de su asiento recomponiéndose la ropa para acercarse a las chicas, antes de eso me guiñó un ojo.

—Pero yo te quiero, ¿eh, tío?

Asentí y le hice un gesto con la mano para que se largara de una vez. Era un entrometido de mierda y estaba como una cabra, un mujeriego en potencia y bastante gilipollas, pero era mi amigo. Fue el único que estuvo a mi lado cuando peor lo pasé, el único que soportó verme llorar alguna vez sin llamarme «nenaza», que consiguió distraerme de mil maneras para que no pensara en ella.

Observé el fondo de mi copa y la hice girar sobre la superficie de la barra. A pesar de los intentos de Eric, aún a estas alturas, continuaba recordándola. La veía en las pelirrojas de la calle, lo cual era ridículo, pero siempre me daba un vuelco el corazón cuando me topaba con alguien con su color de cabello. Cuando iba al médico y la buscaba sin siquiera pensar en lo que hacía, pues ella no iba a estar en un hospital a la otra punta del país. Odiaba recordarla, odiaba el sentimiento de vacío y abandono. Y sabía perfectamente que una parte de mí la odió por dejarme. Sin embargo, a quien más desprecié fue a mí mismo por haberme marchado, y haberla dejado atrás.

Eric apareció sonriente junto a las dos chicas y yo le devolví el gesto, incómodo.

—Este es mi amigo Kyle. Seguro que estaba deseando conoceros.

Le mandé una mirada de reproche y cuando mi vista se paseó por las dos chicas, me paralicé al ver que una de ellas era pelirroja. Bajé la vista.

Mierda. Tenía un problema con las pelirrojas.

—Hola —me saludó tímidamente.

Obviamente ella era como yo, la arrastrada por su amiga. Se veía a leguas que no estaba cómoda. ¿Habría hecho Emma lo mismo? ¿Obligada a salir con sus amigas para ligar y olvidarse de mí?

—Hey —contesté. No quería que se detectara ningún interés en mi voz. No me interesaba tener nada con ellas.

—¿Por qué no vamos a alguna discoteca a bailar un rato? —preguntó Eric—. Somos buenos bailarines, y ya sabes lo que dicen, «así baila, así f…».

—Ok. Vamos ya —le interrumpí en su grosera frase.

Salimos del local y decidí que no quería estar más allí. Si Eric quería tirarse a esa chica, o las dos, bien por él. Yo solo quería dormir.

—Yo me voy a ir a casa —dije.

—Pero ¿qué dices? Si ahora empieza la diversión —exclamó Eric.

—Te dije que estaba cansado.

Por el rabillo del ojo vi cómo la pelirroja ponía una ligera expresión de tristeza, como si irme fuera algo malo para ella. Y quizás lo era. Eric agarraba a su amiga de la cintura, y ella estaba apartada.

—Iremos nosotros, ¿verdad, Mel? —la instó su supuesta amiga.

La chica asintió nada convencida. Evidentemente no quería quedarse con esos dos. Ni ella ni nadie. Suspiré. Joder, no podía hacerle esa putada. Lo aguantaría un rato hasta que se fuera a casa.

—Está bien.

Una vez en la discoteca, Eric y la chica morena se dedicaron a bailar en la pista como si estuvieran en la película Dirty Dancing, sin perder ocasión de manosearse todo lo posible. Yo, en la barra junto a la chica pelirroja, estaba empezando a sentirme molesto. Había sido arrastrado allí con dos salidos y una desconocida, que para colmo ni me miraba. Me aparté el pelo de la cara y la miré. Tenía la vista fija en su copa, metida en sus pensamientos. Era vergonzosa, se le notaba mucho, y eso me enterneció.

—¿Tú no bailas? —se me ocurrió preguntar.

Ella elevó la vista a mí sorprendida de que le hubiera hablado.

—No se me da nada bien, la verdad —respondió.

Algo se encendió en mi cerebro y dejé la copa donde estaba pues se me había revuelto el estómago. Pelirroja y no sabía bailar. Gracias, destino, lo estás haciendo de puta madre.

—Vaya —murmuré.

—Tú sí sabrás muy bien, me han dicho que eres bailarín —comentó.

—Bueno, sí.

Mel pareció armarse de valor y me miró por debajo de sus pestañas.

—Quizás podrías… enseñarme… un poco.

Me sentí halagado, pero a una parte de mí no le gustó nada esa propuesta. Era algo inocente, y totalmente sincera, ella solo intentaba conocerme, pero no podía.

—Yo…

—¿Estás bien? —preguntó, preocupada porque me hubiera puesto pálido. Seguramente lo estaba.

—Sí. Solo estoy un poco incómodo aquí, ¿sabes?

La chica sonrió dulcemente. Dios, no, me recordaba demasiado a ella.

—Te entiendo. Yo también.

Lo normal sería pedirle que saliéramos a tomar el aire, charlar fuera y conocernos más. Pero yo no era capaz de actuar normal. Antes de que pudiera decir nada, alguien la empujó y la chica cayó encima de mí. La sujeté por los hombros y cuando ella elevó la vista estaba demasiado cerca. El pulso se me disparó, de modo que la alejé rápidamente. Ella me miró confundida y avergonzada.

—Lo siento…

—Perdona, de verdad. Pero voy a irme, puedes venir en mi taxi si quieres.

Asintió, y fue a despedirse de su amiga. Yo le hice un gesto a Eric, y él debió de malinterpretarlo porque me sonrió de oreja a oreja e hizo gestos obscenos con sus manos. Salimos de allí, pedí un taxi, y cuando llegamos a la dirección de la chica, se bajó del vehículo.

—Gracias por el taxi —comentó. Negué con la cabeza. Me miró dubitativa, pero sabía que yo tenía una muralla a mi alrededor—. Buenas noches.

—Adiós, Mel.

Me despedí con una sonrisa y el taxi arrancó de nuevo. Llegué a casa y me tiré en el sofá como un saco de patatas. Estaba muerto, física y mentalmente. Encendí la televisión un rato. Estar con alguien que se parecía tanto a ella no había sido nada fácil. Resistirse a veces no era fácil. Claro que sentía deseo, claro que tenía ojos para ver a chicas preciosas, claro que tenía necesidades. Lo máximo a lo que había llegado era a besarme con alguna chica alguna vez que ni recordaba. Sin embargo, no podía pasar de ahí. Me jodía admitirlo, pero yo no quería una sustituta, no quería una burda imitación de Emma. Quería a la original. Y ya no la podía tener. Era algo que no podía cambiar.

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