Cristina G - A tu lado

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Ha pasado mucho tiempo desde que
Emma Parks viera por última vez a Kyle Turner. Está muy ocupada en el hospital, e incluso soportando las citas a ciegas que su primo le prepara. Intentando mantener una distancia amorosa prudencial con su amigo Liam, Emma ha pasado página. O al menos eso cree. Kyle no tiene otra cosa en la cabeza que su trabajo, bailar. Ese es su sitio, está seguro. Su trabajo aumenta y aumenta, tan solo tiene tiempo de escaparse de vez en cuando para ver a su madre y… para pensar en Emma. Aunque no quiera admitirlo, algo se mantiene clavado en su corazón: la pelirroja que dejó atrás. Cuando él tiene un accidente en el escenario, en una actuación en San Francisco, el destino les jugará a ambos una jugarreta. Kyle será atendido en el hospital en el que Emma está de guardia esa noche. Ella no puede creer que está viendo a Kyle allí, en su consulta, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Él no se imagina que ese pequeño giro de los acontecimientos pudiera poner de nuevo su vida patas arriba. Emma y Kyle dibujaron hacía años una línea entre los dos, la cual ninguno quiere cruzar. ¿Conseguirán no hacerlo?

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Daniel siempre estuvo ahí, intentando como fuere animarme y hacerme olvidar, seguir adelante. Inhalé profundamente y decidí, que la culpa no era suya sino mía.

—Está bien —murmuré.

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Había algo que tenía que admitir, el chico era muy guapo. Era exactamente como te esperarías que fuera el auxiliar protagonista de una película romántica. Alto, fornido, algo moreno de piel, cabello castaño y ojos verdes. Un ejemplar de la raza con todas las de la ley. Por desgracia, en poco tiempo me di cuenta de que su belleza no igualaba ni de lejos a su cerebro.

—Entonces, claro, yo le hice la reanimación cardiopulmonar y a pesar de que me decían que lo dejara estar, yo continué. ¿Y sabes qué?

Alcé los ojos de mi plato para mirarle. ¿Quería retroalimentación a su anécdota?

—¿Hmmm? —me limité a preguntar.

—Pues que el tipo reaccionó, ¿no es impresionante? Todo gracias a mí, nadie más se habría atrevido a hacerlo.

Alex, así se llamaba el auxiliar sexy, sonrió de oreja a oreja como si me hubiera contado la hazaña más grandiosa de este mundo. Y lo era, era fantástico que hubiera salvado una vida. Pero… era por lo menos la quinta historia igual que me contaba, siempre alardeando que haber sido el salvador, el mejor, y alabando su habilidad médica tras cada bocado. Me estaba exasperando.

—Es genial —contesté, con una alegría totalmente fingida.

—Bueno, podría seguir así toda la noche, pero aún no me has contado nada de ti.

No me has dejado.

—No hay mucho que contar. Yo no salvo vidas como tú todos los días.

Fui consciente de que sonó con reproche, como una burla, pero él no pareció darse cuenta.

—Venga, cuéntame. ¿Cómo es que una chica como tú está soltera?

La pregunta del siglo. Repetida hasta la saciedad. Elevé una ceja y exhalé lentamente. Mi paciencia estaba llegando a cero.

—Digamos que me gusta estar sola.

Él levantó ambas cejas, sorprendido. Seguro que ninguna mujer le había dicho algo así, todas querrían estar con él.

—Vaya, ¿y cuánto hace que estás sola?

Le miré de mala manera. ¿Acaso le parecía normal preguntar esas cosas en una primera cita?

—Mucho —contesté simplemente.

Mierda. Estaba empezando a pensar en Kyle, y eso no era bueno. Ojalá pudiera bloquear mis recuerdos. ¿Por qué narices tenía que meterse en eso? Alex bebió de su copa.

—Es que me resulta raro que ningún tío se haya fijado en esos ojazos. —Le miré con suspicacia. ¿Había empezado ya el coqueteo?—. Y en ese pelo pelirrojo.

Pelirroja.

Su apodo inundó mi mente y sacudí la cabeza.

¡Vete a la mierda, recuerdo! Nadie ha pedido tu presencia.

La cena estaba empezando a sentarme mal.

—Bueno, solo es un color de pelo.

Alex se inclinó sobre la mesa y me miró intensamente. Yo quise retroceder con mi silla, pero logré no hacerlo.

—¿Y no hay nadie en tu vida? ¿No te interesa ningún chico?

Comencé a toser. Comenzaba a sentirme muy incómoda. La idea de que solo un chico me interesaba me atacaba, aunque la empujara fuera de mí.

—¿Estás bien? —preguntó Alex, al verme beber como si estuviera poseída.

—Muy bien. —No quería seguir con aquello. ¿Por qué habría accedido?—. No, en realidad no. Lo siento, me iré a casa.

Me levanté de mi lugar, saqué dinero y lo deposité en la mesa. Después, dejando a un auxiliar sexy de piedra, salí del restaurante. Una vez fuera inhalé el aire frío de enero. Rayos, hacía mucho que no me pasaba aquello, había tenido varias citas a ciegas y nunca rememoré nada. ¿Qué había cambiado esta vez? Me estaba volviendo loca. Debía olvidarlo. Dejarlo enterrado y no sacarlo nunca más. Hacía mucho que él salió de mi vida y así debía continuar.

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—Bueno, ¿y qué tal fue anoche?

Verónica no tardó en preguntar al día siguiente en el trabajo. El estúpido de Daniel se había ido de la lengua.

—Me fui a media cena —confesé tranquilamente mientras apuntaba los avances de un paciente. Este nos miró curioso.

—¡¿Qué?!

—Baja la voz, el hombre está dormido.

—Estoy despierto —señaló el señor, mirándonos con creciente curiosidad.

—Lo que ocurrió anoche no es bueno para su corazón, señor… —Leí la hoja— Holder. Ahora duerma.

Salí de la sala y Verónica me siguió como un rayo.

—¿Cómo que le dejaste plantado?

—Porque estaba incómoda.

Ella suspiró mirando al cielo, como si necesitara ayuda divina para la mujer pecadora abandona hombres de su amiga.

—Ese tío está buenísimo, eres tonta si lo dejas escapar.

—Puedes hacerte la muerta para que te haga una reanimación cardiopulmonar si te gusta. A él le va eso.

Mi amiga caminó más deprisa para alcanzarme mientras yo revisaba otro historial. Se cruzó de brazos y alzó ambas cejas esperando a que la mirara.

—Emma, por Dios, te vas a volver virgen otra vez si sigues así.

Hice una mueca, a pesar de que su comentario me hizo gracia. Y al parecer a la paciente también.

—El himen no se puede regenerar y…

—Déjate de mierdas médicas. Necesitas una alegría, que siempre estás muy apagada.

Rodé los ojos. ¿Y por qué lo único que me podía alegrar era el sexo? Ni que no hubiera más cosas en este mundo.

Antes de que pudiera contestar nada Jase apareció.

—¿Habéis terminado ya? Vais muy lentas.

Lo que faltaba.

Al terminar, una vez en la recepción anotando un par de cosas, Verónica me cogió del brazo y me obligó a mirar la pantalla de su móvil. Al verlo, algo se revolvió dentro de mí.

—Van a venir a hacer un espectáculo.

Me miró con sorpresa mezclada con miedo. Yo me había paralizado.

—El grupo de Kyle.

—Sí —contesté simplemente.

—Lo siento —me soltó—. No debería habértelo enseñado.

—No pasa nada.

Me incorporé y caminé fuera del mostrador. Llegué al baño, cerré la puerta y respiré hondo. Mi corazón latía a mil por hora. Nadie me lo había dicho. Ni Liam, ni Luke, ni nadie. Nadie me dijo que Kyle iba a volver a San Francisco después de cinco años.

картинка 102 картинка 11KYLE

Dejarme llevar con la música y que ella se ocupara de liberar mi mente de todo era la mejor sensación que conocía.

Bailé en la sala de ensayo durante horas, perfeccionando la coreografía. Estaba muerto, pero quería seguir practicando, en un par de días tenía que dar todo de mí. Íbamos a tener un gran espectáculo, aunque todavía no sabía ni a dónde iríamos, pero no me importaba. No había nada que me gustara más que hacer aquello. Cuando ya estaba anocheciendo, finalmente decidí apagar la música y me limpié el sudor de la frente con una toalla. Recogí mis cosas y salí de la sala. De camino a la salida me topé con mi compañero Eric, que rápidamente pasó un brazo por encima de mis hombros.

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