Juan Manuel Martínez Plaza - La Pasión de los Olvidados:

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Una vieja vagabunda y aparentemente medio chiflada deambula sin rumbo de un lugar a otro. Ignorada y despreciada allá donde va todo parece indicar que se encuentra al final de su vida, a buen seguro gris, triste e insignificante. Pero la anciana esconde un asombroso secreto que nadie conoce, un secreto que un niño, tan corriente como cualquiera de nosotros a esa edad, está a punto de descubrir. La indigente es acogida por sus padres, personas piadosas y caritativas siempre dispuestas a ayudar a cualquier necesitado. Es entonces cuando una relación muy especial surgirá entre la misteriosa vagabunda y el menor de los hijos de esta familia.
La Peregrina, como así la llamarán a partir de entonces, se dispone a desvelar ante su nuevo y jovencísimo amigo la más fascinante de cuantas aventuras se hayan podido contar. La epopeya del Corazón Indomable, un periplo legendario del que ella formó parte mucho tiempo atrás y que la llevó a viajar hasta el mítico Planeta de los Dioses.
Este es el punto de partida de «La pasión de los olvidados», primera entrega de la saga del Corazón Indomable, una aventura épica futurista a caballo entre dos mundos muy distantes entre sí, pero unidos bajo el signo de una misma amenaza. Y lo único que se interpone entre ellos y su fatal destino es una leyenda, un leve destello de esperanza en el que ya casi nadie cree. Dicho destello terminará tomando forma de la mano de una insospechada heroína llamada Evgine, a la que conoceremos dando sus primeros pasos a través de una Europa desolada por la interminable guerra que enfrenta a la humanidad contra los implacables y todopoderosos guiberiones.

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Finalmente el ataque se produjo hacia el mediodía y, como venía siendo habitual últimamente, no fue especialmente intenso. Sólo una dispersa lluvia de cargas que se prolongó casi hasta el anochecer. Los estallidos se sucedían a intervalos de unos pocos minutos y sonaban aleatoriamente en puntos normalmente alejados unos de otros. Al caer el día el paisaje estaba salpicado por columnas de humo ascendiendo hacia la eterna negrura del cielo y decenas de incendios, nada que ningún londinense de la época no hubiera visto ya, y la amenaza se marchó sin más, tal y como hacía siempre. El Enemigo no malgastaría energía y recursos en aniquilar a una masa de miserables, tan sólo quería demostrar que seguía estando ahí, sobre sus cabezas y controlando su destino.

Pero para Ethan aquel ataque iba a ser distinto a todos los demás. Esa noche, conforme la situación se fue tranquilizando, acudió al local de Charlotte para reunirse con su hermano y Louis tal y como estaba previsto. Pero Samuel no apareció, tampoco al día siguiente, ni al otro ni ninguno de los restantes de la semana. No era la primera vez que permanecían separados durante varios días, pero que no diera la más mínima señal de vida y, peor aún, que nadie conocido supiera de él, resultaba muy preocupante, incluso alarmante. Poco a poco un pavor primitivo y ciego se fue apoderando del ánimo de Ethan, casi como si de un parásito se tratase, consumiéndolo por dentro a medida que los días iban cayendo sin noticias de Samuel. Muchos le decían para tranquilizarle que esas cosas eran normales, en aquellos tiempos era frecuente que se le perdiera la pista a alguien durante semanas e incluso meses, la Guerra y las condiciones que había generado dificultaban a veces el poder establecer contacto cuando surgían determinados imprevistos. Pero en el fondo de su corazón Ethan supo casi desde el principio que aquel no era el caso.

Tal vez pasaran diez o doce días desde aquella lluvia ciega cuando una mañana Nancy, su madre, apareció junto a un desconocido en el portal del edificio de la calle Stock donde los dos hermanos solían encontrar refugio. Al toparse con ella Ethan comprobó que ofrecía la misma imagen deplorable que de costumbre, aquella que delataba a los adictos a la base. No obstante lo que lo turbó no fue su inesperada visita, probablemente hacía más de un año que no se veían, sino el aspecto de su acompañante. Resultaba evidente que no se trataba de otro de esos despojos humanos, tipejos a los que ella se entregaba sólo para obtener sus dosis. Aquel hombre llevaba un sobrio traje gris, viejo pero bien cuidado, y por su fría y medida actitud daba la impresión de ser un funcionario del gobierno. No era frecuente ver demasiados por allí. Además llevaba una UP en la mano.

- ¿Es usted el señor Ethan Sutton? - preguntó aquel hombre, su madre lo miraba sin decir nada -.

- Si… sí señor - afirmó él, sabía que la presencia de aquel desconocido y de su madre allí no presagiaba nada bueno - ¿Qué ocurre?

- Mi nombre es Roy Finnegan, soy inspector de la agencia gubernamental para daños de guerra - se presentó con frialdad -. Debo pedirle si es tan amable que identifique a través de una fotografía un cadáver. Me puse ayer en contacto con su madre, la señora Spencer - ahora ella había retomado su apellido de soltera -, para que lo identificara. Sin embargo ella ha preferido que le buscáramos a usted para que lo haga. Lo puedo entender, tenemos razones fundadas para creer que es su hermano Samuel.

De repente un abismo se abrió ante Ethan. Estaba paralizado, aquello que más temía, que más lo horrorizaba, se había hecho realidad ¿Cómo podría seguir adelante en la vida sin Samuel?

- ¿No… no han podido identificarlo ustedes? - alcanzó a preguntar -.

- El sujeto en cuestión no llevaba identificación alguna - explicó el inspector Finnegan -. Tomamos una muestra de ADN del cuerpo y la cotejamos con nuestras bases de datos, el resultado nos dio la identidad de Samuel Sutton. Pero, como imaginarán, nuestros sistemas de identificación se encuentran bastante limitados y existe cierto margen de error. Por eso debemos contactar con familiares y amigos para proceder a la identificación visual que se considera la más fiable. Lo lamento, pero siguiendo los procedimientos sanitarios el cuerpo que aparece en la fotografía fue incinerado a las pocas horas de su recuperación, dadas las circunstancias nos vemos obligados a ello.

El inspector operó rápidamente con su lápiz táctil sobre la pantalla de la UP y, acto seguido, se la tendió a Ethan. Éste tomó en sus manos temblorosas aquel objeto plano y liviano y, tratando de mantener la compostura, miró la fotografía que en él se mostraba. Al centrar su atención en ella el abismo terminó de abrirse definitivamente, el rostro hinchado, ensangrentado e inerte que se mostraba en la pantalla era el de Samuel, no había duda alguna. Su hermano estaba muerto. Sintiendo que su cuerpo estaba más frío que nunca, que su consciencia estaba a punto de desvanecerse en medio del repentino torbellino que se había apoderado de su cabeza, Ethan le devolvió la UP al inspector asintiendo levemente pero sin ser capaz de decir una palabra. No eran necesarias más confirmaciones.

- Lo siento mucho - anunció Finnegan con calculado tono de pésame -. Aunque no creo que les sirva de ayuda, imagino que les gustaría saber que el señor Samuel Sutton se encontraba en la zona de los campos de refugiados de Watford en el momento de su muerte. Un bólido solitario de gran potencia cayó allí a primera hora de la tarde. Hubo muchas víctimas, ya saben, los campos son áreas densamente pobladas. A pesar de todo han sido relativamente afortunados, tenemos una identificación positiva y se puede dar por concluido el procedimiento. Él se encontraba un tanto alejado del lugar del impacto, lo mató la onda expansiva, de haber estado mucho más cerca no hubiera quedado gran cosa que identificar. Es lo que ha sucedido con los restos de al menos otras doscientas personas.

El funcionario del traje gris decía que habían sido afortunados, al menos la incertidumbre dejaría de consumirles porque ya sabían lo que había sucedido. Sí, por fin Ethan lo sabía, y un tipo de angustia daría paso a otro muy diferente. “¡Estúpido, estúpido, estúpido, puto retrasado de mierda! Deberías haber ido tú, deberías haber sido tú el que cayera. Ahora Samuel está muerto y es culpa tuya”; esas palabras resonaban una y otra vez en su cabeza, carcomiéndole por dentro.

- Discúlpenme señores, debo marcharme - el inspector rompió una vez más el denso silencio reinante -. Créanme que lo lamento de veras, las noticias que estoy obligado a dar son aquellas que nadie quiere escuchar. Tengo más trabajo que hacer esta mañana, que tengan suerte. Buenos días.

Diciendo esto dio media vuelta y se marchó caminando pausadamente. Puede que el gobierno de la época, refugiado en Dublín como el resto de aliados europeos, hubiera abandonado a su suerte a la mayoría de los habitantes de Gran Bretaña. No obstante todavía concedía gran importancia a gestos como aquellos, en cierto sentido inútiles, para demostrar que seguía estando presente. De esta manera cientos, tal vez miles, de grises funcionarios como Finnegan recorrían el país llevando a cabo su lúgubre labor. Informaban de las pérdidas puesto que no podían evitarlas.

Ethan y su madre se quedaron solos uno frente al otro, callados y sin tan siquiera mirarse durante no se sabe cuánto tiempo. Ella mantenía un semblante inexpresivo, como si permaneciera en estado catatónico, como si todavía no fuera consciente de lo sucedido.

- ¿Cómo has logrado dar conmigo? - quiso saber Ethan al cabo. Como si aquello fuera lo más importante en esos momentos -.

A lo que la apagada voz de Nancy respondió con otra pregunta:

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